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EXTREMADURA

Opinión

El silencio de los hombres

"La masculinidad hegemónica limita a los hombres y la necesidad de pertenencia al grupo muchas veces nos lleva a actuar de una forma de la que no estamos convencidos. ¿Y si los caminos que nos han dicho que debemos recorrer para conseguir privilegios nos devuelven, precisamente, a un espacio que nos limita enormemente? ¿Y si hubiera otros caminos para llegar a ser llamados hombres que no pasen por el sufrimiento de quienes están a nuestro alrededor?"

Imagen del curso "Género y masculinidades" impartido en la Organización Multidisciplinaria Latinoamericana de Estudios de Masculinidades.

Género y masculinidades

¿Cuántos caminos debe andar un hombre / antes de ser llamado hombre? La pregunta se la hace Bob Dylan en la canción Blowing in the wind, y la respuesta que hoy podemos darle puede llegar a parecer tan poética como la que nos ofrece la canción: un hombre, para llegar a ser llamado tal, tiene que recorrer los caminos del silencio. 

Pero este silencio no responde a una actitud reflexiva o introspectiva donde reflexionar qué es y cómo ser un hombre. Nada más lejos que eso: se trata de un silencio producido por el miedo que nos hace reaccionar con cobardía cuando vemos o escuchamos una situación de violencia contra una mujer, se trata de un silencio cómplice con los verdugos, el silencio que se transforma en el mandato favorito del patriarcado. Un silencio que es el necesario terreno fértil para los machistas y alimento de la violencia de género. 

Nuestros miedos son la fuente de nuestros silencios. Aprendemos a callar porque nos aterra la idea de enfrentarnos a otro hombre y que este cuestione nuestra masculinidad, ponga en duda qué somos y cómo lo somos. Desde pequeños nos dicen que tenemos que alejarnos de todo aquello que guarde relación con lo que significa ser mujer. “Los niños no lloran”, “no seas nenaza”, “ten un par de huevos”, “tienes que ser fuerte”. Cada uno de estos discursos va cimentando en nosotros el muro de lo que debemos ser, o más bien, de lo que no debemos ser: sensibles ante el sufrimiento ajeno. Esta construcción de nuestra identidad de género, a través del no ser, hace de ella algo tremendamente precario. 

Los silencios de los hombres sostienen la desigualdad, legitiman la violencia. De silencios están hechas cada una de las agresiones que sufren las mujeres todos los días. Callando normalizamos esta violencia y aceptamos también que quienes la imponen se queden sin castigo. ¿Qué pasaría si los hombres fuesen los primeros en denunciar los ataques verbales o físicos que se dan en su espacio más cercano? ¿Alguien duda que la situación cambiaría?  Solo mediante la disidencia es como podremos superar esta situación criminal y vergonzante. Y no hay más tiempo, este es el momento de la rebelión frente al silencio: la hora de los valientes. 

La masculinidad hegemónica limita a los hombres y la necesidad de pertenencia al grupo muchas veces nos lleva a actuar de una forma de la que no estamos convencidos. ¿Y si los caminos que nos han dicho que debemos recorrer para conseguir privilegios nos devuelven, precisamente, a un espacio que nos limita enormemente? ¿Y si hubiera otros caminos para llegar a ser llamados hombres que no pasen por el sufrimiento de quienes están a nuestro alrededor? Al igual que el feminismo desarrolló las herramientas necesarias para que las mujeres hicieran una revisión del modelo de feminidad tradicional y normativa, ahora somos los hombres quienes tenemos que hacer nuestra propia revisión de género. Tenemos que forjar nuestra masculinidad de una manera menos conflictiva, con nosotros y nuestro entorno, y la fórmula es tremendamente sencilla a la vez que complicada: romper con el silencio, empezar a hablar de ello entre nosotros y con quienes nos rodean. 

Porque el día que se abran las grandes alamedas, el verdadero hombre libre deberá llegar a ellas por otros caminos diferentes a los del silencio cómplice y culpable.

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