Democracia es comer
Ramón Lobo
Winston Churchill dijo que EE UU y Reino Unido eran dos países separados por un mismo idioma. Sucede también con los padres y los hijos; los hombres y las mujeres. Desde las palabras se pueden crear malos entendidos que después generan enfrentamientos, divorcios, fracasos políticos y guerras. En Afganistán, por ejemplo, Occidente llama democracia, y la celebra como un éxito, a una votación en la que la principal irregularidad es la pobreza que padecen sus habitantes, gentes valerosas que por el hecho de acudir el jueves a un colegio electoral se han jugado una porción de su vida, porque el resto de la vida se la juegan a diario.
Estas elecciones en un país en el que el 50% de los varones y el 85% de las mujeres son analfabetos no se pueden llamar libres ni justas porque la libertad nace del conocimiento y la capacidad de elección. Para disponer de una democracia como la nuestra hay que comer como nosotros. O desplazar levemente la muñeca de la mano derecha o izquierda por las mañanas -o por las noches, que sobre gustos no hay nada escrito, dicen- y que salga de la ducha un largo, agradable y cálido chorro de agua potable y no tener que caminar horas por caminos polvorientos y peligrosos en busca de un líquido insalubre, como sucede en muchas aldeas afganas y en casi toda África.
Cuando todo gira en torno a la pobreza, al acto agotador de sobrevivir a cada segundo de la existencia, no hay tiempo para la educación, la cultura y el ocio. Democracia no es todo lo que sale por nuestras televisiones.
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