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La calle es suya

    Fotografia de Francesc Jarque, ca.1970

Fotografia de Francesc Jarque, ca.1970

Hagamos como aquel narrador que solían utilizar Berlanga, Bardem y muchos otros en aquellas entrañables películas de los cincuenta y los sesenta, como Bienvenido Mister Marshall, por ejemplo. Digamos, por tanto, con voz de Fernando Rey, que vamos a hablar de un pueblo que no tiene nada de particular, con sus fiestas, sus mercados, su iglesia, su ayuntamiento con un reloj en la fachada, su escuela… y los discursos del señor alcalde, alcaldesa en este caso. Pues bien, un día de verano de 2019, los vecinos de ese pueblo vieron, sorprendidos, cómo una empresa contratada al efecto desmontaba los badenes de la entrada a la avenida principal, reasfaltaba el trecho tapando cada bache y cada grieta y repintaba los pasos cebra y demás señalizaciones del pavimento. Resulta que el pueblo había sido designado —quien sepa en virtud de que procedimientos que lo diga— como final de una de las veintiuna etapas de la Vuelta ciclista a España de ese año. Había que allanar y adecentar el tramo por el que los centauros con ruedas tenían que hacer su embestida para ver quién traspasaba primero el pomerium. Los árboles adyacentes se despojaron convenientemente de brotes antiestéticos. Solo en ese tramo. El resto del pueblo seguía y sigue con su firme irregular y sus pasos cebra desteñidos, y también conserva los badenes, que al parecer siguen siendo imprescindibles para garantizar la seguridad vial en todas partes excepto en ese pasillo glorioso.

Tras múltiples avisos, dos días antes del evento se prohibió estacionar en esa zona y en las calles colindantes. Se trataba de facilitar por todos los medios el «importante evento deportivo que nos traerá a nuestra localidad el prestigio que se merece, dado el interés social, económico y mediático de este deporte», según palabras literales del bando emitido para la ocasión. Así pues, durante ese tiempo de espera, cuando alguien quería entrar en la zona afectada haciendo valer su condición de residente, un amable servidor del orden apostado al efecto le advertía que podía pasar siempre que poseyera aparcamiento privado, pues «no se podía estacionar en vía pública». Aquello sonaba a oxímoron camuflado. La palabra «pública» se le quedaba a uno rebotando en la cabeza, pues en aquellos momentos la vía no parecía pública en absoluto, había sido incautada temporalmente sin que uno acabara de atisbar el bien superior que la ley exige para que tenga lugar cualquier tipo de requisa. Y de repente se percataba de que eso sucedía un buen número de días al año. Era una iluminación que le sobrevenía a uno quizá por la excepcionalidad, la rapidez y el modo tan expeditivo como estaban actuando las autoridades en esa ocasión. Pero lo que ocurría mes tras mes no era muy diferente. Certámenes de paellas, calderadas d’arròs amb fesols i naps, bous al carrer, embolados y sin embolar (hay varias comisiones que se reparten el casco antiguo por zonas, como hacían algunos en el Chicago de los años 20), lanzamiento de ratas, cabalgatas, maratones, carreras, procesiones, lo que sea que hagan «los quintos» —ese insólito anacronismo—, además de no dejar dormir a nadie a las tantas de la madrugada, espectáculos de todo tipo, ferias de atracciones, mercados medievales, fallas… y, cada vez, el correspondiente cierre de calles y emisión de ruido. Especial mención a los fuegos artificiales que acompañan a cada una de estas efemérides. En nuestro pueblo berlanguiano, cuando los pirómanos de turno se aprestan a proceder, la municipalidad avisa de que los particulares se han de ocupar de retirar sus coches, de cerrar ventanas y de recoger toldos y persianas, porque «ni la empresa que se ocupa de los explosivos ni el ayuntamiento se harán cargo de los posibles daños». De una tacada se privatiza el espacio público y se socializa el privado. Si durante esa siesta que ingenuamente quieres echar te entra una carcasa de seis quilos en la habitación, el culpable eres tú por no hacer caso a la municipalidad, todo según el artículo 33 del Fuero de los españoles.

