Cuando el sexo se convierte en norma
Cada cierto tiempo, un nuevo titular promete descifrar cómo está cambiando nuestra sexualidad. Artículos, estudios y contenidos virales señalan tendencias: cuánto ha subido o bajado el consumo de porno, qué prácticas eróticas se extienden o qué desean hoy las personas. Muchos de esos relatos se apoyan en estudios avalados por instituciones académicas, lo que les otorga una apariencia de rigor. Sin embargo, en no pocos casos se trata de investigaciones con escaso peso científico, metodologías cuestionables o conclusiones sobredimensionadas que no justifican el nivel de autoridad con el que se difunden.
A partir de encuestas parciales o muestras pequeñas se construyen relatos que pretenden describir tendencias generales, cuando en realidad solo recogen experiencias concretas. Así, experiencias profundamente singulares terminan presentándose como si fueran realidades universales.
A esta tendencia se suma otra: prácticamente cualquiera se siente legitimado para hablar con autoridad sobre sexo. El hecho de tener una vida sexual parece bastar para muchos como fundamento para opinar sobre el fenómeno en su conjunto. Sin embargo, rara vez se recurre a los marcos conceptuales y al trabajo de quienes se dedican profesionalmente a la sexología, un campo que lleva décadas investigando y pensando estas cuestiones.
Las cifras agregadas nos ofrecen una apariencia de objetividad, pero dejan fuera algo esencial: la singularidad desde la que cada persona construye su forma de amar, ser y sentir. Cuando estas generalizaciones se convierten en relatos dominantes, muchas personas terminan sin verse reflejadas en ellos. Esto no significa negar el valor de la investigación científica ni de las mediciones. La sexología, de hecho, se nutre profundamente de ellas: buena parte de lo que hoy sabemos sobre la sexualidad humana proviene de estudios empíricos rigurosos. Investigaciones como las de William Masters y Virginia Johnson permitieron describir con precisión numerosos aspectos del funcionamiento fisiológico del placer, entre ellos elementos fundamentales del orgasmo femenino. Hablar de sexualidad desde la sexología implica, por tanto, apoyarse en evidencia científica y, por supuesto, en los procesos biográficos.
Las mediciones son necesarias porque nos ayudan a comprender fenómenos complejos. Las dificultades surgen cuando esos datos se usan para establecer normas sobre cómo se debe vivir. Las estadísticas pueden describir tendencias, pero no deberían dictar qué es bueno o malo, qué es correcto o incorrecto ni cómo deben ser nuestras relaciones. Sirven como mapas aproximados de lo general. La experiencia erótica, en cambio, se construye siempre en el territorio de lo particular.
Últimamente, algunos de esos datos sugieren que los jóvenes parecen estar cansados de tanto “sexo” en las pantallas. Esta discusión no es nueva. Desde hace tiempo existen críticas a la manera en que el sexo aparece representado en la cultura audiovisual. Muchas de esas representaciones han puesto en circulación modelos relacionales que pocas veces se ajustan a la realidad y que, en ocasiones, generan expectativas poco realistas. Algo parecido ocurre con el porno, que propone guiones y formas de encuentro que terminan funcionando como referencia para muchas personas, aunque no necesariamente correspondan con sus propias experiencias.
Sin embargo, la diversidad de esas imágenes o relatos no depende tanto de cada pieza concreta como de cómo funciona la industria audiovisual. Es esa estructura la que puede imponer estereotipos, normalizar ciertos modelos de deseo y determinar qué historias se ven y cuáles quedan fuera. Por eso es imprescindible avanzar hacia representaciones más diversas: en orientación, identidad, corporalidad, deseos y formas de relacionarse. Pero cuando se espera que la ficción cumpla una función pedagógica, se coloca sobre sus hombros una tarea que corresponde a la educación y al diálogo social.
A lo largo de la historia, modelos autoritarios ya disciplinaron las artes para que cumplieran una función social y política concreta. No podemos repetir ese error disfrazado de progreso: la ficción puede abrir horizontes, provocar reflexión y cuestionar normas, pero no debe convertirse en un manual de conducta sexual. Su valor está en ampliar nuestra imaginación de lo posible, no en dictar lo que tenemos que hacer.
En estos debates suele aparecer otra crítica: muchas representaciones del sexo no reflejan realmente cómo se viven esos encuentros. Ese reproche señala la distancia que a menudo existe entre la representación audiovisual y la experiencia vivida. Un encuentro erótico no es solo desnudarse y coitar. Y, sin embargo, eso es muchas veces lo que se muestra: cuerpos que se desnudan y un coito más o menos coreografiado. Esa reducción puede estar presente, pero resulta insuficiente para dar cuenta del encuentro. Un encuentro erótico desborda cualquier intento de fijación completa en una imagen: hay dimensiones afectivas, temporales y relacionales que exceden lo visible, incluso lo narrable.
