El Gobierno traslada a las mujeres acogidas por los vecinos de Ceuta a un nuevo campamento: “Qué alivio”
Es una mañana habitual dentro de la carpa que acoge a mujeres y menores en Sidi Embarek cuando, de pronto, reina el silencio. Karima, Fatima y Abdellah se distribuyen por distintos puntos, sorteando las mantas que han arropado los cuerpos de las mujeres que cruzaron a Ceuta a finales de julio. A su alrededor, quedan recuerdos, libretas y juguetes. Todos los ojos se posan sobre ellos. Sued, una niña de 13 años contiene la respiración. Saida, que llegó a Ceuta sola desde Fez, observa asustada: “Hermana, ¿qué va a pasar? ¿Qué van a hacer con nosotras?”, pregunta una y otra vez. Oumaima trenza el pelo de su hija mientras Ahmed, de 10 años, sostiene su patinete oxidado y desgastado.
Abdellah pide silencio, Fatima insiste y Karima aguanta un taco de folios. “Nos vamos”, grita Abdellah. “Salimos de aquí, hermanas. Nos vamos a una nueva carpa”, añade. Las cerca de 300 personas que han convivido durante los últimos 60 días entre las paredes de lona blanca van a ser trasladadas a un nuevo recurso. El destino es el nuevo asentamiento de Caballería, próximo a la playa Benítez, que gestiona CEAR. El campamento es uno de los espacios habilitados por el Gobierno para ampliar la capacidad de acogida. Los trabajos comenzaron a mediados de septiembre y el recurso ha sido acondicionado con carpas para albergar principalmente a mujeres y personas vulnerables. Su capacidad prevista ronda las 540 plazas. Al fondo de la carpa, un grupo de mujeres se abraza y llora ante la noticia. Son lágrimas de alivio. Para ellas, al menos, supone un paso más después de meses de incertidumbre. “Gracias a Dios, gracias a Dios. Que Dios nos proteja”, insiste una de ellas mientras arropa a su hija pequeña.
Entre el jolgorio y el estallido de alegría, Nadia está sentada en una esquina. Sus hijos están en un centro de menores y se reúne con ellos todos los días. “He visto las noticias. A muchos de los jóvenes marroquíes que estaban en la playa del Trampolín los han devuelto a Marruecos. Tengo miedo de que nos pase lo mismo”, explica a este medio. Nadia vivió en Ceuta hace 30 años y explica que tuvo que volver a Marruecos por problemas familiares. Trabajaba como porteadora y, con la llegada de la pandemia, y la prohibición de su trabajo, su vida se desplomó. “Me quedé sin trabajo y sin familia. Tengo que sacar adelante mi vida y la de mis hijos. Solo quiero otra oportunidad”, añade.
De las maletas a medio hacer empiezan a brotar sudaderas, chaquetas y pantalones. Bolsas de plástico vacías que se llenan de vida. Un niño que sostiene en sus manos un tractor de juguete y le pide a su madre si puede llevarlo con él. Una niña, Soraya, se cambia los zapatos para ponerse “los más bonitos”. Un bebé inquieto y una madre que se angustia por él. Karima abraza a las más emocionadas y a las que, inevitablemente, sienten miedo. Abdellah responde a las dudas, mientras Fátima coordina la salida.
A la emoción del momento y del lugar le acompaña la música. Una música que no sale de los altavoces de los teléfonos móviles, sino de sus gargantas. Muchas de las mujeres cantan mientras recogen. Otras, que ya han terminado, esperan y acompañan con palmas. “Las bendiciones y la paz sean sobre el Mensajero de Dios”, entonan algunas, una fórmula habitual en las celebraciones marroquíes que, entre palmas y voces, convierte la noticia del traslado en una pequeña celebración improvisada.
Cuando las primeras comienzan a estar listas, Karima y Fátima, junto a un equipo de CEAR, comienzan con la organización del traslado. En grupos, algunas andando y otras en coche, son realojadas en el nuevo campamento. Narjiss es la número uno. Lo pone en la pegatina blanca que tiene pegada en el pecho. La joven aguanta la mirada de otras mujeres que observan desde fuera de la carpa de Sidi Embarek cómo parte el primer grupo. Algunas tienen lágrimas en los ojos mientras que otras terminan por derramarlas sobre sus mejillas. No pueden contener la emoción. Narjiss tampoco. “Las noches son cada vez más frías y cuando llueve entra mucha agua en la carpa”, cuenta. La carpa de Sidi Embarek nunca nació como un recurso institucional de acogida. Fueron vecinos, voluntarios y organizaciones sociales como Luna Blanca quienes habilitaron este espacio para cobijar a cientos de mujeres y menores.
Cuando avanza el primer grupo, que es trasladado andando y acompañado por un equipo de CEAR, algunas no pueden evitar despedirse, a pesar de que saben que todas volverán a encontrarse unas horas después. “Que os vais a ver ahora, no seáis exageradas, hermanas”, bromea Karima. “Vais a un sitio mejor, más seguro, con más duchas”, añade. A Karima se le empañan las gafas y, aunque bromea, esconder la emoción es misión imposible. “Qué respiro”, confiesa.
Detrás quedan las historias envueltas en resistencia, las goteras de la lluvia, el frío, la comunidad construida durante dos meses y la espera en este rincón de Sidi Embarek. Delante no hay todavía una casa, ni el final del camino, hay otra carpa. Pero, por primera vez en semanas, también la sensación de estar avanzando.
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