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'Un verano en Berlín', por Irene Cuevas

Tu ciudad en agosto podría ser Berlín
26 de agosto de 2026 21:09 h

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Suelo sentirme mal siendo turista en cualquier sitio, pero no me ocurre lo mismo aquí, en Berlín. Estar aquí de turista, en uno de los países que más nos ha gentrificado, me hace sentirme extrañamente en paz. Hay algo que devuelvo cada vez que piso el suelo. De algún modo dejo aquí la huella que alguien ha dejado antes en mi ciudad.

Al contrario de la mayoría de los turistas que vienen a Berlín, yo no estoy aquí por la Historia: estoy aquí porque me interesa lo que ocurrió cuando la gente pisoteó la Historia. El Berlín contracultural y revolucionario que surgió después de la caída del Muro. El de los punkys queer, el de los malditos bastardos berlineses. Cuando el Muro cayó, los jóvenes alemanes se pusieron a bailar techno. Ocuparon las fábricas y los búnkeres de la guerra en la vieja Alemania del Este. Me lo han contado muchas veces y es una historia que todavía me asombra. La de cómo una cultura surgió de sus ruinas. Hay una energía liberadora por el cielo de Berlín que dura desde entonces y eso es lo que estoy buscando.

Hablo de Berlín también para llevarle la contraria a Bad Bunny. Porque si te quieres divertir, antes que a Nueva York, igual tienes que venir un verano a Berlín.

Según los últimos datos de la oficina de turismo, la ciudad centroeuropea es una de las más visitadas de Europa en verano. Y no me extraña. No solo por los parques, el río Spree, los lagos, los museos y las fotos irrespetuosas que todo el mundo busca hacerse en el Monumento al Holocausto. Si tanta gente visita Berlín en verano, es sobre todo por sus noches eternas y sus clubes. Y es que, como contaba Javier Blánquez (autor de esa Biblia de la música electrónica que es Loops), en la era del turismo lowcost, Berlín se ha convertido en la Meca de los amantes del techno. Las ciudades se vacían y Berlín se llena de visitantes que cogen un avión un finde y se ahorran el hotel porque tienen la intención de pasarse 48 horas metidos en un club o en varios.

De la noche de Berlín tiene que hablarte alguien para empezar a obsesionarte. Te habla un amigo, una hermana o un amor. Yo solo he oído hablar con esa devoción de algún dios, del sexo y de las drogas, que quizá sean lo mismo. Entonces saltan los nombres de los clubes y sus hazañas: Kit Kat y su fetichismo, Tresor, RSO, About Blank, Sisyphos, Matrix. Y la reina de todos ellos, la antigua central eléctrica reconvertida en la catedral del techno mundial: Berghain. Que, aparte de tener el estatus de ser el club techno más exclusivo y misterioso del planeta, es también el que mejor equipo de sonido tiene.

Ahora todo el mundo conoce Berghain gracias a Rosalía, pero incluso a ella alguien tuvo que contárselo.

De lo que se ha tratado siempre es de ver qué hay al otro lado. Por eso funciona el mito de Berghain y su política de puertas estricta y exclusiva. Berghain actúa como un pequeño muro, con su desesperado deseo de traspasarlo. Lo mejor es que la exclusividad no te la da ni tu capital social, ni tu capital económico, ni tu capital cultural. Es muy probable que sea uno de los pocos sitios del planeta donde no importe quién eres, tal vez solo importe cómo eres.

Eso es porque dentro del club la individualidad se pierde y se forma una identidad colectiva. Pasa siempre en las buenas fiestas techno y, sobre todo, pasa siempre en las buenas fiestas techno queers. Es otro concepto de fiesta, uno que tiene que ver con el sentido de comunidad.

Cuando era más joven entendía por fiesta emborracharme y salir con mis amigas, creándonos una pequeña burbuja alrededor. Lo que menos me interesaba entonces era bailar. Ahora la fiesta puede ser estar en trance sola en medio de un montón de gente bailando también sola. En un momento de la noche sé que nos fusionaremos todos en el baile. Y eso es lo increíble.

El mito de Berghain también funciona porque esas ganas de entrar al otro lado, de cruzar el umbral, de ver lo desconocido, actúan también como un catalizador hacia la muerte.

Sven Marquardt, el famoso portero de Berghain (tan famoso que hay murales en Berlín de su cara llena de tatuajes), dijo: “Al seleccionar a los invitados tenemos la responsabilidad de que los de dentro puedan ser como realmente son”. Según la escritora Julia Bell, esto es lo que la mayoría de gente que intenta entrar a Berghain y se queda fuera no entiende. Que Berghain es un club queer y que ser queer no es algo que se pueda imitar. Es algo que simplemente se es.

