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Un 'loop' de fin de semana otoñal por tierras sorianas para disfrutar de la bicicleta en modo 'bikepacking'

Castillo de Calatañazor desde el valle de la Sangre

Valeria H. Mardones / Bernard Datcharry

21 de septiembre de 2026 21:45 h

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Soria alberga entornos privilegiados para la bici. Cuesta seleccionar uno. Esta vez nos hemos inspirado en las rutas de Caminos de Frontera para trazar una aventura de dos días. Serán 126 kilómetros de paisajes sobrios, recorriendo grandes espacios abiertos al este de Soria. Viajaremos en el tiempo a través de hitos heredados de la época fronteriza. Llegaremos a pueblos diminutos tristemente despoblados y a lugares encantadores con mucha historia a sus espaldas. Rodaremos por el legendario valle de la Sangre, donde se dice que el caudillo árabe Almanzor perdió su tambor. En Tierra de Pinares, la vía verde del antiguo ferrocarril Santander-Mediterráneo y las pistas forestales conducen nuestro pedaleo hacia el cañón del río Lobos, colofón pétreo de esta ruta cicloturista.

Tramo El Burgo de Osma-Calatañazor: puebos de adobe y piedra

No hemos escogido la opción más fácil para dejar El Burgo de Osma. Podríamos haber rodado por carretera, pero el colorido otoñal de la ribera del río Abión llama más. Un sendero rodea el monte donde se asienta el castillo de El Burgo. La seguimos, pero en cuanto se pega al río se vuelve bastante accidentado.

Sendero del río Abión

Durante varios kilómetros la ruta juguetea con los campos de cereal, de girasol y andurriales pedregosos. Es época de abrojos, el enemigo de los ciclistas. Sueltan unos frutos pinchudos con púas en forma de tetraedro de tal manera que siempre queda una punta hacia arriba. Rodamos mirando donde pisan las ruedas, no vaya a ser que en cualquier momento oigamos el 'psssss' del aire escapando.

Fuente del Aguadero, Valdenebro

En los campos ya segados los corzos pastan en los rastrojos. Nos miran y se van. Entramos en Valdenebro por la calle Mayor que nos lleva directamente a la plaza del ayuntamiento. Se ve poca vida: una fuente vacía, algunos paneles con rutas para senderistas, una mini-playa veraniega y nada más. Bienvenidos a la España despoblada. 

Hoz de Valdenebro

La iglesia de Valdenebro domina el amplio valle del río Sequillo. Desde el alto alcanzamos a ver cómo nuestra ruta, una pista de arenilla blanquecina, se mete en un pinar y poco después se pierde en una hendidura pétrea. Una hoz pequeña, pero deliciosa. Es como el aperitivo de las que vendrán más adelante. En las aristas del roquedo, además de escaladores, adivinamos algunas buitreras.

Arquitectura tradicional de adobe en Boós

Subimos a Boós que nos sorprende con su arquitectura tradicional de adobe y piedra, los hermanos pobres del ladrillo. Muros de piedra en la planta baja y adobe de tonalidades ocres en la parte superior de las casas son los responsables de ese aspecto imperfecto, pero a la vez bello. Rioseco de Soria lucha a brazo partido contra la despoblación. Han acondicionado un campo de golf rural, musealizado la villa romana de Quintanares y pintado murales en el polideportivo. Y por si fuera poco, su hotel restaurante es ahora un referente en la gastronomía micológica.  

Bajada a Abioncillo de Catalañazor 

Un camino enmarcado entre chopos cabeceros acompaña al río Abión hasta Blacos. Aquí, la ruta pone su punto de subida. Las piernas protestan, pero en nada empieza la rápida bajada a Abioncillo. El pueblo, condenado a la desaparición, consiguió recuperarse al reconvertirse en pueblo-escuela. Tenemos la oportunidad de comprobarlo mientras descansamos en la plaza, un grupo de escolares irrumpe arrastrando sus maletas de urbanitas. 

Muralla y castillo de Calatañazor

El pueblo marca la entrada al valle de la Sangre. Enfilamos la única carreterita de acceso y desde la lejanía divisamos el torreón del castillo de Calatañazor. Poco después comprobamos que se asienta sobre un roquedo flanqueado por una potente muralla aferrada a la roca natural. Con esta orografía debió ser inexpugnable. Dicen que Calatañazor viene del árabe “qal`at an-nuhur”: castillo de las águilas. 

Encaramos despacio la rampa que sube al pueblo, la emblemática calle Real alfombrada con empedrado de cantos. Con cada paso es fácil darse cuenta de que en Calatañazor el tiempo dijo basta hace ya siglos. Nos hartamos de hacer fotos. De sus casas, de sus fachadas, sus ventanas y puertas y de los tejados coronados con el cucurucho de sus singulares chimeneas. Nos detenemos frente al busto de Almanzor, Al-Mansur, el victorioso en árabe. Fue el caudillo musulmán más temido de su tiempo. Según dicen la cascó en el valle de la Sangre. De ahí el popular dicho: “En Calatañazor, Almanzor perdió el tambor”. Pues ahora resulta que no, que Almanzor no fue derrotado ni en Calatañazor, ni perdió ninguna otra batalla, y menos su tambor, si es que alguna vez lo tuvo.

