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¿Habrá reforma educativa?

El 80 % alumnos desfavorecidos en España no se siente integrado en su centro

“La aplicación de las reformas a menudo resulta imposible sin la cooperación del personal de educación. Este puede socavar fácilmente las reformas en la fase de aplicación, al tiempo que culpa a los responsables políticos de haber ensayado reformas equivocadas desde el principio. Y lo profesores en muchos países están bien organizados. Pero, para ser justos, muchos de ellos han padecido años de reformas incoherentes que alteran la práctica educativa en lugar de mejorarla, ya que dan prioridad a unos intereses políticos variables en lugar de las necesidades de los alumnos y de los educadores. Muchos de estos esfuerzos de reforma no se basan en los conocimientos y la experiencia de los propios profesores. De modo que estos saben que la postura más sencilla para ellos puede ser sencillamente esperar a que los intentos reformistas se pasen”.

Quien así se expresa es el máximo representante del poder actual de PISA, Andreas Schleicher, y lo hace a través de su libro 'Primera clase', recientemente publicado por la editorial Santillana. El autor, a lo largo de trescientas páginas, realiza un recorrido por los sistemas educativos actuales que han acabado captados en este universo clasificatorio de la educación internacional -que es PISA- diseñado hace escasamente veinte años y al que cada evaluación trienal sigue sumando el interés de gobiernos, países y medios de comunicación.

Traigo a colación este argumento porque en una época como la que estamos viviendo, en la que el concepto reforma educativa aparece por cada resquicio social y político, se hace muy complicado no adoptar una posición; o, al menos, no leer, investigar y escuchar opiniones que ayuden a ir formando y adaptando la propia. Lo demanda la sociedad española, que se ha posicionado mayoritariamente en contra de la LOMCE del Partido Popular y reclama un espacio normativo nuevo, alejado de los errores profundos que marca dicha ley. De momento, la ministra Celaá ya ha advertido que seguiremos bajo tal estructura normativa por falta de consenso político –y social, añadiría yo- necesario para introducirse en nuevos jardines.

También lo reclama el Partido Nacionalista Vasco, a través de su Consejería de Educación, empeñada en articular una nueva ley educativa que sustituya a la de 1993, aún sin desarrollo pleno. En el caso vasco da la impresión de que con los pasos dados hasta el momento, en torno al Proyecto Heziberri 2020, ampliamente rechazado por la mayoría representativa de la Escuela Pública, será suficiente para embarcar al Parlamento Vasco en un nuevo texto legal.

¿Necesitamos o no una nueva reforma educativa? Sigamos, pues, con la opinión de Schleicher. Probablemente, más de un/a político actual sentirá cierta intranquilidad con las siguientes palabras: “Para que la aplicación de políticas resulte un éxito es necesario movilizar el conocimiento y la experiencia de los profesores y directivos, que son las personas que pueden establecer las conexiones prácticas entre lo que sucede en las aulas y los cambios que tienen lugar en el mundo externo. Ese es el desafío fundamental para la aplicación de políticas hoy en día”. Parece entenderse así que el desoír la opinión de profesionales, cuando se proponen cambios, no presagie resultados positivos tampoco en educación. De ahí que extrañe aún más la obstinación de las administraciones cuando, metidas en proyectos reformistas de envergadura, no cuenta con las organizaciones sindicales, representantes legítimas del profesorado implicado y las relega a un papel totalmente secundario en la aportación de ideas.

El actual director de PISA añade aspectos que considera especialmente importantes si se pretenden aplicar reforma educativas, tales como gozar de un amplio respaldo de los objetivos planteados, desarrollar la capacidad (profesional e institucional para que culminen con éxito), adecuar la gobernanza al tiempo de aplicación, el usar adecuadamente los datos sobre el rendimiento y construir sistemas autoadaptables, que añadan validez y credibilidad a la propuesta reformista. Es probable que se esté más de acuerdo con unos que con otros, que veamos más adaptables unas cuestiones que otras de las señaladas. La experiencia nos indica que una iniciativa pedagógica, instrumental o de recursos disponibles no suele dar el mismo resultado en un centro escolar que en otro, aparentemente con las mismas necesidades o carencias. De ahí la cautela con la que estas medidas, analizadas con carácter internacional, deban ser adaptadas a las realidades intrínsecas de cada país, de cada comunidad, de cada circunscripción educativa y de cada centro.

