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Tres libros del Oeste americano para reflexionar sobre cómo nos contaron la película

La cultura pop y la historia oficial han tendido a relatar la colonización de Norteamérica desde la perspectiva de los vencedores, pero no todos las voces explicaban el mismo Far West

Warburg

Hace más de un siglo, el historiador alemán Aby Warburg hizo diversas visitas a los indios pueblo The Warburg Institute

Muchos crecimos con una imagen reiterada en la televisión de los fines de semana: los indios norteamericanos cayendo de caballos, muriendo sin voz a manos de los soldados o los colonos que protagonizaban tantos westerns clásicos. La representación nunca fue monolítica. Resultaba difícil romper la perspectiva del indígena como Otro, porque a las inercias etnocéntricas se le sumaban las convenciones narrativas de usarlos como antagonistas de los héroes, pero bastantes autores sí les caracterizaron con dignidad... O con una admiración algo pintoresca, como era el caso del Winnetou de las novelas escritas por el alemán Karl May.

Publicaciones como La historia indígena de Estados Unidos, escrito por la historiadora de ascendencia nativa americana Roxanne Dunbar-Ortiz, sacuden periódicamente la manera que tenemos de ver aquel Oeste que se tildaba de salvaje. Con todo, el debate estaba vivo desde hace décadas. Aunque las voces que se escuchasen fuesen (casi) siempre las de los vencedores, no todas contaban el mismo relato. Los que no perdonan, Alce Negro Habla y Recuerdos del viaje al territorio de los indios pueblo en Norteamérica son tres ejemplos de ello.

Los que no perdonan

Desde la perspectiva de los colonos

Publicada originalmente en 1957, Los que no perdonan (Valdemar) sirve como ejemplo de una representación clásica del nativo americano como enemigo casi bestializado. Fue la penúltima novela de Alan Le May, la siguiente después de firmar su obra más conocida: Centauros del desierto. El planteamiento tiene algo de inversión del clásico llevado al cine por John Ford: en lugar de tratar de colonos que quieren recuperar a una niña caída en manos de nativos, son los indios kiowa quienes quieren recuperar a uno de sus vástagos.

Le May, que había escalado trabajosamente de pluma que publicaba en revistas pulp a respetado autor de literatura de género y guionista de Hollywood, no pretendió hacer ningún trabajo de perspectiva. Los indios kiowa son adversarios de mentalidad difícilmente comprensible, salvajes capaces de actos terribles solo humanizados a causa de algunos momentos honorables. En paralelo, las rencillas sociales dentro de la sociedad de los colonizadores tienen bastante peso. El estigma de ser considerado "amigo de los indios" evidencia el clima bélico de la colonización.

La narración fluye a pesar de estar plagada de espaciosos momentos de pausa y espera. Le May, bregado como escritor que debía captar rápidamente y mantener con constancia la atención de lectores y editores, conduce con astucia una novela que quizá tiene menos acción de la que cabría esperar y más descripción de la vida de los hombres y (sobre todo) de las mujeres colonizadoras.

El resultado trasciende, por tanto, las normas de la literatura de consumo rápido sin superar, ni pretenderlo, unos marcos mentales que no eran inherentes a la época. Como destaca el editor Alfredo Lara en su introducción al libro, Los que no perdonan fue llevada a la gran pantalla poco después de su publicación. En la correspondiente adaptación fílmica, la historia adquirió connotaciones antiracistas ausentes en la obra original.

Alce negro habla

La voz de un místico, mediada por un poeta

El año de publicación de un libro no lo explica todo. El uso apologético de la expresión "un hombre de su época" a menudo enmascara las disidencias y divergencias que tienen lugar en cualquier momento histórico. Al fin y al cabo, décadas antes de la publicación de Los que no perdonan, otro hijo de colonos mostraba un evidente espíritu crítico. En el proceso de preparación de un poema épico sobre el Oeste, John G. Neihardt encontró la complicidad inmediata de un oglala lakota que había sido curandero, había vivido la invasión de la tierra de sus ancestros y quiso contarle su historia. El resultado fue Alce Negro habla (Capitán Swing), un peculiar bestseller de misticismo, guerra y tristeza.

