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República Centroafricana: un cura y un imán en un conflicto religioso

Theodore Yanevdui frente a su vivienda totalmente destruida en el barrio de Yambasse, donde antes convivían cristianos y musulmanes. En marzo de 2013, el barrio fue arrasado por las milicias Anti-Balaka en respuesta a las matanzas y saqueos realizados por la milicia Seleka/ Pablo Tosco - Oxfam Intermón

Entre la Gran Mezquita de Bangui y la iglesia San José de Mukassa hay apenas la distancia física del tiempo que se tarda en dar un paseo. No así entre las familias de desplazados que se refugiaron en uno y otro centro religioso. Entre ellos, la distancia emocional es profunda y parece hoy un escollo insalvable. Quizás de varias generaciones, si consideramos el tiempo que suele necesitar una guerra para que las heridas estén en condiciones de cicatrizar. En el caso de que esto sea posible. Sobre todo, cuando la guerra ha desbordado los combates armados entre las milicias y los soldados, arrastrando a los civiles a una matanza entre vecinos, una locura sin leyes ni control, salpicada de atrocidades. Linchamientos, asesinatos a golpes, decapitaciones, violaciones.

-Todavía es demasiado pronto para que hablemos de perdón, de reconciliación –dice el padre Jonas Bekas, el cura de la orden de los misioneros comobonianos que dirige la parroquia cristiana de San José donde quedan centenares de desplazados que se resisten a regresar a sus barrios, asustados por la inseguridad que reina en la ciudad pero también porque algunos de ellos han perdido todo lo que tenían y sus casas son una ruina que ya empieza a invadir la maleza; un montón de piedras sin techo y sin apenas paredes.

-Al principio pensábamos que era sólo política –dice el imán Omar Kobine Layama-, pero lo que era antes política, lucha por el poder, un golpe de Estado, finalmente ha sido y es religión: los cristianos han quemado el Corán, han quemado las mezquitas, de los 417 sitios de culto que tenía nuestra comunidad en Bangui sólo quedan cuatro mezquitas sin destruir.

Cuando las masacres se desbordaron en diciembre del 2013 –el golpe de Estado había sido en marzo-, las principales autoridades religiosas de la ciudad, el imán Omar y el arzobispo Dieudonné Nzapalainga, decidieron dirigir un mensaje conjunto de paz y reconciliación a cristianos y musulmanes y recorrieron la ciudad para visitar los centros de desplazamiento. Pero ya era demasiado tarde. Lo que había ocurrido y lo que estaba por venir provocaron que la relación entre ambas comunidades quedara herida de muerte, en un punto muerto donde unos y otros se sienten víctimas y los crímenes propios se justifican como crímenes de autodefensa. De hecho, la operación francesa Sangaris que se desplegó en Bangui con la intención de parar las masacres, tuvo como resultado que la fuerza sobre el terreno cambiara de bando y la Séléka, la coalición de grupos que protagonizaron el golpe de Estado, tuvieran que huir, mientras los musulmanes que no dejaron la ciudad se refugiaban en el barrio de la Gran Mezquita, el PK5, y los Antibalaka, los grupos de autodefensa cristianos, se lanzaba a una venganza descontrolada que ya nadie pudo o quiso parar.

-Los musulmanes –dice el cura Jonas- vinieron a pedirnos que hiciéramos una misa de reconciliación. Les dijimos que no. Todavía no es el momento. Hay que esperar. ¿Cómo podemos hacer una misa con ellos si todavía no sabemos quiénes han sido los asesinos? Ni siquiera nosotros, los curas, estamos preparados para una reconciliación.

-Cuando giró la situación en el mes de diciembre –recuerda el iman Omar-, los musulmanes más ricos huyeron del país. Los que no sabían a dónde ir vinieron aquí, a la Gran Mezquita, al PK5. Ha sido una cosa inaudita, un genocidio, se han matado niños, mujeres, se quería eliminar a todos los musulmanes sólo por sus creencias. Es un problema que va más allá de nuestro país, la RCA, es un problema mundial: quieren borrar al islam del mapa.

El Fórum de Bangui, celebrado entre los representantes políticos, militares y la sociedad civil durante los días 4 y 11 del pasado mes de mayo, decidió que no habría amnistía para los asesinos y que se abrirían tribunales de justicia para perseguir y condenar a los culpables. Decidió, también, abrir un proceso político con un referéndum de una nueva constitución y elecciones generales. Pero fue incapaz de obligar a un desarme general de las milicias, que queda sólo como un desarme “voluntario”. Hacer elecciones con un calendario tan apretado –se pretenden para finales de año- en un país donde no existe censo electoral parece un despropósito; se trata de un programa tan irreal como lo es proponer un desarme “voluntario”, cuando todo el mundo sabe que, cristianos y musulmanes, tienen un montón de armas de guerra escondidas y que jamás las entregaran hasta que desaparezca la amenaza de nuevas violencias.

Los peores días de las masacres, a partir del 5 de diciembre del 2013, la iglesia de San José se desbordó de refugiados cristianos que huían de los barrios que hay junto a la parroquia.

-En la primera ola de refugiados, el día 5 –recuerda el cura-, vinieron unos 500. Dos días después ya eran más de ocho mil. Nos hicieron varios ataques y mataron, también, a dos curas. Al principio no teníamos ni agua, ni comida. Luego Oxfam (con el apoyo de la Comisión Europea) nos instaló unos tanques de agua, pero ahora el PAM ya ha dejado de ofrecer comida porque quiere que la gente vuelva a casa. También nosotros queremos que se vayan, aunque no podemos echarlos.

-Los musulmanes –dice el imán-, nos hemos quedado encerrados en una cárcel a cielo abierto, entre el barrio del que nadie se atreve a salir y la Gran Mezquita donde todavía quedan refugiados.

El imán Omar y el padre Jonás coinciden en una cosa: hasta que no se cree una comisión de la verdad, hasta que los culpables de los crímenes no reconozcan públicamente sus actos, la paz será imposible. Pero además de la reconciliación, el país, uno de los más pobres del mundo, necesita también un largo acompañamiento político y humanitario. Primero, pues, dicen el cura y el imán, la verdad. Después las elecciones. Primero, la comida, la reconstrucción de las casas, la recuperación de la vida diaria, la seguridad de que puedes ir a cultivar tus huertos y pastar a tus animales. Luego, quizás, el calendario político que fija la comunidad internacional con unas prisas excesivas que probablemente responden a las ganas de volver a una estabilidad artificial, la de después de la independencia, donde los negocios dedicados a la extracción de las riquezas naturales puedan fluir sin girar la vista atrás para ver cuál es el precio de la corrupción para la población empobrecida.

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Publicado el
19 de junio de 2015 - 21:06 h

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