Luis Landero: “El balcón en invierno es un acercamiento dulce y apacible al pasado"

Luis Landero hace memoria en "El balcón de invierno"

El último libro de Luis Landero (Alburquerque, 1948) se titula 'El balcón en invierno' (Tusquets) y es, según dice el propio escritor, un acercamiento dulce y apacible a su pasado. Esa magia de los días de la niñez se transmite desde cada línea al lector atrapado por el encantamiento de las palabras empleadas en la recuperación de la infancia del escritor, que es también el rescate del mundo rural extremeño desaparecido para siempre. Porque cuando el escritor recrea la belleza de los campos de su niñez ve también desplegarse ante sus ojos un paisaje hecho de historia, "es decir de tiempo y de dolor", como él mismo señala.

En 'El balcón en invierno', Luis Landero demuestra más que nunca su maestría con las palabras, esas palabras "malabares" cuyo manejo heredó de las historias que le contaba su abuela Frasca y que poblaron su infancia de fantasías.

Luis Landero fue Premio de la Crítica en 1989 con su primera novela 'Juegos de la edad tardía' y después ha escrito 'Caballeros de fortuna', 'El mágico aprendiz' y 'El guitarrista' entre otros libros. Él mismo fue guitarrista profesional y también profesor de literatura y en esta entrevista, contestada por teléfono, asegura que la actual emigración al extranjero de los jóvenes españoles es más triste que la que sufrió su familia porque aquella liberó a muchos extremeños de la semiesclavitud.

-En 'El balcón en invierno empieza redactando una novela y luego sigue tirando del hilo de su memoria personal. No sé si es que renuncia temporalmente a escribir novela o de repente le salió un libro de memorias y a él se dedicó.

-Es tal como lo cuento, ni más ni menos. Empecé a escribir una novela y de pronto me sentí desanimado ante la perspectiva de dedicar algunos años a una novela con la que no conectaba. Había como un cansancio pasajero. Volver otra vez, como Sísifo, a levantar la piedra de una novela me daba pereza de repente. Pensé que quizá no era esto lo que debía escribir, que debía escribir algo más sincero, más necesario, más esencial si se quiere. Comenzó a salir el pasado. Hace tiempo que yo llevaba rondando mentalmente el libro sin escribir y apareció de repente, pero yo pensaba escribir la novela.

-Supongo que ha sido un proceso doloroso porque cuando uno comienza a recordar no sólo le afecta a uno mismo, sino a la gente del entorno y usted habla de personajes muy cercanos como su hermana, su cuñado, su madre, su padre...

-No es doloroso, ¿por qué va a serlo? Mi cuñado murió, mi padre murió... Fue doloroso en el momento en que ocurrió y ha sido doloroso el recuerdo durante muchos años, pero a la hora de escribir el libro no he sentido más dolor que el que siento habitualmente por la pérdida de los seres queridos. No ha sido ninguna catarsis, no ha sido un parto doloroso ni mucho menos. Al revés, ha sido un acercamiento más bien dulce y apacible al pasado.

-Lo que queda claro leyéndole es que fue un niño feliz y eso merece ya la enhorabuena.

-¿Feliz yo? No necesariamente, con mi padre al lado era difícil. Él siempre quería que yo fuera el mejor; era muy exigente, siempre me recordaba mis obligaciones para el futuro. Me abrumaba demasiado con sus exigencias y con todos los proyectos que tenía sobre mí. Pero ha habido momentos de felicidad. Aparte que, pasados los años, la memoria excluye en general los momentos de infelicidad y deja los felices. Creo que a todo el mundo que le pregunten cual fue la época más feliz de su vida probablemente elegirá los veranos de su infancia.

-Uno de los personajes básicos de este libro, del que dice que nunca podría haber olvidado su nombre, es el del profesor que le da un canon para sus lecturas y se llama Gregorio Manuel Guerrero. Cuando una lee eso se acuerda de sopetón de su primer libro, 'Juegos de la edad tardía', donde el protagonista también se llamaba Gregorio. No sé si es casualidad o es un círculo que se cierra ahí.

