Madrid, chica Almodóvar: paseo por la exposición sobre una ciudad de cine popular, inconsciente y mutante

Dos personas contemplan el fotograma de 'La ley del deseo' en el que Carmen Maura se dirige a un barrendero para decirle "¡riégueme!", escena grabada junto a la fachada de Condeduque (escenario de la exposición 'Madrid, chica Almodóvar').

Guillermo Hormigo

Centro de Cultura Contemporánea Condeduque, Madrid —

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“He querido que Madrid sea el recipiente de todas las historias que forman el carrusel de pasiones de La ley del deseo. En verano, Madrid cambia de piel, regenera su vieja superficie. Durante el rodaje era difícil evitar los andamios y las grandes lonas de plástico cubriendo calles enteras. Lejos de huir de esta apariencia maltrecha, la he integrado y aprovechado para la película”. Así explicaba Pedro Almodóvar el papel preponderante de la capital en una las películas más importantes de su carrera, la primera financiada por su productora, El Deseo. Hablaba de un lugar en continua transformación, que aprovecha el periodo estival para reformarse. Un cambio constante, como el de la mirada del propio director y su relación con la ciudad.

Ahora una exposición se aproxima a esta simbiosis bajo el título Madrid, chica Almodóvar. Abierta al público de manera gratuita desde este martes 11 de junio y hasta el 20 de octubre, la muestra se encuentra en la sala de exposiciones principal del Centro de Cultura Contemporánea Condeduque. Un escenario con un pasado ya almodovariano, ya que junto a su fachada Carmen Maura protagonizaba el momento más recordado de, precisamente, La ley del deseo: ese en el que pedía a un barrendero que le lanzase agua con su manguera para combatir el calor del verano madrileño. Un “¡riégueme!” que era pura liberación.

La correspondiente a este momento es una de las más de 200 fotografías que componen la exposición, salidas de sus 22 largometrajes estrenados hasta la fecha (ya ultima el próximo) y su cortometraje La voz humana (2020). A este material gráfico, cedido por El Deseo y seleccionado por el comisario Pedro Sánchez Castrejón (autor de Todo sobre mi Madrid. Un paseo por el Madrid de Almodóvar  y responsable de diversas actividades o planos turísticos cinematográficos), se suma medio centenar de piezas originales entre las que se encuentran los forillos del skyline que fueron utilizados en Mujeres al borde de un ataque de nervios (1988).

Además, la colección municipal cede el mítico cartel para el concierto de Almodóvar & MacNamara y Dinarama + Alaska en la Sala Rock-Ola celebrado en 1983, custodiado en el Museo de Arte Contemporáneo. Los visitantes podrán contemplar asimismo una serie de publicaciones periódicas de la Hemeroteca, como el artículo de El País Crónica de un adiós, con el que Almodóvar despidió a su amigo Carlos Berlanga después de la muerte del cantante en 2002. La muestra se completa con el plano de la ruta El Madrid de Almodóvar, con 200 localizaciones de escenarios de rodaje, y con un curioso panel que refleja el porcentaje de metraje ambientado en Madrid en cada uno de sus largos.

“Al igual que la escena de Marilyn y la falda en La tentación vive arriba (1955), el momento mítico de la manguera que riega a Carmen Maura en La ley del deseo ha quedado en el subconsciente colectivo”. Esta de la escritora Susan Sontag es una de las pocas citas que del espacio que no pertenecen al propio Almodóvar. Toda la sala está llena de reflexiones que contextualizan y completan las imágenes, incluso que las reinterpretan por completo.

Un Madrid filmado, pero también pensado

Una de las más significativas acompaña al panel dedicado a Entre tinieblas (1983), que también recoge un curioso paralelismo entre Almodóvar y Antonio López retratando el paisaje madrileño desde Torres Blancas. Después del derroche expresivo en Pepi, Luci, Bom y otras chicas del montón (1980) y Laberinto de pasiones (1982), la autoconsciencia a su alrededor le hace dudar sobre la nueva situación de Madrid y su Movida en una intuición convertida en presagio.

