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El miedo a Feijóo

Alberto Núñez Feijóo en uno de sus últimos actos como presidente de la Xunta.

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Alarma en la izquierda estatal: las encuestas predicen la victoria electoral de Alberto Núñez Feijóo. Leo aquí y allá análisis sobre su figura, artículos señalando la preocupación del Ejecutivo, ataques cruzados, recomendaciones a seguir, técnicas de emergencia. Inmediatamente en mi cabeza suena el tema principal de la BSO de Cazafantasmas, debe ser estrés postraumático. Qué difícil combatir a un ser de ficción, a alguien que no existe.

Durante 13 años y 26 días, Feijóo fue el presidente de Galicia, mi presidente. Todo lo que dura una adolescencia, los años de la carrera, dos másteres, dos puestos de trabajo, una oposición. Supongo que incluso habrá quien, a lo largo de tantos años, haya tenido hijos, comprado una casa, enterrado a un perro, varios hámsteres… Es comprensible entonces que, en Galicia, todavía ahora, haya gente que se equivoca al hablar en los bares, en la cocina de casa frente al televisor, en un grupo de WhatsApp y diga: “Eso es culpa de Feijóo” o “A ver qué hace Feijóo”. Su espíritu está todavía entre nosotros. Cuando sucede alguno de esos lapsus lingüísticos, yo pienso en mi abuela, que llama Castromil al autobús de línea, sea cual sea la compañía de autobuses, aunque Castromil desapareciese ya hace décadas. Lo mismo le pasa a mi madre. También descubrí, cuando vivía en el sur, en Cangas, en la ría de Vigo, que cualquier periódico en papel era el Faro y que todas las salsas de tomate, independientemente de su sabor, se llaman Solís.

Feijóo no es consistente, ni inconsistente. Feijóo simplemente no existe y por eso sobrevive y acaba adaptándose tan bien. Por eso miente con facilidad y adopta este o aquel discurso, más o menos moderado. Por eso sobrevivió en Galicia año tras año a las olas de incendios, a los recortes en sanidad, al etnocidio cultural y lingüístico, al accidente del Alvia… Esa es la conclusión a la que he llegado como parte de la generación que se crio bajo su mandato. Feijóo es una careta, un producto inventado. Si mañana nos dijesen que Alfonso Rueda –el actual presidente de la Xunta– pasa a llamarse Feijóo, la sorpresa duraría escasos minutos y nos acomodaríamos al nuevo rostro de la marca sin oponer demasiada resistencia. Es más, uno de los principales problemas de que Feijóo se siga llamando Feijóo y de que se haya ido a hacer las Españas es que ahora, en Galicia, nos gobierna un señor al que los medios de comunicación le pixelan la cara.

El actual líder de la oposición ha pasado de ser marca Gadis a Hacendado. En las elecciones autonómicas de 2020 su slogan rezaba: Galicia, Galicia, Galicia. Así, tres veces. Sin nada más. No es broma. Por entonces fueron muchas las críticas al vacío de discurso que presidía la campaña. Después, hubo quien rápidamente se percató de que aquello era un ejercicio de homonimia: Galicia = Feijóo. Yo, personalmente, solo era capaz de imaginarme a un actor, antes de salir a escena, repitiéndose delante del espejo: Galicia, Galicia, Galicia. O: Feijóo, Feijóo, Feijóo. Aprovecho también para recordar que, en aquella misma campaña, las siglas del Partido Popular aparecían casi escondidas con vergüenza en la cartelería. ¿Acabará por suceder lo mismo en su próxima tournée española?

Comprendo el miedo de la izquierda en este país. Entiendo lo difícil que es acabar con un fantasma. El consejo de ministras desmiente sus declaraciones día sí y día también: sus críticas al plan energético, sus ataques a los datos sobre la inflación… Si mirasen con perspectiva a sus 13 años en Galicia, creo yo, verían claro que ese contraste de información no es el camino. A Feijóo, a la criatura Feijóo, no le importa la verdad. Es necesario ir más allá. De niño, mi parte favorita en los dibujos de Scooby-Doo era el momento en que al falso monstruo le arrancaban la máscara. Había en ello una mezcla de vértigo e intriga y, casi inmediatamente, cierta decepción: “¡Vaya, hombre! ¡Así que era solo él todo este tiempo!”. Quién sabe, a lo mejor, si le quitásemos la careta a Feijóo, solo encontraríamos a un chico aspirante a actor de Os Peares que se enamoró de un narco.

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