-Pura casualidad, porque siempre creí que el profesor se llamaba Manuel. Cuando escribí mi primera novela no sabía que el profesor se llamaba Gregorio porque lo conocíamos como Manuel Guerrero. Cuando luego fue a verle, ya publicada la novela, él la había comprado y leído y entonces me enteré de que se llamaba Gregorio Manuel. En el Diccionario Histórico de la Real Academia hay un agradecimiento para él por su colaboración, ya que donó todo su archivo personal de lexicología que había hecho por puro amor al arte. Era un hombre extraordinario. Todos hemos tenido ¡y pobre del que no lo haya tenido! algún profesor extraordinario.

Campesinos analfabetos

-Su libro se ha visto como el gran relato sobre el mundo rural desaparecido, en el caso de Extremadura para transformarnos en lo que somos ahora aunque no sepamos muy bien lo que somos. ¿Pensó que podía ser interpretado así cuando lo escribía?

-Es que realmente ese mundo ha desparecido pero no en Extremadura, en toda Europa, en casi todo el mundo. Imagino que habrá lugares donde se mantenga la milenaria cultura campesina de tradición oral, pero será en alguna tribu amazónica. Esto ha desaparecido en todas partes. Todo se ha globalizado y se ha unificado toda la cultura. Y la cultura campesina vivía aislada en los campos, la gente vivía aislada. Los jóvenes de hoy no saben que en los cortijos la gente no iba a la escuela y eran casi analfabetos. Entonces, había una transmisión oral de la riquísima cultura campesina y todo eso ya no existe, es muy difícil encontrar algún Robinson. Queda muy poco y, lo poco que queda, no tardará en desaparecer.

-En el libro da cuenta de las penurias de la emigración pero también de sus ilusiones. Es su madre la que en un momento define la situación familiar diciéndole que "íbamos de peor a mejor".

-Efectivamente, es que hay que ver cómo se vivía en los pueblos de Extremadura y Andalucía en los años 50 y 60: Aquellos corros de hombres en la plaza esperando que los contrataran por cuatro perras; los jornaleros que trabajaban el campo de sol a sol por muy poco dinero y eran maltratados y mal vistos en general. Esa servidumbre de señoritos que había y que todos conocemos. En 'Los santos inocentes', película que por cierto se grabó en Alburquerque, está muy bien reflejado todo aquello. Por eso, la emigración tiene dos caras: Una es la del desarraigo y tener que decir adiós a seres y lugares queridos; pero, por otro lado, es la juventud que se pone en marcha por un futuro mejor y va hacia las ciudades para tener un sueldo y una vida dignos y que sus hijos mejoren. Todo eso es liberador, es luminoso también. A veces es un tópico decir que la emigración de aquellos años fue triste pero triste es quizá la de ahora, cuando jóvenes tan bien preparados tienen que salir de España para trabajar. La emigración de ahora es mucho más triste que aquella. Aquella fue una explosión liberadora de gente que vivía en semiesclavitud.

Tono íntimo

                                    

-¿Cómo encontró el tono para escribir el libro? porque usted explica que inventar y estructurar le resulta fácil pero que escribir ya es otro cantar.

-Fue muy sencillo porque antes de empezar a echar los ojos atrás, en el segundo capítulo, me había salido un tono muy sencillo, íntimo y sincero. Yo notaba que era algo auténtico. Pero eso es un misterio. Todos los escritores hablan de lo importante que es el tono pero nadie sabe explicar en qué consiste. Es cierto que cada historia requiere su tono, pero yo no sé explicar tampoco en qué consiste. Es la temperatura del discurso, la música de la sintaxis... son esas cosas que se saben pero que no se sabe explicar.

-Como narrador, en este libro le pasa a usted como a los personajes de sus novelas, que están definidos por el contraste entre las exageradas pretensiones que suelen tener y sus limitaciones. ¿No se ha sentido maltratado por usted mismo al sentir ese' afán' que atribuye a sus personajes?