Así, en su Autoentrevista de 1984 dice: “Está ocurriendo algo muy peligroso, Madrid está tomando conciencia de sí misma. Está perdiendo una de sus principales características. Los que vivimos en esta ciudad nunca hemos tenido raíces, no existía un sentimiento local, como por ejemplo en Barcelona. Uno vivía en Madrid como vivía en cualquier otro lugar. A nadie le importaba defender Madrid, nadie se identificaba con la ciudad como tal. Todo lo que se hacía se tomaba como mero accidente. Ahora se habla de cultura madrileña, se la defiende o enfrenta a otras [...] Uno ha dejado de sentirse uno mismo para convertirse en ciudad. Se está sufriendo una especie de espejismo narcisista. Se está sufriendo una especie de espejismo narcisista. Uno es uno mismo y está más solo que la una. La diferencia es que ahora nuestros amigos hablan de nosotros”.

El comisario de la exposición, Pedro Sánchez Castrejón (que no ha dejado pasar la oportunidad de bromear con la semejanza de su nombre con el del presidente del Gobierno), ha asegurado en la inauguración que en las obras del director manchego “Madrid es ella misma”. Al acto no ha podido acudir el propio Pedro Almodóvar, todavía inmiscuido en la producción de The Room Next Door, pero no obstante visitó el espacio la pasada semana. Sí ha asistido su hermano, el productor y cofundador de El Deseo Agustín Almodóvar, que ha apuntado cómo en el cine de Pedro “queda reflejado donde vive y donde se inspira, en una ciudad que habitamos desde nuestra juventud”.

Aunque la presencia más inesperada y celebrada ha sido quizá la de Mercedes Guillamón, más conocida como Eva Siva. Se trata de la actriz que interpretó a Luci en Pepi, Luci, Bom. Según ha contado Sánchez Castrejón, hace poco él acudió a impartir un taller a un colegio y resultó que uno de los alumnos era el sobrino nieto de la intérprete y directora teatral, una de las primeras chicas Almodóvar junto a Alaska y Carmen Maura.

Origen humilde, ciudad obrera y con memoria

Más allá de los aspectos puramente mitómanos, la exposición (como el cine de Almodóvar) constituye todo una travesía por la evolución sociológica del Madrid de las últimas cuatro décadas. El primer panel repasa de hecho los inicios del cineasta manchego, marcados tanto por sus obsesiones y sueños con las películas como por el origen trabajador de su familia, que tuvo que emigrar a Extremadura. Fue desde ahí donde vivió su segundo éxodo rural, esta vez a Madrid, donde acabó convirtiéndose en funcionario de Telefónica.

El éxito no le llevó a olvidar esta procedencia (ni lo que es peor, a explotarla), sino que supo darle dignidad y humor en obras como ¿Qué he hecho yo para merecer esto! (1984), donde sigue a una madre trabajadora que vive con su familia en las colmenas del Barrio de la Concepción. Los textos que acompañan las imágenes de la película y el rodaje relatan que Almodóvar tuvo la idea del proyecto precisamente yendo a su trabajo, ya que cada día contemplaba desde la carretera la singular estampa de estos bloques construidos para una población eminentemente obrera que hacía y hace vida de barrio (de ahí la extensión de comercios en prácticamente todos los bajos). Retomará la marcha del pueblo a la ciudad y los sinsabores de la vida mucho más allá de la M-30, en ese caso en Puente de Vallecas, en su aclamada Volver (2006).

Como ha apuntado Sánchez Castrejón, ese origen lejos de la alta alcurnia diferencia a Almodóvar de otros coetáneos de la Movida, y quizá explica también que haya mantenido el compromiso a lo largo de su carrea. No solo en declaraciones públicas, como los artículos en los que analiza el panorama político-social desde su visión personal publicados en este medio, sino también en su obra. Su último largo hasta la fecha, Madres paralelas (2021), es todo un alegato contra la desmemoria de los crímenes del franquismo. Una época a la que ya se acercó, aunque fuera en sus últimos estertores, en el prólogo de Carne trémula (1997), donde también criticaba tangencialmente la especulación urbanística que se llevó por delante las infraviviendas del barrio La Ventilla, al norte de la capital.

