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Juan Diego Botto y Nur Levi ensalzan la poesía y la memoria para “tender un puente entre el horror y la esperanza”

Javier Zurro

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Es una pregunta que esconde algo de utopía, una mirada casi naif, pero es inevitable hacerla siempre, ¿para qué sirve el arte?, ¿sirve de algo una película o una canción?, ¿puede cambiar el mundo un poema? En estos tiempos cínicos, de contenidos hechos con algoritmo, en estos tiempos donde solo se valora el entretenimiento vacío, donde la libertad se asocia a cervezas en una terraza, solo queda la esperanza. Porque el optimismo es progresista, y ahora esa esperanza pasa por creer que sí, que lo que se crea con las entrañas vale para algo, para cambiar una mente, una idea o, por qué no, el mundo.

Lo creen a pie juntillas Juan Diego Botto y Nur Levi, intérpretes, hermanos y, por encima de ello, dos personas comprometidas con el mundo que les rodea. Comprometidas con un arte que valga para algo más que para sacar una sonrisa. Lo demostraron en el Festival de las Ideas y la Cultura de elDiario.es con Y una mañana todo estaba ardiendo, un espectáculo poético musical que ensalzó la poesía y la memoria como armas cargadas de futuro, como dejó dicho Gabriel Celaya. Herramientas para poner la lupa en las guerras que nos han asolado. 

Ellos dos, junto a la música interpretada en directo por Alejandro Pelayo, demostraron que no hace falta más que un piano y dos atriles para convencernos del poder de esa palabra. Un espectáculo desnudo y a pelo que toma el nombre de un verso del poema de Pablo Neruda Explico algunas cosas, como explicó Botto al comienzo. Un poema que Neruda escribió durante los bombardeos a Madrid en la Guerra Civil, los “primeros bombardeos planificados de un ejército sobre población civil”.

“Esta jornada poética quiere fijarse en eso, en la guerra. En estos tiempos en los que la guerra ha vuelto y vemos imágenes todos los días de un genocidio en Gaza pensamos que la palabra es importante. No solo para describir el horror, sino como instrumento de denuncia, como posibilidad ineludible de llegar a acuerdos, pactos y treguas. Como puente entre el horror y la esperanza”, dijo Botto levantando la primera de las muchas ovaciones que llegarían en este repaso poético que comenzó en la Guerra Civil española pasando por la Primera Guerra Mundial hasta llegar a Gaza. 

Nur Levi volvió a hacer hincapié en la importancia de la palabra, porque estos “poetas pusieron palabras al dolor para que no caiga en el olvido”. “Poesía pare recordar, para empatizar, para sanar, para ponerse en el lugar de la víctima. Poetas que nos hablaron de nuestra propia guerra. La guerra que el fascismo levantó en esta tierra y provocó 40 años e dictadura”, añadió y avanzó algunos de los nombres que sonarían a continuación. Los de Miguel Hernández, Lorca o Gloria Fuertes se mezclaron con los de Rafeef Ziadah o Suheir Hammad. Juan Diego Botto, que la semana que viene estrenará en Madrid la obra de teatro sobre la migración que ha escrito, 14.4, comenzó, como no podía ser de otra forma, con el poema que daba nombre a este espectáculo.

Y una mañana todo estaba ardiendo

y una mañana las hogueras 

salían de la tierra 

devorando seres, 

y desde entonces fuego, 

pólvora desde entonces, 

y desde entonces sangre

Un viaje poético por la memoria

En este breve recorrido por la memoria a través de la poesía, los versos de Neruda abrieron el acto para rápidamente entrelazarse con los de Vicente Aleixandre en Oda a los niños de Madrid muertos por la metralla.

¿Quién vio, quién vio un bracito

salir roto en la noche

con luz de sangre o estrella apuñalada?

¿Quién vio la sangre niña

en mil gotas gritando:

¡crimen, crimen!,

alzada hasta los cielos

como un puñito inmenso, clamoroso?

En estos tiempos en los que la guerra ha vuelto y vemos imágenes todos los días de un Genocido en Gaza pensamos que la palabra es importante

Juan Diego Botto Actor

O con el contundente final de Es difícil ser feliz una tarde, de Gloria fuertes:

Aquello era un cementerio

con muertos al aire libre.

Un cementerio sin tumbas, sin cruces…

También se recitaron poemas de Marcos Ana, el preso político que más tiempo tuvo el franquismo en una cárcel; del superviviente del holocausto Primo Levi; de la polaca Wislawa Szymborska y de las mujeres palestinas que están dando voz al genocidio que sufre su pueblo. “En Gaza, se cuentan los muertos por millares, y nueve meses después el bombardeo sigue sonando. Una destrucción que no ha respetado ni a hospitales, ambulancias, mezquitas o refugios de naciones unidas”, recordó Botto en uno de los pocos parones para dirigirse al público y donde subrayó que “Palestina ha sentido el silencio del norte global”. Pero ante ese silencio, “la poesía ha buscado trasladar el sentir de su población a quien estuviera dispuesta”. “La poesía palestina es una larga historia porque la ocupación es larga. Nada empezó ayer”.

Se leyó Las tonalidades de la ira, donde Rafeef Ziadah, poeta en la diáspora, se abre en canal:

¿Escucharon gritar a mi hermana ayer,

mientras paría en un checkpoint

con soldados israelíes buscando entre sus piernas

la próxima amenaza demográfica?

llamó a su hija nacida, Jenin.

Y por supuesto, Lorca, el poeta asesinado por el franquismo por “rojo y maricón” y del que leyeron dos obras. La primera, La balada de la gran guerra, donde describió “en conjunto el dolor, la soledad, y la apabullante destrucción que la guerra deja en los corazones de la gente”. Y se terminó con él, con su Grito hacia Roma que “critica a las jerarquías militares fascistas y a la iglesia sumisa frente a ellas”. Un poema que, para Juan Diego Botto, contiene “una critica a lo más despiadado del capitalismo y que tiene cuatro versos finales que son por sí solos un programa político de gran calado”:

Porque queremos el pan nuestro de cada día,

flor de aliso y perenne ternura desgranada,

porque queremos que se cumpla la voluntad de la Tierra

que da sus frutos para todos.

Como los buenos conciertos, y aunque el teatro no lo permite esta noche no había normas, Alejandro Pelayo, Nur Levi y Botto se permitieron un bis para recitar el Camaradas de Walt Whitman. Un poema que no habla sobre la guerra, pero que tiende un puente con el presente y lo hace mirándolo de forma menos amarga. Quisieron acabar dejando claro que “el arte ha sido el vehículo que ha impulsado esa voluntad de libertad y diversidad”, y hacerlo en las palabras de un poeta al que quisieron censurar por homosexual, y cuya voz tiene que ser escuchada en un momento donde “todavía hoy hay gente que no quiere que la diversidad llegue al colegio o a sus hijos”.

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