Si toda representación es necesariamente parcial, entonces la cuestión no puede resolverse solo en el plano de las imágenes. Tal vez el problema esté mal planteado. No se trata de exigirle más al cine, sino de reconocer que una vida erótica más rica, y relaciones más plenas, pasan por otro lugar: la educación sexual. No como un conjunto de prescripciones, sino como un espacio de circulación de ideas y desde el que podemos ir configurando nuestra particular forma de ser, desear, percibir y relacionarnos.
Las imágenes que consumimos no solo influyen en lo que esperamos de los encuentros, sino también en aquello que aprendemos a considerar deseable. En este contexto cada vez más hay críticas hacia quienes sienten atracción por cuerpos muy estereotipados, “perfectos” o marcados por ciertos ideales: se plantea que desearlos implicaría cosificar a la persona y reducirla únicamente a su aspecto físico. Sin embargo, este argumento merece matices. El hecho de sentir deseo hacia ciertos cuerpos no implica necesariamente negar a la persona ni reducirla a su apariencia. Aunque no conviene olvidar que parte de nuestras inclinaciones y preferencias no surgen de la nada: muchas están mediadas por la construcción cultural.
El deseo muchas veces comienza precisamente en el cuerpo: en una mirada, en un gesto, en una forma de moverse o en una presencia física que nos atrae. Y no todos esos deseos implican un proyecto relacional. A veces deseamos a alguien sin querer establecer una relación más allá del propio encuentro. Y también está la fantasía, que nos desplaza hacia territorios insospechados, donde lo imaginado no busca realizarse, sino que encuentra su sentido en el propio despliegue de lo imposible.
En este punto, algunos discursos parten de una distinción discutible: tratan lo sexual como si pudiera entenderse separado de toda dimensión afectiva, como si designara únicamente lo genital o lo mecánico del encuentro. Sin embargo, esa separación no se sostiene. Lo sexual, en tanto relación con otro cuerpo, implica ya una forma de afectación: no es un ámbito aislado de lo que nos pasa con la otra persona. Incluso en los encuentros más fugaces, algo nos ocurre, algo nos afecta.
Cuando nos relacionamos eróticamente con alguien, ese encuentro nos expone y nos vuelve vulnerables en algún grado. No se trata de enamoramiento ni de la necesidad de una relación estable, pero sí de que los encuentros eróticos nunca son ajenos a lo que somos: dejan una huella que transforma la manera en que nos vivimos y nos comprendemos. Siempre en relación con otra persona, en ese “entre” donde el vínculo nos constituye y nos desplaza al mismo tiempo.
A partir de esta complejidad de lo vivido, no siempre fácil de reducir a categorías fijas, también se han construido distintos modos de hablar sobre la sexualidad. Devaluar el sentido del hecho sexual humano mediante la distinción entre lo afectivo y lo sexual arrastra una herencia cultural que durante mucho tiempo opuso el cuerpo y el alma, como si pertenecieran a órdenes distintos de la experiencia humana. Esta manera de escindir la experiencia no sólo describe, sino que también organiza ciertos modos de pensar y de normativizar el deseo.
Hoy también circulan mensajes que sugieren que una vida erótica plena debería incluir determinadas experiencias: abrir la relación, probar tríos, visitar clubes liberales, incorporar juguetes o experimentar constantemente nuevas prácticas. Estas propuestas pueden ser estimulantes para algunas personas y formar parte de su manera de vivir la erótica. Pero cuando empiezan a funcionar como expectativas sociales, también pueden convertirse en nuevas formas de norma.
El deseo necesita espacio, singularidad y una apertura a lo diverso entendido no como exigencia de novedad, sino la posibilidad de que cada encuentro conserve su carácter irrepetible
La norma no siempre dice “no hagas”. A veces dice “deberías estar haciendo esto” o “deberías estar haciendo más”. En ese sentido, la presión no solo surge en discursos conservadores limitantes. También puede surgir en discursos que, en nombre de la libertad o de la exploración, establecen nuevas pautas sobre cómo debería ser una vida erótica interesante, abierta o suficientemente moderna.
Y cuando el deseo empieza a vivirse como una obligación, aunque sea una obligación de experimentar, innovar o ampliar continuamente los límites, puede dejar de funcionar. Porque el deseo necesita justamente otra cosa: espacio, singularidad y una apertura a lo diverso entendido no como exigencia de novedad, sino la posibilidad de que cada encuentro conserve su carácter irrepetible.
Al final, la riqueza de la erótica no reside en los guiones que nos proponen ni en las normas que intentan ordenar el deseo. Está en algo mucho más simple y mucho más complejo a la vez: en el encuentro entre dos personas que, sin manual previo, van explorando qué puede surgir entre ellas.