Porque Almodóvar huye de la visión de un Madrid idealizado de otros directores como Garci. En Kika (1993) o Mujeres al borde no tiene reparos en convertirla en decorado (“me encantan las vistas”, dice Carmen Maura). En la última de ellas aparece por única vez en toda su filmografía la Cibeles: a través de una postal. La Plaza Mayor protagoniza un célebre momento de La flor de mi secreto (1995), pero es en plena noche y cuando está totalmente vacía.

Su cine es vestigio de un Madrid ya improbable. Cuando retrató El Rastro en Entre tinieblas filmó sobre todo a las monjas vendiendo tartas en la plaza del General Vara del Rey, una escena hoy irrepetible, pues desde el año 2.000 está prohibida la venta ambulante de alimentos en este mercadillo.

Al mismo tiempo, Almodóvar retrata el Madrid de hoy, en el que Chueca ha pasado de ser el barrio degradado de Átame (1990) a un lugar de moda que recorren las élites culturales, como se aprecia en Julieta (2016). En medio, escenario de conflictos sociales como las manifestaciones y huelgas de médicos que retrató La flor de mi secreto.

La protagonizada por Marisa Paredes es quizá una de sus películas de madrileñismo más insondable, ya que también aparecen la Gran Vía (con especial detenimiento en el Palacio de la Prensa o Galerías Preciados), así como la sede de El País en la calle Miguel Yuste. Por no olvidar, porque es inolvidable, la escena en la que Leo pide a un toxicómano que le ayude a quitarse los botines a cambio de 5.000 pesetas, grabada en la plaza de Puerta de Moros.

Pero además de mirar al pasado y el presente, Almodóvar ha llegado a adelantarse al futuro de Madrid. La Raimunda de Penélope Cruz limpia los pasillos de la T-4 cuando el rodaje de Volver fue anterior a la apertura de sus instalaciones. Todavía más premonitorio fue el viaje en AVE de Cecilia Roth entre Madrid y Barcelona, con ese emocionante Tajabone de Ismäel Lô. Todo sobre mi madre se estrenó en 1999, pero la conexión de alta velocidad entre ambas ciudades no se inauguró hasta 2008.

Los responsables de la exposición demuestran gran audacia. En el panel de Hable con ella (2002) repasan escenas de toda su carrera ambientadas en hospitales madrileños. En el de Los abrazos rotos (2009) las que toman los bares. El Aeropuerto de Barajas en el mural de Los amantes pasajeros (2013). El de Julieta recorre aquellas secuencias que tienen lugar en viviendas ajenas, mientras que el de Dolor y gloria (2019) recopila directamente las que suceden en las propias casas del director nacido en Calzada de Calatrava (aunque la cinta incluye otras localizaciones características, caso del Cine Doré).

Estas dos últimas películas, las de ese Almodóvar más contenido (junto a Madres paralelas y sus cortos con estrellas de Hollywood), sirven a Sánchez Castrejón para definir la muestra como “un trabajo almodovariano pero a la vez austero, como ahora es Almodóvar”. Una trayectoria cambiante pero siempre vinculada de alguna u otra manera a la capital, que le nombró Hijo Adoptivo en 2018.

El reto más complejo por la ausencia de elementos madrileños reconocibles, La piel que habito (2011), se resuelve al recurrir a una comparativa entre gestos o encuadres de la película y de toda la trayectoria del director con piezas del Museo del Prado. Por su parte, el panel de Todo sobre mi madre (la obra que le dio su primer Oscar) sirve para recorrer los teatros de la capital a través de su cine.

Entre los objetos seleccionados en la muestra se encuentra, por cierto, el paraguas que sujeta Manuela cuando ve morir a su hijo al comienzo de la película. Un texto indica que es el mismo paraguas que Almodóvar llevó tres años después al funeral de su amigo Carlos Berlanga. Cosas que pasan en Madrid, esa ciudad que como tan bien entendió y filmó el director manchego no es de nadie, así que es de todos.

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