A pesar de que el libro se presentaba como una traslación pura de las palabras de Alce Negro, la publicación de las conversaciones originales evidenció las intervenciones del escritor. Capitán Swing presenta una edición anotada que señala diversas modificaciones de Neihardt. Si bien algunas son poetizadoras, otras enfatizan los engaños y manipulaciones que supusieron los sucesivos tratados de paz. Estamos ante un ejemplo atípico de relato de la invasión desde la perspectiva de un invadido pero mediado por el invasor y su cultura: Neihardt no endulza las críticas a las acciones de sus antepasados, sino que las endurece y reitera.

Las diferentes introducciones al libro por parte del mismo Neihardt y de estudiosos como Vine Deloria Jr. y Philip J. Deloria explican la ondulante trayectoria editorial del mismo. Alce Negro habla se convirtió en un éxito durante los años del ácido, y retornó en los años 80 y su mercantilización de la new age, porque relata experiencias místicas que conectaron tanto con los interesados por el LSD como con las nuevas espiritualidades. Las visiones del protagonista, además, tenían sentido histórico: proporcionaban una cierta esperanza de pervivencia en momentos de devastación para los sioux.

El libro contiene mucho más que las visiones de Alce Negro y sus explicaciones sobre las creencias de su pueblo. También es un relato de interés antropológico sobre una vida de apego a la naturaleza y los elementos, de cultivo de la resistencia física para llevar a cabo la caza y el combate. Incluye relatos de episodios bélicos, como la primera muerte en combate cometida por Alce Negro a los dieciséis años, y también el conocimiento de los modos de vida occidentales mediante sus viajes con el espectáculo de Buffalo Bill.

Aby Warburg

Reflexiones sobre los rituales de las tribus originarias

Estimulado por diversos documentos etnográficos, el historiador del arte Aby Warburg realizó varias expediciones de puesta en contacto con tribus nativas americanas durante 1895 y 1896. Gracias a la mediación de misioneros que mantenían una relación perdurable con los indígenas, el alemán pudo ser testigo de danzas rituales para el crecimiento del maíz o la llegada de las lluvias.

El resultado principal fue una conferencia que tuvo lugar más de veinte años después y fue publicada como texto contra la voluntad de su autor: El ritual de la serpiente. La conferencia bebía de años de destilación intelectual de su experiencia, inmortalizada en unas fragmentarias páginas de recuerdos y reflexiones sobre el viaje. Estos folios han sido recogidos y anotadas meticulosamente por otro historiador del arte, el italiano Maurizio Ghelardi, bajo el título de Recuerdos del viaje al territorio de los indios pueblo en Norteamérica (Siruela).

Warburg usó estas vivencias como documentación para sus análisis sobre el arte, que se alejaban del esteticismo y abrazaban la etnografía, la psicología de los pueblos o la comparatística religiosa. Las ceremonias y las ornamentaciones de los indios pueblo le sirvieron para continuar reflexionando sobre las relaciones cruzadas entre la religión, los ritos, la naturaleza y las representaciones figurativas y simbólicas. El historiador profundizaría en ello posteriormente, pero Ghelardi firma una fascinante y compleja introducción que explica cómo el alemán siguió elaborando las ideas plasmadas en sus notas de viaje. 

El enfoque intelectualizado de Warburg podría haber supuesto una distancia humana con la comunidad que le enseñó sus ritos. Aún así, como Neihardt, era consciente de las barbaries cometidas por los colonizadores: "Muchos años atrás, habían deportado a los apaches al zoológico humano de las reservas indias situadas en la frontera con Canadá", escribió en sus notas. En ellas, también relata un delicioso cuento mitológico y mágico sobre la migración de una tribu hasta su asentamiento en Walpi (Arizona). Decenas de fotografías tomadas durante los viajes del historiador sirven de apéndice de los textos.

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