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El 'Corazón Galego' de Esperanza Aguirre: un formato blanco (o blanqueador) en el prime time de la TVG

Esperanza Aguirre (en el medio) se prueba el traje tradicional gallego en un fotograma de 'Corazón Galego'. Sobre su pecho lleva un sapo

Luís Pardo

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“Que me ha dado un biquiño, ¿qué será un biquiño?”. Esperanza Aguirre acaba de recibir la llamada de Silvia Jato. La exmiss y presentadora tiene una misión, como los Blues Brothers, aunque la suya no es de Dios sino de la TVG: “Traer a gente de fuera de Galicia y que, cuando salga, lleve un corazón galego”. Así es como se titula la secuela de A miña gran cidade, un programa en el que un celebridad local trataba de convencer a un famoso de que se quedase a vivir en su ciudad. De aquel experimento surgió este spin off en el que, ante los escasos empadronamientos, el objetivo, más modesto, se rebaja a empapar de galeguidade al invitado. Tras Bertín Osborne, Terelu Campos, Boris Izaguirre y Jesulín de Ubrique –sí, está vivo– el primer repoker se completaba con Aguirre.

“Esperanza Aguirre”, arranca con tono de Carrusel Deportivo la voz en off que, sobre imágenes de archivo, nos presenta a “una de las figuras políticas más reconocibles de la España reciente”. Tras enumerar sus cargos –y su origen aristocrático– habla de una trayectoria pública “tan larga como intensa” en la que protagonizó episodios tan mediáticos como el accidente del helicóptero en el que también volaba Mariano Rajoy, los atentados de Bombay e incluso “un sonado desacuerdo con un agente de policía por una infracción de tráfico”. Si tenemos en cuenta que lo que sucedió fue que Aguirre, mal aparcada, desoyó las indicaciones y se dio a la fuga, arrollando la moto del agente, es fácil suponer que, si TVG quisiese ponerle un corazón –aunque fuese galego–, a Hitler, nos lo presentase como alguien que vivió “un sonado desacuerdo con el gobierno de Polonia sobre la soberanía del país”.

El programa, de tono tan blanco –o blanqueador– que casi carece de trama, sumerge a Aguirre en la comarca ourensana do Ribeiro: empieza con un recorrido por la capital, Ribadavia. Cuando aparece el Camino de Santiago, ella recuerda una anécdota de su marido, que lo hizo en 22 días desde Roncesvalles. Una noche, estaba tan cansado que, cuando llegó al albergue, “sacó a uno de la cama y se metió en la cama caliente”, contó entre risas. Faltó el off para explicar que se trataba de otro desacuerdo.

Durante el paseo, la condesa, pese a estar acompañada por un equipo profesional de televisión, lamenta reiteradamente no tener un móvil para fotografiar las numerosas “casonas” medievales. Se ve que le tira la curiosidad aristocrática y el historiador local le explica que en Ribadavia había mucha riqueza porque el vino daba “moitos cartos”. “Eso es pasta, ¿no?”, pregunta en varias ocasiones, para asegurarse.

Los falsos amigos dejan el primer momento explotado en redes por TVG, con su obsesión por los chistes rijosos, como cuando otro Corazón Galego, Bertín Osborne, se ofreció a embarazar él mismo a las mujeres que practicaban el ritual de fertilidad de A Lanzada. Cuando a Aguirre le explican que en Ribadavia la religión adora el “polbo á feira”, a ella –que poco después presumirá de liberal– sólo le falta santiguarse. Rápidamente le aclaran que se trata de ese sabroso octópodo que ningún juego de mesa acepta como animal de compañía. Será por cosas como esa que el historiador, Antonio, el único que no le dará la máxima puntuación en todo el programa, valora su inmersión con un tres sobre cinco. “Bueno, ella lo intentó. Ahí estuvo, manteniendo el tipo”.

Durante la comida, menu degustación en horario madrileño –las tres de la tarde–, Aguirre se reconoce como “radical, porque voy a la raíz”, aunque “como buena liberal, si me demuestran que estoy equivocada, no tengo ningún inconveniente en reconocerlo y pasarme a la doctrina contraria”. Por algún motivo, mientras devoraba las fabas de Lourenzá, sonaba como fondo la banda sonora de Parque Jurásico. Y eso que las habas no parecían tan grandes.

Como tercera “experiencia”, la expresidenta madrileña, probó el traje tradicional. Hasta ahora, sólo se había atrevido con el de chulapa, pero en el obradoiro de Mercedes, se atrevió. Aquí, el programa, que no pisó ni uno de los múltiples charcos en la trayectoria de Aguirre –ni el tamayazo que la llevó al poder de la comunidad, ni la cantidad de subordinados suyos que se las tuvieron que ver con la justicia– perdió una oportunidad fantástica de hacerlo. Fue en el momento en el que le colocaron el sapo, el collar con una joya –que recuerda vagamente al batracio– que las madres regalaban a sus hijas con la llegada del primer nieto.

En 2016, cuando la corrupción rodeaba al PP de Madrid, Aguirre tronaba en la asamblea: “Debo haber nombrado a unos 500 cargos en mis 33 años de vida política. Me han salido rana solo dos”. Hoy son ya, al menos, dos docenas. Por eso, quizá, insistía en que la alhaja –ahí posproducción decidió introducir un sonoro “croac”– “no tenía ninguna pinta de sapo”. Le faltaría el traje. O la gomina.

Tras superar por los pelos sus últimos tests, Aguirre cerró el primer programa con un 24/30 en galeguidade. “Lo ha bordado”, insistió la voz en off, inasequible al desaliento. Un momento... ¿primer programa? Sí, porque cada Corazón Galego tiene dos entregas. En la siguiente –que se promete durísima e igual de apasionante que la primera– le esperan un balneario, un peeling y los cantos de taberna. En el avance, Silvia Jato no oculta su sorpresa porque Esperanza se conozca la letra de A Rianxeira. Se ve que no ha estado muy pendiente de los últimos congresos del PP de Feijóo, el gallego que llegó a liderar el partido tras un sonado desacuerdo entre Ayuso y Casado.

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