El espacio público, una parte importante de él al menos, aquel que se supone que es de dominio general y de uso por parte de toda la población sin distinciones, lleva camino de pasar más tiempo al servicio de grupos minoritarios, de individuos apiñados en torno a una costumbre más o menos excéntrica, que a disposición universal. Ciertamente, la ley permite que las autoridades correspondientes lo regulen para que, excepcionalmente, sirva de soporte a «las actividades colectivas y las funciones simbólicas», según dice la jerga sociológica, pero en algunos casos la fórmula se ha pervertido visiblemente. Todos sabemos que los ayuntamientos alquilan porciones cada vez mayores de las aceras —públicas— a los negocios hosteleros —privados— adyacentes, o hemos visto cómo, hace unas pocas décadas, las ciudades se llenaron de artefactos que no tenían más utilidad que servir de soporte a la publicidad comercial. La ocupación por parte de los que organizan «actividades colectivas y funciones simbólicas» se hace en nombre de la tradición, de unos supuestos valores culturales de carácter sagrado, pero los que no participan de ellos lo viven como una usurpación abusiva de un espacio que también les pertenece, y como una merma de sus derechos y libertades civiles. Ese tipo de ocupaciones festivas está más cerca de la privatización mediante alquiler o cesión que de la regulación de usos con criterios de utilidad pública e interés cívico, como el que se da, por ejemplo, cuando se autoriza una manifestación. Las comisiones de estos festejos, que acaban siendo poderes fácticos de manera automática, tienen reservado el espacio por un tiempo determinado para dar rienda suelta a su particular filia, por absurda y minoritaria que esta sea, exactamente igual que quien paga por un vado, solo que ellos no pagan, sino que suelen recibir subvenciones y reclaman ese espacio como un derecho adquirido frente al que el ciudadano ajeno a la actividad en cuestión no solo no tiene nada que hacer, sino que, si protesta o simplemente no colabora, puede acabar siendo tratado como un proscrito.

La cosa se hace más difícil de entender, si cabe, teniendo en cuenta que los participantes activos en los distintos saraos suelen coincidir, y no son sino una proporción minoritaria del censo. Sin embargo, no sólo hay hacia ellos y sus excesos una inexplicable permisividad por parte de la administración, sino una consideración desmesurada, un aprecio y un reconocimiento inextricables. Más aún: se incentivan. De año en año engordan y se multiplican en todas las poblaciones. Parece como si las autoridades buscaran rellenar todos los días del calendario con algún tipo de celebración festiva. Como, con los números en mano, no parece que haya una lógica electoral detrás del asunto, hay que buscar otro tipo de explicación. Sin duda hay motivos coyunturales (los tiempos requieren cada vez de más circo), pero a falta de una razón suficiente, uno está tentado a pensar que la fiesta, esa suplantación transitoria de la realidad, su función desbravadora, desactivadora de tensiones, se está convirtiendo en la vía para llevar al pueblo hacia su triste destino. El poder parece haber encontrado en la kermés perpetua la barrera hematoencefálica perfecta contra la idea ilustrada de ciudadanía, esa que hace hincapié en la libertad y la autonomía de los sujetos, contra la tentación de organizarse en torno a problemas concretos y no a ficticias mascaradas programadas, y también contra el simple derecho a no participar ni en una cosa ni en la otra, contra cualquier idea emancipatoria, en definitiva.

En cuanto a la etapa de la Vuelta ciclista que había de aportar a esa localidad «el prestigio que se merece», los ciclistas llegaron precedidos por una caravana que tocaba las bocinas como si se acabara el mundo, como en las bodas —el viejo truco de hacer ruido para que parezca que la cosa es más importante de lo que es—, y entraron en tropel, cubiertos de pegatinas comerciales, por un túnel formado por cientos de vallas llenas de publicidad tras las que no había casi nadie. Nada más llegar, los ganadores se subieron a un podio portátil provisto por la organización de la Vuelta, dispuesto delante de un photocall electrónico que iba cambiando la marca patrocinadora cada pocos segundos y ocultaba a las cámaras la bonita porción de pueblo primorosamente acicalado que había detrás. La ceremonia, a la que asistieron unas cuantas decenas de convecinos, duró escasos minutos, tras los cuales los organizadores desmontaron con celeridad toda la tramoya y se la llevaron al final de etapa siguiente. No fue todo tan rápido como el paso de los americanos en Bienvenido Mister Marshall, pero casi. Las calles que con tanta eficiencia y contundencia habían sido vaciadas de vehículos días antes no las había ocupado nadie, habían permanecido desiertas en su totalidad, y esa misma noche los vecinos pudieron volver a aparcar allí sus coches mansamente, como de costumbre. A día de hoy, el tramo de avenida que se recompuso para la ocasión sigue sin badenes, y en el lugar de la meta hay unos enormes carteles de Cofidis pintados sobre el asfalto flamante con una resistente pintura de tráfico que tardará en desvanecerse. Esperemos que, a cambio de tan rentable publicidad, la conocida empresa crediticia haga un descuento a los naturales cuando estos pidan un préstamo.

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