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Remedios Zafra en Mérida: “Otro futuro es posible si recuperamos la cultura, el pensamiento crítico y lo colectivo frente a la hiperproductividad”

Zafra, atendiendo las preguntas de un alumno, después de la charla

Sandra Moreno Quintanilla

26 de febrero de 2026 12:44 h

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La ensayista e investigadora Remedios Zafra ha defendido en Mérida que leer y escribir siguen siendo actos profundamente humanos en un contexto dominado por la productividad constante, la burocracia digital y la mediación tecnológica. Invitada por el Asociación de Escritoras y Escritores de Extremadura dentro del Aula Literaria Jesús Delgado Valhondo, la autora llamó a reconstruir comunidad y esperanza desde la cultura y la conciencia crítica.

En una de las sesiones más multitudinarias del ciclo de Aulas Literarias de Extremadura con la presencia de Remedios Zafra, una de las voces más influyentes del pensamiento crítico contemporáneo, doctora en Bellas Artes, investigadora del CSIC y Premio Nacional de Ensayo, Zafra ha dialogado con alumnado y profesorado sobre el malestar que atraviesa el trabajo intelectual en la era digital y sobre la posibilidad, todavía abierta, de construir un futuro distinto.

La presión de los tiempos modernos

Zafra partió de una constatación compartida por el alumnado: “Vivimos bajo una presión constante que apenas nos deja tiempo para vivir”. La exigencia de productividad atraviesa el estudio, el trabajo y también el ocio. Todo parece medirse en términos de rendimiento.

Frente a esa lógica, defendió el valor del proceso. En un momento en que la inteligencia artificial puede escribir poemas, generar imágenes o resumir textos en segundos, la autora planteó una pregunta incómoda: ¿qué perdemos cuando vamos directamente al resultado?

“El trabajo es el proceso”, sostuvo. El placer de hacer, de equivocarse, de repensar lo escrito forma parte de lo que nos constituye como sujetos. Saltarse ese recorrido implica empobrecer la experiencia. Leer y escribir no son meros instrumentos para producir contenidos: son herramientas para comprendernos mejor y comprender a los demás.

La alegría de la conciencia

Uno de los ejes centrales de su intervención ha sido la idea de que toda conciencia comienza con una incomodidad. “La alegría de la conciencia nace de un malestar bueno”, explicó. Pensar por cuenta propia no es complaciente: exige preguntarse quiénes somos y qué podemos ser.

La identidad, recordó, no es abstracta. Está atravesada por el lugar donde nacemos, el color de piel, el género, la orientación sexual, la clase social o la ideología. “La sociedad hace cosas con nosotros, pero también nosotros hacemos cosas con eso”. Esa tensión entre determinación y agencia es el espacio del pensamiento crítico.

En un mundo donde basta un botón para eliminar lo que incomoda o maximizar lo que produce placer inmediato, reivindicó la lectura que perturba, la que obliga a hacerse preguntas. Pensar requiere tiempo. Incluso asumir que uno es “lento pensando” puede convertirse en una forma de resistencia frente a la cultura de la inmediatez y la pose.

Redes, adicción y polarización

Zafra recordó cómo, en sus inicios, internet fue recibido como una promesa de democratización del conocimiento y ampliación de vínculos. Sin embargo, con la expansión de las redes sociales a partir de los años 2000, esa promesa se vio acompañada de dinámicas de adicción, polarización y simplificación de las relaciones.

Las plataformas favorecen la unión con personas muy similares y la confrontación con quienes se perciben como radicalmente distintos. Esa lógica alimenta la deshumanización del otro y la construcción de burbujas homogéneas.

Además, alertó sobre una ciudadanía cada vez más mediada por tecnología. “Somos leídos por máquinas”, señaló, pero también por personas sometidas a condiciones laborales tan precarias que actúan casi como si lo fueran. En ese contexto, el deseo de “hablar con un humano” cuando gestionamos un problema cotidiano no es anecdótico: expresa una necesidad profunda de empatía.

Utilizó para ilustrar su discurso una potente metáfora clásica, la de los “animales de ojos duros y secos”, aquellos que no tienen párpados y ven todo el tiempo. Sin párpado no hay descanso, ni sueño, ni reelaboración de lo vivido. La exposición permanente en redes dificulta precisamente ese cierre necesario para pensar y descansar.

El poder de las palabras

La autora subrayó también la importancia del lenguaje en la configuración de imaginarios. Los cambios de denominación en determinadas titulaciones técnicas, explicó, han tenido efectos medibles en la presencia femenina en esos estudios. Las palabras no son neutras, orientan expectativas, abren o cierran horizontes.

Lo mismo sucede en ámbitos tradicionalmente feminizados cuando determinadas etiquetas generan desplazamientos simbólicos. “¿Qué importa una palabra?”, planteó. Importa porque construye mundo.

¿Qué está en juego?

En uno de los momentos más intensos, Zafra formuló una serie de preguntas abiertas: si el trabajo creativo se rinde ante la hiperproductividad obediente, ¿quién recordará a las personas que son personas? ¿Quién escribirá los poemas, los libros, las obras capaces de romper la coraza de un espíritu endurecido por fuerzas deshumanizadoras? ¿Quién educará con pasión?

Lejos de un discurso apocalíptico, defendió que la esperanza no puede desligarse del futuro. Hoy, dijo, el futuro parece haberse separado de la idea de esperanza, generando resignación. Recuperar esa vinculación pasa necesariamente por reconstruir lo colectivo.

Cultura como costura comunitaria

Para Zafra, la cultura es un instrumento de “costura comunitaria”. Clubes de lectura, asociaciones vecinales, teatro, encuentros literarios o actividades en barrios crean espacios materiales de diálogo y escucha real. Son lugares donde no se pospone indefinidamente la conversación, sino donde se produce.

Planteó tres ejes como base de transformación: conciencia, alianza e imaginación. La conciencia que duele y no se resigna; la alianza que convierte esa conciencia en comunidad; y la imaginación que permite proyectar alternativas sin repetir errores del pasado.

Lejos del victimismo, propuso vincular emociones positivas al pensamiento crítico, al estudio y al compromiso ético. “No somos tristes”, afirmó, “la alegría de la conciencia puede ser un desencadenante”.

En un contexto de agotamiento social y saturación tecnológica, su mensaje resonó con fuerza entre el alumnado: otro futuro es posible. Pero no llegará solo. Requiere tiempo, cultura y comunidad.

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