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Primer año de Trump

La rivalidad de EEUU y Rusia se impone sobre los deseos de Trump

En su primer año en la Casa Blanca, el presidente de EEUU se estrelló con la realidad de las diferencias estratégicas entre ambos países

“Al igual que un buen agente, Putin maneja a Trump con cuidado como un activo potencialmente valioso, ya que Trump sigue señalando que podría estar abierto a una gran negociación con Rusia”, opina Vladímir Frolov

Trump asegura que presionó "duramente" a Putin sobre la injerencia electoral rusa

Putin y Trump en su reunión del G-20 en julio. EFE

El primer año de la presidencia de Donald Trump, dejó la relación entre Rusia y Estados Unidos peor que en los tiempos de Obama. Las promesas del magnate neoyorquino sobre “enmendar” el vínculo entre las dos potencias, se esfumaron antes de que pusiera un pie en la Casa Blanca.

El Kremlin no perdió las esperanzas, pero sabe que el establishment de Washington juega en contra de mejorar las relaciones. El diálogo con la OTAN, las sanciones contra Rusia, la guerra en Siria y el conflicto en Ucrania, que constituían los principales desafíos de la agenda internacional, solo sirvieron para profundizar las diferencias.

El deterioro del vínculo comenzó en diciembre de 2016, semanas antes de que Donald Trump jurara su cargo. La CIA y el FBI hicieron público un informe sobre la presunta injerencia de Moscú en la campaña de las elecciones presidenciales para beneficiar al empresario. Estaba respaldado con algunos indicios pero pocas pruebas contundentes. Muy pronto el Departamento de Justicia inició una investigación sobre una posible colaboración entre el círculo de Trump y el Kremlin. A causa de un contacto en la campaña con el embajador ruso en Washington, el fiscal general, Jeff Sessions, decidió recusarse más tarde sobre cualquier asunto de esa investigación, lo que provocó la furia de Trump y el distanciamiento entre ambos. 

Unos semanas después, Trump perdió a su consejero de Seguridad Nacional, Michael Flynn, que dimitió tras haber confesado que ocultó un encuentro con el embajador ruso en Washington días antes de que Trump asumiera su cargo.

Trump inició su Administración asediado por las sospechas de la colaboración rusa, y en condiciones que le dejaban poco margen para reencauzar el vínculo. Le resultó imposible rectificar la decisión de echar a una treintena de personal ruso de la embajada que tomó Obama antes de concluir su mandato.

El Kremlin negó cualquier intervención durante las eleciones presidenciales de Estados Unidos, se cuidó de criticar directamente a Trump, y apuntó todos sus dardos contra el establishment de Washington, a quien acusaba de seguir pensando con la mentalidad de la guerra fría.

Los generales de Washington

Lo cierto es que las posiciones antirrusas también surgieron del propio Gabinete de Trump. Primero con el peso que ganó el secretario de Defensa, el general retirado James Mattis, y luego con el nombramiento de otro exgeneral, H.R. McMaster, para sustituir a Flynn al frente del Consejo de Seguridad Nacional.

Mattis y Master son dos militares conservadores, cuyo punto de vista difiere del expresado por Trump, sobre todo respecto a Rusia. Desde su desembarco en el gobierno, ambos han marcado el pulso de la política exterior de Washington en asuntos cruciales como la guerra de Siria, el conflicto de Ucrania y el reforzamiento de la OTAN frente a Moscú.

La revista The New Yorker resumía así su influencia: "En menos de tres meses en el cargo, Trump denunció el apoyo de Rusia a Siria, reafirmó el compromiso estadounidense con la OTAN y abrazó a China, a quien previamente había acusado de manipular su moneda".

El 29 de junio, James Mattis se presentó en la sede de la OTAN en Bruselas y no dejó dudas sobre el desafío que representa Moscú. Ante los demás ministros de Defensa, señaló que las principales amenazas que enfrentaban eran Rusia y el terrorismo (en ese orden).

Cuando Trump cumplió sus primeros seis meses en la Casa Blanca, las esperanzas rusas de un acercamiento entre las dos potencias comenzaron a evaporarse. Uno de los pocos recursos que aún consideraba el Kremlin era el esperado encuentro cara a cara entre los dos presidentes.

La reunión se produjo a principios de julio dentro del G-20 en Hamburgo. Dos horas de reunión en un marco generalizado de histeria. Los dos presidentes exhibieron la química que habían expresado en conversaciones telefónicas previas, sobre todo por parte de Trump, que había elogiado en la campaña al presidente ruso.

El encuentro se limitó a un anuncio de un alto el fuego simbólico en Siria y la promesa de abordar la crisis del sur este ucraniano, pero algunos medios, sobre todo rusos, renovaron las expectativas de un entendimiento.

Un mes más tarde, la realidad volvió a imponerse. Contra su voluntad, Trump aprobó un duro paquete de sanciones contra Rusia, acordado por demócratas y republicanos en el Congreso como respuesta a la supuesta injerencia rusa. Trump afirmó en Twitter que la relación se encontraba en “el peor y más peligroso nivel” y acusó a los congresistas de perder el tiempo con ese tema cuando deberían estar anulando la reforma sanitaria aprobada en tiempos de Obama.

