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A solas con la realidad

Woody Allen en The Front (Martin Ritt 1976).

Woody Allen en The Front (Martin Ritt 1976).

A finales del año pasado, Woody Allen pudo exhibir, por fin, aunque de momento solo fuera de EEUU, Día de lluvia en Nueva York, la película que Amazon le había bloqueado. Aparentemente se trata de la misma historia banal que nos ha contado decenas de veces. En ella, como siempre, sus personajes se mueven entre dudas existenciales que mezclan lo trascendente —o lo que parece serlo— con lo acuciante. Pero esta vez, más que nunca, está impregnada de un halo de irrealidad. A los que no han seguido su larga trayectoria, sobre todo, les puede parecer el fruto de una mente ensimismada y desubicada que chochea. Pero no. En un momento dado, Allen pone en boca de uno de sus personajes —un sosias suyo, claramente—, unas palabras que dan a entender que es muy consciente de lo que está haciendo. Es una frase que atraviesa de la pantalla e interpela directamente a los espectadores: «La vida real está bien para quien no puede aspirar a algo mejor».

Con independencia de cuándo fuera escrita esta línea de diálogo, cuesta olvidar que, mientras rodaba esta película, estaba siendo sometido a un linchamiento mediático por un supuesto delito de pederastia que se remontaba a varias décadas atrás, aireado de nuevo al rebufo del caso Harvey Weinstein, sin que importara lo más mínimo el hecho de que la justicia le hubiera exculpado ya en un par de ocasiones y que nadie le hubiera vuelto a acusar nunca de nada parecido. O también que, a raíz de esto, la productora para la que estaba trabajando en aquellos momentos le había retirado su confianza, y que un buen puñado de actores, que habían trabajado con él en un aparente estado de beatitud, de repente habían comenzado a escupir públicamente a su efigie, incluidos los protagonistas de esa misma película, que nada más acabarla, a modo de penitencia, dijeron tener el propósito de donar sus beneficios de explotación a un grupo de presión creado esos mismos días con la finalidad de combatir la desigualdad y el acoso sexual en el puesto de trabajo, crímenes que no constan en el historial delictivo de Allen. La precipitación y la falta de argumentos con la que actuaban casi todos hacía intuir el pánico a la turba, ese monstruo que, como todos los monstruos, se alimenta del miedo que inspira, se nutre de sus víctimas potenciales, que no ven otra vía de salvación que integrarse en ella. Linchar para evitar ser linchado, esa es para algunos la cuestión. Como mínimo, correr en el mismo sentido que la muchedumbre.

Y, last but not least, uno recuerda también que en un lejano rincón de la galaxia llamado Oviedo, algunos espíritus sensibles que habían convivido con un monumento a Franco hasta 2015 sin mayores sofocos, exigían la retirada inmediata de una estatua dedicada al otrora querido Woody, celebrado Premio Príncipe de Asturias 2003. «La vida real» se estaba convirtiendo para él en un infierno. Cualquiera que no haya tenido todas sus facultades ocupadas en buscar una soga para colgar al depravado peliculero judío, se habrá preguntado cómo alguien de más de ochenta años podía seguir trabajando bajo una presión así. En ese contexto, su frase no puede dejar de interpretarse como un sarcasmo dirigido a los que habían convertido la realidad en una quilla bajo la que hacerle pasar.

«La vida real está bien para quien no puede aspirar a algo mejor». «Y yo hace tiempo que lo tengo», le faltaba añadir. Aunque tampoco era necesario, porque lo estaba dejando bien claro regodeándose en el universo personal que ha ido creando a lo largo de más de sesenta años de trabajo escribiendo, actuando y dirigiendo películas. Algo que, en esta que nos ocupa, hace con un notable descaro a la hora de saltarse las convenciones que imprimen verosimilitud, «realismo», a la narración cinematográfica. Tampoco se preocupa de la construcción de sus personajes. Estos no surgen de la realidad que lo circunda y mucho menos de la actualidad, aunque las referencias a ella son constantes y siempre mordaces, sino que ya vienen de fábrica y son extrañamente anacrónicos, arquetipos que utiliza para exponer su particular filosofía, parte de un imaginario que le pertenece, a él y a un buen número de espectadores que lo han incorporado a su acervo cultural.

Al hilo de todo esto, a uno le parece una buena idea, ahora que la industria cinematográfica está tan falta de ellas, que alguien haga un remake actualizado de la película La tapadera, el ajuste de cuentas con el macartismo que el mismo Allen protagonizó en los años setenta (los ajustes de cuentas siempre llegan), en la que el personaje que él interpreta acababa mandando a la mierda a los que pretenden juzgarlo. El macartismo, hay que recordar, también generó una catarata de adhesiones en el mundillo cinematográfico y truncó no pocas carreras. Unos se adherían a la caza de brujas para hacer frente al peligroso virus comunista y otros para conservar sus piscinas, como señaló Orson Welles. Puede que la coincidencia entre aquella época y esta no sea absoluta, pero es suficiente como para que se disparen las alarmas. No en todos los casos trasluce la arbitrariedad como en el de Allen, ya sea porque las acusaciones están bien fundamentadas, ya sea por cualquier otra circunstancia. Pero esta no es la cuestión. Y, en todo caso, a él de poco le ha servido. La cuestión es que cuando la conciencia crítica se esconde, las buenas conciencias campan a sus anchas.

Cuando es la realidad la que da forma al arte y no al revés, mal asunto. Década a década, hemos ido reduciendo la distancia entre lo uno y lo otro, nos hemos cargado el arte para cargarnos la verdad establecida y nos hemos quedado a solas con la realidad. A solas y a su merced. Porque el arte también era la mejor herramienta que hemos tenido nunca para enfrentarnos a ella, para darle nueva forma, para «nombrar lo innombrable, enfrentar al hombre con los sueños que traiciona y los crímenes que olvida», en palabras de Marcuse. Al tratar de evitar cualquier forma de distanciamiento con el mundo real —el distanciamiento no conlleva necesariamente disociación o desentendimiento—, hemos vuelto a convertir el arte en un estéril ejercicio de mímesis. Y al artista, demasiado a menudo, en un tonto útil, porque la falta de distancia, unida al deseo de intervención, hace que acabe reforzando dinámicas que no es capaz de objetivar. Es lo que siempre ha aquejado a cierto arte comprometido, y más ahora, en unos tiempos tan embarullados y mangoneados como los que corren, cuando las ansias de compromiso no se sabe muy bien en qué van a dar, cuando la disidencia parece haberse acomodado en el establishment y la obra «comprometida» recibe una recompensa fácil y rápida. El resultado es una colosal estafa. Continuando con la cita a Marcuse, «cuanto más grande es el conflicto entre lo que es y lo que puede ser, tanto más la obra de arte requiere distanciarse de la inmediatez de la vida real, de su pensamiento y conducta, incluso de su pensamiento y conducta políticas» [El arte como forma de la realidad, New Left Review 74]. En medio de todo esto, la pulla de Woody Allen, que puede parecer una boba reivindicación del autocomplaciente arte burgués, resuena elocuente y diáfana.

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