-Nos pasa a casi todos. Uno piensa en los grandes mitos como la Torre de Babel, en Ícaro... y siempre son afanes imposibles, como llegar al cielo o llegar al sol. Una cosa es a lo que aspiramos y otra es lo que la vida nos da; una cosa es lo que queremos y otra es lo que podemos. De jóvenes soñamos mucho, a veces seguimos soñando toda la vida y, a veces, le pedimos a la vida más de lo que la vida puede darnos. Eso es una fuente de ilusión, ímpetu y vida, pero también de desencanto y hasta de frustración, pero eso forma parte de la condición humana. Es la cosa más vieja del mundo, aspirar a mucho y conseguir poco. No es justo lo que han hecho con nosotros los dioses o quienes nos hayan creado, porque somos inteligentes y tenemos concepto de la muerte, nos gustaría ser eternos o, por lo menos, vivir mucho tiempo y no envejecer y nos damos cuenta, de pronto, que nuestra condición humana es bastante mísera y absurda, que somos frágiles y que podemos enfermar y morirnos en cualquier momento. Además, vivimos poco tiempo para la cantidad de proyectos y sueños que tenemos; aunque no todo el mundo, porque hay gente que acepta las reglas del juego sin mayores problemas. Pero eso les da un carácter agridulce y melancólico a quienes no aceptamos las reglas del juego, que también somos muchos y que parece que, en última instancia, estamos condenados al fracaso.

Palabras que mueren

-En su libro hay palabras que ya no son de uso común como 'chinero', 'pellica' o 'farraguas'. ¿Le preocupa el empobrecimiento del lenguaje que parece ser estamos sufriendo por la comunicación con los nuevos métodos digitales?

-El chinero desaparece y esa palabra se pierde, aunque el chinero quizá podría haber continuado porque ahora hay alacenas acristaladas que podrían haberse seguido llamando chinero. Las palabras mueren y eso ha pasado en todas las épocas y todos los idiomas y no hay que llorarlas demasiado. Otra cosa es el empobrecimiento del lenguaje, sobre todo porque se ha creado un lenguaje estándar que es el mediático, el que hablan en la televisión, que es un lenguaje correcto pero sin sangre, con un bagaje léxico más bien pobre y, sobre todo, con falta de sintaxis, agilidad y autenticidad en las palabras. Antes de que los medios de comunicación unificaran el lenguaje como han hecho con la cultura y con tantas cosas, el lenguaje oral enriquecía el lenguaje escrito. Qué bien hablaban mi padre, mi padre y mi abuela; antes, la gente hablaba muy bien y también ahora en Latinoamérica vemos de vez en cuando campesinos que nos dejan con la boca abierta de lo bien que hablan, con propiedad, con gusto por el lenguaje que heredaron. Pero, ¿de qué se nutre ahora la gente? De un lenguaje estándar casi de whatsapp, de email, un lenguaje que es pobre y poco expresivo, sobre todo.

-A lo mejor se va a reír de esta pregunta, pero ¿de verdad mira a una violinista desde su ventana?¿Es tan voyeur?

-Han podado y desmochado la acacia que tengo delante y veo la ventana pero, cuando volvimos después del verano, la violinista justamente se había mudado. Dije: Voy a ver a la violinista, pero el piso estaba vacío, se ha cambiado. ¡Vaya, me he quedado sin violinista!

-¿Y de verdad invitó usted a bailar a Sarita Montiel en Moscú?

-No. En el libro explico que estuve a punto de hacerlo, pero no lo hice. A veces, en plan de coña, he contado a los amigos que sí. Pudo haber sido, estuvo a punto de ser verdad. Fue de esas veces en que la realidad y la ficción casi se tocan. ¡Estuvo a punto de... pero...!, pues pongamos el añadido imaginario y demos un pasito más. Bueno, es verosímil; no es verdadero pero sí es verosimil y todas las piezas estaban allí reunidas para que eso hubiera podido suceder.

Libros-fantasma

-En el libro hay muchos datos interesantes sobre su vida personal. Por ejemplo, habla de su biblioteca y dice que tiene entre 4.000 y 5.000 libros. ¿Si le pregunto si los ha leído todos seguro que me dice que no, que ha leído más aún?

