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Arte Madrid
'Sorolla en negro': la exposición que alumbra el lado oscuro del pintor de la luz

Unas visitantes contemplan 'Clotilde con mantilla negra' (1919-1920) y otros cuadros de Joaquín Sorolla en la exposición 'Sorolla en negro'.

Guillermo Hormigo

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Para ser el pintor de la luz hace falta conocer de primera mano la oscuridad. Es algo que queda claro al adentrarse en la exposición Sorolla en negro, que desde el 12 de julio y hasta el 27 de noviembre puede visitarse en el Museo Sorolla de Madrid. Un viaje al papel que este color juega en la obra de un artista asociado a gamas cromáticas mucho más vivas, pero que como cualquier maestro conocía de primera mano la importancia de aquello que, sobre el papel (o el lienzo), le es más ajeno.

“¿Qué daño os ha hecho el negro?”, puede leerse en la pared de una de las salas (en muchas de ellas están reproducidas citas sobre el negro del propio Sorolla o de otros creadores). Según Carlos Reyero, catedrático de Historia del Arte, exdirector del Museo de Bellas Artes de Valencia y comisario de la muestra, lo más probable es que Joaquín Sorolla se dirigiese con esta frase a sus discípulos. Y aunque entra en contradicción con algunos consejos dedicados a sus hijas, a las que recomendaba evitar los tonos oscuros, para Reyero esto da cuenta de que los artistas, como cualquier persona, no tienen un pensamiento monolítico ni siquiera en torno a su propia obra.

Sobre esta tensión entre lo que se espera del pintor y lo que se encuentra se construye una exposición compuesta por 62 obras (41 pinturas, un dibujo, una curiosísima paleta con un pequeño retrato pintado en ella, 17 fotografías, un álbum y un libro), algunas inéditas procedentes de colecciones particulares. Están articuladas en cuatro estancias que abordan el negro en Sorolla desde distintos puntos de vista.

La primera está centrada en retratos, donde su estilo combina la tradición pictórica española con una reinterpretación más moderna y cosmopolita. Bajo el título Armonías en negro y gris, pone de relieve que su relación con el negro es más bien heterodoxa. “No hay un solo negro, hay matices azulados, más verdosos, un gris plomo, carbón...”, dice Reyero.

Pero las figuras retratadas dan cuenta también de otro tipo de matices que se retroalimentan de los pictóricos. Un ejemplo: las pinturas, a través del color o la puesta en escena de los modelos, destacan de las mujeres la elegancia y de los hombres su seriedad. La reina regente María Cristina de Habsburgo-Lorena, el político y Nobel de Literatura José Echegaray o el propio Sorolla son algunas de las grandes figuras de la época que aparecen retratadas.

Un mundo tortuoso, una España devota

La segunda zona, Negro simbólico, gira en torno a los significados asociados al negro, especialmente durante un siglo XIX muy proclive a otorgar a este color la transmisión de ciertas sensaciones angustiosas. “Sorolla no busca una lectura simbólica de los temas, pero los colores tienen un determinado sentido en todas las culturas. En la occidental, el negro está asociado a lo siniestro, lo conflictivo o lo tortuoso, a la muerte. Sorolla es permeable a esa realidad. No lo utiliza simbólicamente, pero recoge esta convención”. Reyero menciona cómo, a través de la vestimenta, el negro señala y culpa a la celestina del cuadro Trata de blancas.

“Sorolla está asociado a la España blanca y alegre que huye de su imaginario de decadencia. Pero también se interesó por esos picos amargos. Es el caso del vino como expresión del alcoholismo y la degradación personal”. El negro también se emparenta con el misterio religioso, y por eso recurrió a él para su acercamiento a la Semana Santa o el dolor asociado al catolicismo en obras como Nazarenos sevillanos, Procesión o Llegada al cementerio. En la primera de ellas, elaborada a lápiz sobre papel, llega a escribir literalmente las palabras “todo negro”.

Pero también conocía la función del negro en relación a otros colores, su capacidad para “intensificar los contrastes”. La sala Sombras negras y oscuras ilustra este recurso de confrontar superficies o partes del cuerpo fuertemente iluminadas con otras oscurecidas. Hay un sentido decorativo, según Reyero, aunque tampoco sea esta una tendencia en la que pueda inscribirse al artista valenciano. En los cuadros de barcas de esta estancia está “el Sorolla más Sorolla”, pero su presencia en la exposición tiene lógica: “Muestran cómo le interesaban los distintos momentos de luz, también cuando va desapareciendo. No pinta sombras negras, sino que son lugares donde hay menos iluminación”.

La mirada gris del pintor de la luz

La cuarta y última sala, Monocromías, recoge algunas de las piezas que elaboró mediante esta técnica, que consiste en pintar mediante una sola gama de color. Con ello, explica Reyero, se abarataban los costes en una época en la cual la reproducción de obras era mucho más cara y laboriosa. Así, la muestra incluye por ejemplo una ilustración hecha para acompañar un capítulo de las Leyendas de José Zorrilla.

Sorolla también recurrió a la monocromía para pintar días grises, como cuenta el comisario de esta colección: “Es verdad que no le gustaban, pintaba al aire libre y cuando llovía o hacía mal tiempo se quejaba. Pero también le apasionan las variaciones de luz: pinta al amanecer, al mediodía, a la caída del sol, con la luna... Le interesa la luz, pero no solo la radiante, sino todos tus matices. Esto es algo que no siempre se pone de relieve”.

Su Día gris en la playa de Valencia sintetiza este dominio de la luz también cuando se acerca a la oscuridad. Reyero repara en la habilidad de Sorolla a la hora de reflejar la particularidad de los días nublados en el Mediterráneo (donde “los días grises son más grises que en ninguna parte”) respecto a, por ejemplo, los del norte de España. Mientras que en Galicia, Asturias o Euskadi, más habituada a las complicaciones meteorológicas, estas imágenes “tienen otra poética en la que tienden a ser más melancólicas”, en la costa este o sur hay “algo de turbio, de sucio, de truculencia”.

Por último, a través de un retrato inacabado en el cual vemos pintando a María, su hija, la monocromía “representa muy bien algo tan difícil de materializar como los pensamientos. Que no haya colores no significa que no haya luz, de hecho la gama de ocres permite jugar con la entrada de luces. Es una imagen muy poética que permite cuestionar la idea de que es un pintor de inmediatez, a fin de cuenta vemos una mirada paterna a los progresos de su hija”. Porque en Sorolla lo negro no es siempre sinónimo de decrepitud o inquietud, también puede representar la misma viveza que un paseo a la orilla del mar o unos niños en la playa.

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