No he venido a Berlín sola. He venido con mi ex, en nuestro primer viaje juntas después de dejarlo. Nos levantamos pronto porque vamos a intentar entrar. Leemos un artículo de MacKenzie Wark. Leemos otro de Julia Bell. Ponemos varios vídeos de youtubers. Cada uno dice una cosa distinta. A ella le convence el artículo de Julia porque Julia es una mujer de 45 años y se siente reconocida en ella. El artículo trata de cómo va a un templo a rezar por su amigo muerto, solo que el templo es Berghain y el rezo es el sudor de los cuerpos. Yo pienso que últimamente todo lo que leo —incluso un artículo que habla sobre la experiencia de vivir una fiesta— trata sobre la pérdida. Decidimos intentar entrar a la hora que entró Julia Bell, el mediodía del domingo, sin saber que nosotras también estaremos entrando a una misa por lo que fuimos.

Ya en la cola nos damos cuenta de que no nos parecemos a nadie de aquí. No venimos como los otros ravers. No nos hemos preparado. No llevamos drogas y ni siquiera tenemos intención de consumir alcohol dentro. Hemos venido a despedir un grandísimo amor y eso es todo lo que llevamos en las manos. Trece años de un amar ininterrumpido. Hemos venido solo para decirnos adiós bailando.

Una vez, alguien a quien quise me habló de Berghain y eso se quedó para siempre conmigo. Supongo que porque así es como nos vamos construyendo, con los pequeños pedazos que quisimos de los otros. Por esa persona y por el deseo hacia todas las que vinieron después, nosotras empezamos a separarnos. Entrar en Berghain es como reconquistar un espacio de fantasía. Cruzar juntas el umbral que un día nos separó. Cuando los porteros nos dicen que sí, después de haber pasado una hora en la cola viendo a la gente irse frustrada a casa, entramos como si ya lo conociéramos.

En “Adiós a todo aquello”, Joan Didion contaba que, durante un tiempo, Nueva York fue una ciudad para los jóvenes. Yo ya no creo que quede ninguna ciudad benevolente con la juventud. Las ciudades están expulsando a sus jóvenes de ellas, lo que significa expulsar las posibilidades de regenerarse. Por eso es tan importante la memoria. Entro en Berghain y pienso: aquí mucha gente trabajó en condiciones horribles; aquí, años después, muchos jóvenes iniciaron una revolución. Entro en Berghain y sueño con los jóvenes bailando techno en las sucursales de los bancos, en las inmobiliarias y en los hoteles en ruinas del futuro.

Once horas después salimos. Son las tres de la mañana y llegamos a las cuatro de la tarde. He omitido lo de dentro porque una de las normas no escritas es que ciertas cosas deben quedarse donde ocurren. Hemos estado once horas en una realidad paralela. Hemos puesto nombres a una familia que construimos una noche. Me hubiera encantado salir de día, ver Berlín despertándose, taparme los ojos con las manos como una vampira, pero estamos exhaustas y nos vamos para dejarle el relevo a otra gente que lo necesite tanto como nosotras. De camino a nuestro hotel pasamos al lado de la cola kilométrica; unos chicos españoles nos escuchan hablar y nos paran: “¿habéis entrado?, ¿cómo es?”. Nosotras sonreímos y decimos: “como ninguna otra cosa en el mundo”.

El final de “El cielo sobre Berlín” de Wim Wenders es uno de mis finales favoritos del cine. Cuando el protagonista, el ángel caído recién convertido en humano, después de pasar la noche más asombrosa de su vida, dice: “ahora sé lo que ningún ángel sabe”. También ahora nosotras lo sabemos. Cruzamos el Muro abrazadas, sin poder dejar de sonreír. Se ha creado una nueva forma de nosotras. Un nosotras expansivo e infinito.

Al día siguiente, tiradas en el césped de Tempelhof, un antiguo aeropuerto nazi que ahora está reconvertido en campamento para refugiados, pienso en cómo la vida sucede y toma pulso sobre las cosas. En cómo nos levantamos sobre las ruinas y los dolores y ponemos con empeño flores encima. “Es un buen negocio”, dice Mckenzie Wark:“Berghain vende algunas cosas, pero esta es la que más anhelo. Pagaré con gusto los 25 € para escapar de la historia: mi propia historia y la historia del mundo”.

Patti Smith, nuestro verdadero motivo del viaje, cantaba al inicio de su canción Babelogue: “No he follado mucho con el pasado, pero follo mucho con el futuro”. Miro a los contenedores prefabricados de alrededor donde, a pesar de todo, viven mil familias. Veo las flores que han puesto en las ventanas oxidadas. Veo la vida intentando vivir. Un niño sirio nos sonríe y se va corriendo a jugar con la pelota. Que otros follen con el pasado todo lo que quieran. Yo solo deseo el futuro.

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