-No, no, no. No los he leído todos, en absoluto y hay muchos que no leeré. He ojeado algunos y otros ni siquiera los he abierto, pero eso pasa en casi todas las bibliotecas grandes. Nadie sabe lo que tiene en su biblioteca ni ha leído todos los libros que tiene en ella, salvo cuando era adolescente y tenía veinte libros y no sólo los había leído, sino que los había releído, subrayado y me sabía fragmentos de memoria. Son una buena compañía, aunque sean una compañía de fantasmas porque algunos de esos libros no van a ser abiertos nunca.

-¿Le han llegado datos de la reacción que haya causado su libro en Alburquerque?, porque supongo que allí también ha emocionado a mucha gente.

-Pues no lo sé, salvo algún amigo de allí que me ha dicho que le ha gustado.

-Sin embargo tiene buena relación con el pueblo, suele venir...

-De hecho voy a presentar el libro a fin de mes porque me lo han pedido.

-El pueblo le reconoce. En el instituto hay un concurso de relatos que lleva su nombre.

-Además, que este año se cumplen 25 años desde su comienzo, donde estuvo Ángel Campos, que era un gran agitador cultural y entonces era profesor allí y lo promovió, con Macías también y otros tantos. ¿Qué no fundaría Ángel, dios mío?

-Cosas como ésta ¿le hacen sentirse profeta en su tierra?

-Me da un poco de corte todo esto, como el hecho de que hayan puesto mi nombre a la Casa de la Cultura. Lo llevo con timidez. Es un poco... no sé cómo explicarlo... Me da un poco de corte.

De la crítica literaria

-¿Cómo selecciona los libros que lee? ¿Por la novedad, por compromiso con otros escritores?

-No, no, compromisos poquitos, yo ya no estoy en edad... Antes era más fácil porque los suplementos literarios de los periódicos eran más independientes y había críticos de referencia, que ahora son menos, si los hay. También te orientabas a través de los libreros, de los que todavía quedan algunos muy buenos, pero son menos. Antes había libreros que se sabían tus gustos y te recomendaban libros cuando ibas a la librería. Y también estaban los amigos. Ahora es más difícil orientarse a pesar de que hay más informaciones. Yo no me fío demasiado de las críticas de los periódicos porque hay demasiados intereses y antojos. Los libreros ya casi no leen y pueden estar en la librería o en Cortefiel. De manera que uno se entera aquí y allí, a través de un crítico que te ofrece garantías o de algún amigo. Me da la sensación de que me estoy perdiendo buenos libros que se están publicando por falta de una orientación e información fiables y lo digo yo, que al fin y al cabo soy un profesional de esto.

-¡Con que qué será el lector normal!

-Exactamente.

Muertos cercanos y lejanos

-En los años en que estudiaba, la formación era muy francófona... recuerdo que se estudiaba francés...

-¡Ah, creía que lo decías por Franco!

 

-¡No, lo decía por Francia! No sé si eso le ha podido aproximar más a lo que ha pasado estos días en Francia, con el ataque a Charlie Hebdo y con la reacción que se ha suscitado en defensa de la libertad de expresión.

-Yo viví allí cuando acabé la carrera. Lo cuento en 'El guitarrista'. París es una ciudad que me gusta mucho, además yo leía Charlie Hebdo y Le Canard Enchaîné. Pero no hace falta haber estado en París y ser francófono para sentirse espantado, indignado y alerta con lo ocurrido. Y lloroso, además, porque es una cosa que da una pena enorme. Son muertos muy cercanos y si uno realmente tuviera que llorar todos los muertos que hay en el mundo... como los de BokoHaram... A estos muertos no los lloramos porque no aparecen en la televisión, no sabemos nada de ellos, nos son lejanos y casi ajenos, ¿no? Es una pena que nos sean ajenos. Tanta globalización y al fin y al cabo luego lloramos los muertos de aquí, pero no lloramos suficientemente a los quinientos niños palestinos que murieron no hace mucho en los bombardeos de Israel.

-Es que de BokoHaram no tenemos imágenes y de París hemos tenido muchas.

-Es que son vecinos nuestros. Cuando se te muere un vecino al que tratas, te sientes más afectado. Eso es así y es imposible hacerse cargo de toda la crueldad y el horror que existe en este mundo.

Etiquetas
Publicado el
17 de enero de 2015 - 23:25 h

Descubre nuestras apps

stats