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'Sherlock', el progresivo declive del detective de Baker Street

Póster de 'El problema final'

Una de las series de la temporada pasada confiaba, sin reservas, su poder de convicción a una toma de conciencia del tipo de trama que era. Westworld ofrecía a sus espectadores una progresiva evidencia de sus trampas argumentales y de sus verdaderas intenciones para, al final, revelarse como una de la ficciones más interesantes del panorama.

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Sherlock ha recorrido el camino inverso: a medida que ha ido definiendo -de manera cada vez más evidente- el tipo de serie que quiere ser, ha perdido fuelle. La prueba es una cuarta temporada tan vacua como llena de alambicadas aventuras sin un objetivo claro.

La serie arrancó en 2010 siendo una de las mejores producciones de la BBC. Una gran adaptación que combinaba novedad y clasicismo de manera ciertamente exitosa. En esta última temporada, tres episodios de hora y media intentan, de manera desigual, expresar su idea del celebérrimo personaje de Arthur Conan Doyle.

Las seis Thatchers

El primer episodio de la cuarta temporada hizo saltar las alarmas de muchos fans. Durante años, la serie creada por Steven Moffat y Mark Gatiss había cosechado suficientes buenas críticas y datos de audiencia como para ser cada vez más independiente. La BBC tenía plena confianza en sus responsables y estos se divertían tanto con el material, que empezaron a perder de vista la cautela con la que levantaron el proyecto.

La elección de Rachel Talalay como la encargada de dirigir la primera historia de esta nueva temporada era a todas luces arriesgada. Talalay es una directora de culto gracias a su adaptación de Tank Girl, el cómic de Alan Martin y Jamie Hewlett que tuvo su película correspondiente a mediados de los noventa. Pero ni entonces ni ahora se la conocía por su sutileza ni elegancia.

Ambas características brillan por su ausencia en este episodio: una sucesión de descabellados giros dramáticos que venía a demostrar lo inflamable del material original. Las características que hasta entonces habían servido para dotar de un cariz moderno a los relatos escritos por Sir Conan Doyle no terminaban de cuajar. Ni la superposición de textos en pantalla, ni los montajes descabellados, ni el escaso respeto por la linealidad temporal, ni el uso de la cámara lenta...

Tampoco cumplía su principal objetivo: Las seis Thatchers es un capítulo esencialmente emocional. Todo su empeño se dirige a poner entre las cuerdas las relaciones de Holmes (Benedict Cumberbatch), el doctor Watson (Martin Freeman), y su amada Mary (Amanda Abbington), pero no funciona. La excelente química que había caracterizado a los intérpretes se exageraba a niveles poco razonables. El resultado final dejaba mucho que desear pero aún quedaban dos episodios para tratar de remontar la temporada.

El detective mentiroso

El segundo episodio lo dirigía Nick Hurran, un realizador británico que repetía en la serie después de haber dirigido el cierre de la tercera temporada.

En aquella ocasión Hurran había puesto al servicio de los personajes una complicada trama planteada como duelo de inteligencias supremas. Su último voto estaba repleto de efectismos que se justificaban argumentalmente (gran parte de su acción se desarrollaba dentro de la cabeza de Sherlock) y el combo Cumberbatch/Freeman funcionaba a pleno pulmón para dar músculo emocional al asunto.

Ahora tenía que repetir la jugada en El detective mentiroso: una historia que utilizaba el 'caso por resolver' de forma intrascendente para abordar un conflicto dramático entre la pareja protagonista. Una trama en la que un esforzado Toby Jones ejerciendo de villano no era más que un figurante para la reconciliación de Watson y Sherlock.

Tal vez por su falta de miras, y por saberse poco relevante para el conjunto de la serie, El detective mentiroso resulta un entretenimiento más que digno. Sin complejo alguno, esta historia funcionaba con buen ritmo, con toques de humor bien engalanados y un final tan descabellado como simpático. Es decir, que manejaba las características y los hallazgos que habían hecho de la serie una joya del entretenimiento. Parecía que la temporada iba a remontar.

El problema final

Así llegábamos a la última oportunidad de redención. Sherlock debía superar lo que había significado Las seis Thatchers y encarrilar la senda que había retomado El detective mentiroso. Pero tenía que hacerlo siendo consciente del punto al que había llegado el personaje interpretado por Cumberbatch. La responsabilidad de Benjamin Caron, el director, no era menor en este sentido: en esta serie hemos visto morir y resucitar a Sherlock. Hemos visto como se sumía en depresiones severas y salía de ellas. Hemos visto como se peleaba con Watson y se reconciliaban en un par de capítulos. ¿Ahora qué?

El problema final acepta mal su responsabilidad y encierra a los personajes en un experimento al estilo Saw, en el que nuestros héroes tienen que ir resolviendo enigmas para salvarse. ¿Hay algo malo en esto? A priori no si cada cosa que viésemos no resultase previsible. El espectador ya sabe que no hay giro insalvable y que la serie no va a acabar a la ligera con ninguno de los protagonistas. Pero El problema final se empeña en olvidarse de esto.

La serie ha llegado a demasiados callejones sin salida. Presenta a supervillanos más fuertes y listos que todos los anteriores juntos si no sabe avanzar. Hace que los protagonistas se apunten con pistolas si no sabe resolver momentos clave. Resuelve de un plumazo todos los enigmas si se marea con tanto giro de guión.

Ya no tenemos ganas de justificarlo todo con un “Ho ho, never mind. That’s Sherlock” (No importa, es Sherlock), que decía Stuart Heritage, periodista de The Guardian. La paciencia del espectador ha tocado fondo hasta en el caso de los británicos -más familiarizados con el personaje-. Y, mal que nos pese, la serie se ha convertido en una parodia de sí misma. Es una pena, pero igual que Sherlock no podía fabricar ladrillos sin arcilla, el espectador no puede picar sin cebo.

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