Castillo de Calatañazor desde el mirador de Los Castejones

Al atardecer subimos al mirador improvisado del yacimiento celtíbero en el cerro de Los Castejones. Las ruinas del castillo se recortan contra el cielo encendido y con la mirada perdida en el mítico valle de la Sangre nos preguntamos ¿habrá existido tal batalla? Nos gusta pensar que sí. 

Tramo Calatañazor-Cabrejas del Pinar: los secretos de la sierra de Cabrejas

Sabina milenaria del Sabinar de Calatañazor

Si Calatañazor nos deja maravillados, ahora le toca a la naturaleza tomar el relevo y lo hace de la mano de la sabina. Un árbol terco, un superhéroe capaz de sobrevivir en zonas con heladas contundentes y achicharrantes veranos. Los botánicos la consideran una especie relicta de la Era Terciaria que ha sabido adaptarse a los cambios climáticos. Al pie de la sabina milenaria del Sabinar el tiempo se abisma y sobrecoge. 

La Fuentona de Muriel

Antes de tomar la pista asfaltada que atraviesa la Sierra de Cabrejas nos acercamos a La Fuentona. Rodamos por un sendero acondicionado con pasarelas de madera y en poco más de un kilómetro vemos el enorme charco de aguas cristalinas. La Fuentona emerge como un ojo de iris color turquesa. En realidad, no es otra cosa que una surgencia kárstica, un manadero de agua que da vida a nuestro conocido río Abión. Lo que se ve es una lagunilla de dimensiones modestas, pero que bajo la superficie se ramifica en un sinfín de pasillos y grutas inundados y en gran parte aún inexplorados.

Mirador de El Mirón 

Tras los inevitables momentos de contemplación regresamos a la carretera. Tenemos tajo por delante, hay que subir al mirador de El Mirón. Una vez arriba atravesamos una altiplanicie cuajada de centenarias sabinas adehesadas de troncos crespos. Rodamos en las alturas, apenas hay cultivos sobre el suelo pobre y pedregoso. En la distancia se escuchan los ladridos de un perro, por lo de más el silencio es total. La mayoría de las tainas se han derrumbado y ya no dan cobijo a pastores y ovejas. 

Sima del Gato

A pie de carretera vemos la sima del Gato, un pozo vertical formado por la erosión de la caliza. El área de recreo del Molino de Ranero es el primer signo de civilización, le siguen huertos y frutales hasta que finalmente entramos en Cabrejas del Pinar. Es el primer pueblo de Tierra de Pinares. Sus aserraderos le dan vida. Desde las ruinas del castillo, la vista se abre sobre un mar de pinos.

Tramo Cabrejas del Pinar-Casarejos: pinares para dar y tomar

Hitos en el antiguo ferrocarril Santander-Mediterráneo 

Entre el agradable aroma a madera recién cortada que dejan las serrerías dejamos atrás Cabrejas en busca de la vía verde Santander-Mediterráneo. Durante más de 30 km rodaremos rodeados de la mayor extensión de pinar de la geografía española. Cubre prácticamente toda la provincia de Soria y el sureste de Burgos. No hay que hacer alarde de perspicacia para saber por qué a esta comarca la llaman Tierra de Pinares. A partir de la ermita de la Blanca nos sumergimos de lleno en el bosque y comenzamos a subir a los altos del Mojón Pardo. Eso sí con pendientes de ferrocarril, tal como señalan los hitos de cemento. Un entorno monotemático, sin grandilocuencias, sino pinar, pinar y más pinar y alguna estación medio en ruinas.

Escenario de la película 'Doctor Zhivago'

Estos paisajes debieron parecerle ideales al director de la película Doctor Zhivago para evocar la interminable estepa rusa. La mítica escena del encuentro entre el doctor y el tren blindado de Strélnikov se rodó precisamente en estos bosques. Hay paneles que cuentan detalles y anécdotas del rodaje.

En San Leonardo la ruta cambia de dirección, para meternos en el Pinar de Arriba, donde hadas, gnomos y otros seres fantásticos han recreado su hogar. Es el Bosque Mágico, una iniciativa vecinal. Pasen y vean. 

Tramo Casarejos-El Burgo de Osma: un balcón suspendido

Mirador de la Galiana 

La carretera SO-920 nos lleva directamente al mirador de la Galiana suspendido en un cortado a más de 150 metros. La estructura metálica avanza unos metros sobre el vacío y enseña de golpe la grieta monumental que es el cañón del río Lobos. Si a esto le añadimos buitres leonados planeando majestuosamente justo delante, la sensación de asistir a un espectáculo de sobresaliente está servida. 

Ermita de San Bartolomé en el cañón del río Lobos

Bajamos la famosa cuesta de la Galiana con sus cuatro revueltas cerradas. Las indicaciones al cañón del río Lobo nos llevan a la rotonda del paraíso, un entorno mágico que transmite algo especial. La magia del lugar gira en torno al meandro que forma el río y en cuyo epicentro se encuentra la ermita templaria de San Bartolomé. Las elevadas paredes calizas, con sus voladizos y cuevas colgadas al vacío incitan aún más a la contemplación.  

Catedral de El Burgo de Osma

Todavía falta la última sorpresa de la ruta, el tramo subterráneo de un acueducto romano pasado Ucero. Recorremos linterna en mano unos 100 m de esta obra de ingeniería. 

Las pistas de la ancha vega del Ucero nos devuelven a El Burgo y cuando entramos en la ciudad ya han iluminado la catedral. Así cerramos este viaje cicloturista por unas tierras que han conservado su misterio y nos han dejado la retina bien saciada.

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