Volviendo al ámbito del profesorado, que es el que no ocupa en este momento, Schleicher afirma con rotundidad que escuchar con condescendencia argumentos políticos sobre la no implicación del profesorado en estas reformas porque su anticuada capacitación es insuficiente o ineficiente para abordar problemas actuales y que hay que insistir en mejorar los programas de formación, no es sino buscar culpables en lugares equivocados. De ahí que no valga la justificación que suele llegar desde instancias gubernamentales cuando se habla del recelo docente ante las evaluaciones propias. Las dudas vienen de no haber sido capaces de diseñar pruebas consensuadas en las que el compromiso de participación garantice el trabajo posterior. “Las autoridades educativas tienen mucho que ganar si escuchan los consejos de profesorado experimentado”, señala el profesor alemán.

A otro nivel, pero coincidente con lo dicho, se manifiesta Jaume Carbonell ('El profesor ya no es lo que era'. El Diario de la Educación. 12-10-2018) al plantear dos preguntas sin elusión posible: ¿En qué mundo vivimos? y ¿En qué mundo nos gustaría vivir?. En ambas preguntas radica, en una opinión que comparto, la esencia de la formación: educar la mirada para captar y comprender el carácter velozmente cambiante de la sociedad, trufada de incertidumbres, crecientes diversidades –también desigualdades- y nuevos retos.

Y añade el pedagogo catalán: “Este debate pone patas arriba el modelo docente meramente transmisor que se instala en la soledad del aula (“A mí que no me cuenten lo que pasa en otros niveles educativos y asignaturas; bastante tengo con lo mío”).” Para concluir afirmando que la conjunción de los tres ámbitos (1: interconexión entre saberes, tiempos, espacios y actores educativos; 2: mezcla de alumnado de diferentes edades; 3: trabajo colaborativo y en red entre aulas, centros y territorios) debe ser la clave para el enriquecimiento y crecimiento de cualquier estudiante, docente e institución. Si el profesorado es capaz de captar esta idea no se puede prescindir del colectivo a la hora de emprender cambios estructurales en la educación de un país.

Otro elemento que Schleicher considera crucial para el éxito en los cambios educativos que se avecinan es la formación de una cultura empresarial en la educación que apueste definitivamente por la innovación. En su opinión es indispensable analizar al sector educativo en clave industrial para que se mejore la productividad final del producto (aprendizaje del alumnado) con herramientas, prácticas, organizaciones y tecnologías nuevas. Y atención a esta idea que plantea: “Los sistemas de educación deben mejorar en la identificación de los agentes clave para el cambio y apoyarlos y deben encontrar formas más eficaces de difundir las innovaciones a mayor escala”. Una de las conclusiones de la encuesta internacional realizada al profesorado indicó que tres de cada cuatro encuestados consideró que su lugar de trabajo era un entorno hostil a la innovación.

Estamos, probablemente, en el umbral de unos cambios estructurales de peso que pretenden establecer una nueva visión de la educación a todos los niveles, desde el local hasta el internacional. No somos aún capaces de augurar si se consolidarán o seguiremos en esta fase de incertidumbres, de avances y retrocesos y de nula satisfacción para la comunidad educativa. Se impone un cierto criterio, mucha labor negociadora y grandes dosis de esfuerzo colaborativo entre todos los agentes educativos. Habrá que seguir con suma atención los modelos educativos que se proponen, validando los aciertos y aprendiendo de los errores. Pero nunca rechazando nada a priori por extraño, ni cayendo en los mensajes de sirena que nos pueden llegar de otras latitudes, como la sueca, por ejemplo. Pero de ello hablaremos en otro momento.

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29 de octubre de 2018 - 20:02 h

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