A lo largo de todo el año, Trump insistió que sólo los estúpidos y los miserables podían negar que era conveniente tener mejores relaciones con Rusia: "Quiero solucionar Corea del Norte, Siria, Ucrania y el terrorismo, y Rusia puede ser de gran ayuda". 

Siria y Ucrania profundizan las diferencias

Los segundos seis meses de la Administración de Trump, no fueron mejores para la relación con Rusia. Sobre todo, por los desencuentros en torno a la guerra en Siria y el conflicto en Ucrania.

En el primer caso, Washington y Moscú libraron cada uno su propia batalla sin ningún tipo de alianza ni colaboración. Cada uno respaldaba a bandos diferentes. Ambos atacaron a ISIS hasta su eliminación como fuerza combatiente, pero sin coordinación. 

“No existe una agenda común en Siria y no hay confianza ni cooperación para evitar colisiones aéreas directas”, afirma Fiodor Lukianov, director del Club Valdái, el principal órgano de discusión política de Rusia.

El presidente sirio, Bashar al Asad, y el presidente ruso, Vladimir Putin, durante la reunión celebrada este lunes en Sochi.

Bashar al Asad y Vladímir Putin, en una reunión en Sochi. Presidencia de Rusia

Tampoco existe una agenda común ahora que la guerra se acerca a su fin. En la última reunión del año que se celebró en Astaná, el enviado del Kremlin para Siria, Alexander Lavrentiev, afirmó que “cualquier razón citada por los estadounidenses para justificar su presencia militar (en Siria) son solo excusas”, y su presencia “debe concluir”.

Washington no está planeando ninguna salida. En los últimos días de diciembre, Mattis afirmó que las fuerzas militares estadounidenses permanecerán en Siria “mientras los combatientes del Estado Islámico quieran combatir, y para prevenir el regreso de un ISIS 2.0”.

Para Lukianov, la guerra en Siria ha demostrado que “no hay relación entre Moscú y Washington, como mucho mutua cautela”. Durante el primer año de la gestión de Trump, “Rusia se convirtió en un asunto de política interna en Estados Unidos, y las pocas posibilidades de una mejora en las relaciones finalmente desaparecieron”.

La crisis en Ucrania ha seguido un derrotero similar. Las diferencias comenzaron en junio cuando Washington eligió al halcón Kurt Volker como representante para las negociaciones con Rusia. Volker había sido asesor del senador de Arizona, John McCain, enemigo declarado de Putin y después embajador en la OTAN. En una comparecencia en el Senado, Volker había declarado que Rusia buscó “derrumbar el orden de Europa postguerra fría redefiniendo los límites fronterizos a través de la fuerza militar”.

A poco de asumir su cargo, Volker planteó en una entrevista en BBC la idea de proveer armamento a las Fuerzas Armadas de Ucrania. Rusia reaccionó enseguida: el presidente Putin afirmó que “entregar armas a una zona en conflicto no conduce a la paz, sino que agrava la situación”, y advirtió que las fuerzas del Donbás (este de Ucrania) “podrían enviar las armas que ellos tienen a otras zonas en conflicto”.

En septiembre, Rusia propuso al Consejo de Seguridad desplegar una fuerza de la ONU en la línea de separación entre el Ejército de Ucrania y las milicias prorrusas del Donbás. La oferta quedó en el aire cuando Washington respondió que el despliegue debería ser en la frontera entre Rusia y Ucrania. Una propuesta imposible de digerir para el Kremlin, que vería impedida su única vía para abastecer directamente al Donbás.

Finalmente, en la víspera de Nochebuena, el Pentágono confirmó la decisión de entregar armas a Ucrania. Días después, Moscú anunció que enviará a la península de Crimea dos unidades del sistema antimisiles S-400.

“Con la decisión de Estados Unidos de vender armamento letal a Kiev, se consiguió empeorar la relación comparado con los años de Obama”, afirma Vladímir Frolov, uno de los analistas de política internacional más consultados de Rusia. “Lo único que conserva algo de potencial para Moscú es la idea de los pacificadores (de la ONU), pero el Kremlin deberá decidir si ha tenido ya suficiente con el Donbás o si quiere una salida que le permita salvar la cara”, agrega.

En general, “la relación empeoró, no se acuerda en nada importante, y ambos países siguen viéndose como adversarios estratégicos”, concluye Frolov.

Las esperanzas del Kremlin en Trump

Aunque es evidente que el vínculo se deterioró con Trump, el Kremlin se ha mantenido en la misma posición de concentrar sus reproches exclusivamente contra el Congreso de Estados Unidos y la élite de Washington. Según Frolov, no es casual: “Al igual que un buen agente, Putin maneja a Trump con cuidado como un activo potencialmente valioso, ya que Trump sigue señalando que podría estar abierto a una gran negociación con Rusia”.

De todas maneras, no habría que esperar demasiado: “La nueva doctrina de seguridad nacional es un triunfo de los escépticos de Rusia en Washington”.

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