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Seres vulnerables

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Por desgracia son legión. Europa entera está trufada de personas malhumoradas, malavenidas con la vida, fustigadas por unos jefes sin escrúpulos, enojadas por la subida de la luz, anegadas de manías, que suelen saltar a la mínima. Por aquí mismo en cuanto alguien habla de extranjeros, de catalanes, de feminismo o de la momia embalsamada de Franco se soliviantan y se vuelven agresivos y malsanos. Los tipos que votan a Trump, a Le Pen o a Orbán son gente con bajos niveles de estudios. Por el contrario, una mayoría de universitarios pasan de esa casta de extrema derecha que pulula ahora mismo a sus anchas por Austria, Holanda o incluso Suecia. ¡Vaya contrasentido!

Antes los parados eran usados para abaratar la mano de obra; ahora lo son para recaudar votos gratis. Los que gritan 24 horas contra sí mismos son trabajadores precarios peor pagados cada día que pasa, varones indecentes que no creen en las mujeres, opinadores que les gusta llevar la razón en todo y que se sobrepasan por la cara con el vecino de rellano, con el camarero del bar o con el novio de la hija. Son egocéntricos y mal hablados. Les gusta la camorra verbal. Ellos forman la materia prima con la que trabajan algunos desalmados políticos en el sucio trabajo de intoxicación cotidiana. Políticos con o sin la debida acreditación académica, con o sin haber pisado las aulas, con o sin trabajos plagiados al por mayor.

Los neofascistas se nutren de pequeños agricultores a los que las cosechas no cubren su sudor ni la gasolina del tractor, de fontaneros a los que no les alcanza para cambiar de furgoneta, de universitarios ejerciendo de dependientes en franquicias infames, de parados que pontifican chorradas xenófobas en la tribuna de la barra de un bar. Son carne de cañón. Gente que pregona, de forma masoquista, la buena nueva de un sistema que les perjudica la salud, que les altera el bienestar mental y que les trunca una vida mejor. Estos tipos juran fidelidad eterna a unos señores que les meten mano impunemente en sus bolsillos, les hacen el trabajo sucio gratis a los que les manipulan sin pudor. ¡Hay que ver! Despiertan tanta ternura que al final llegan a dar pena. ¡Solemnes idiotas!  

Estos mequetrefes, perennemente disgustados con todo, inducen el voto a fuerzas políticas que viven de exhibir prejuicios raciales o de justificar el holocausto franquista. Son gente que se tragan sin rechistar que la expresidenta Esperanza Aguirre vendiera en Madrid a precio de saldo 3.000 viviendas sociales a un fondo buitre vinculado a Goldman Sachs o que más tarde la alcaldesa de esa capital, Ana Botella, hiciera lo propio con otras 1.860 casas a otro fondo patrocinado por Blackstone. Ambas operaciones malsanas ahora vistas en los juzgados. Estos primos del copón son aquellos que luego se escandalizan porque una pareja de ocupas con niños vivan unos meses en el piso de un banco podrido de pasta que ha vendido sus hipotecas basura a unos americanos que harán su agosto con nosotros. Esos mismos descerebrados son los que luego maldicen a una pareja de rumanos porque a sus hijos les han concedido una beca en el comedor escolar. Unos hijos que le pueden salvar sus pensiones y que además quizá eviten el estallido de la bomba demográfica que se avecina.

Los protagonistas de esta historia de seres vulnerables de la extrema derecha se quejarán de que no pueden pagar la entrada del piso de su hija, reincidirán con el rollo de que Franco trajo la paz y no la guerra. Tergiversarán la historia y les soltarán a la cara a los hijos de los vendimiadores en Francia o a los nietos de los españoles que emigraron a Alemania, entre caña y caña de cerveza, que los extranjeros son un asco. Estos tiparracos están a merced de un eslogan capcioso, de un fake tenebroso, de unas declaraciones mentirosas (“los socialistas han acabado con las pensiones”, por ejemplo) y son víctimas propiciatorias de un tertuliano tramposo. ¡El mundo al revés! Los más tirados de la vieja Europa hoy votan opciones ultra, como la del húngaro Viktor Orbán. Sus acólitos me parece que no son seres entrañables, son más bien seres deleznables.

¡Allá ellos!

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