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OPINIÓN | El final de la escapada, por Antón Losada

Sobre este blog

En este espacio se cuentan 27 historias de personas que han sido o siguen siendo usuarias de los servicios públicos forales encargados de favorecer la inclusión social de la Diputación de Bizkaia. Los testimonios figuran en un libro editado por el Departamento Foral de Empleo, Inclusión Social e Igualdad de la Diputación. Conviene asomarse a estas historias de vida de tanta gente que se queda en las orillas de una sociedad que va demasiado deprisa y mira pocas veces hacia quienes deja a sus costados. Los testimonios han sido transcritos con austeridad narrativa, tratando de respetar su tono. Se han respetado también algunas expresiones de jerga que utilizaron mientras se animaban, hacían chistes de su vida, miraban al techo o se emocionaban al borde de la lágrima. El objetivo de la obra es ofrecer ejemplos del destino que se da al dinero público y los efectos beneficiosos que esta inversión tiene en las personas de nuestro territorio, personas que se encuentran en alto grado de vulnerabilidad social.

"Estoy relajado. Quiero trabajar. El año que viene quiero terminar la ESO y hacer una FP"

Endika, 24 años. Barakaldo

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En este espacio se cuentan 27 historias de personas que han sido o siguen siendo usuarias de los servicios públicos forales encargados de favorecer la inclusión social de la Diputación de Bizkaia. Los testimonios figuran en un libro editado por el Departamento Foral de Empleo, Inclusión Social e Igualdad de la Diputación. Conviene asomarse a estas historias de vida de tanta gente que se queda en las orillas de una sociedad que va demasiado deprisa y mira pocas veces hacia quienes deja a sus costados. Los testimonios han sido transcritos con austeridad narrativa, tratando de respetar su tono. Se han respetado también algunas expresiones de jerga que utilizaron mientras se animaban, hacían chistes de su vida, miraban al techo o se emocionaban al borde de la lágrima. El objetivo de la obra es ofrecer ejemplos del destino que se da al dinero público y los efectos beneficiosos que esta inversión tiene en las personas de nuestro territorio, personas que se encuentran en alto grado de vulnerabilidad social.

Empecé a vivir en pisos y hogares de la Diputación a los siete años, desde la separación de mis padres. Estuve en muchos y mis hermanos también. Somos seis, pero a mí me separaron de ellos, por- que estuvieron en otros pisos.

Luego parece que mis padres volvieron juntos y regresé con ellos un tiempo pero entonces la lie yo, cogía dinero, con once años me escapaba de casa y me volvieron a meter en pisos de Diputación. La verdad es que donde iba la liaba, pegaba a los profesores, seguía faltando a clase... Cuando yo tenía doce o trece años mi familia se separó definitivamente y ya no volví con ellos. Me pasaron a otro centro más preparado, semiabierto, porque en el piso había atacado a un chaval. Estuve seis ó siete meses. Poco a poco se fueron acumulando denuncias y finalmente acabé en un centro cerrado de meno- res por un robo. Estuve allí seis meses y salí con 16 años. Era durísimo. Más que la cárcel, te cacheaban contra la pared a cada paso y no podías hacer nada. Ahora sé que ya no se puede ni fumar pero entonces tenías los cigarros racionados. Ni tampoco tenías tele, solo podías leer, te gustase o no. Allí fue donde dejé la coca.

Después me pasaron a otro hogar, donde hice fontanería y climatización. Pero me escapaba para ver a mi madre. A los trece años robaba motos. Entonces fue cuando probé la coca por primera vez. Pero hasta los 17 no me enganché. A partir de los 21 ya empecé con el cristal pero nunca consumí caballo. Cuando salía de los centros vendía y consumía cristal.

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