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ELECCIONES COLOMBIA

Así fracasó el centro político en Colombia

El candidato a la Presidencia de Colombia por la coalición Centro Esperanza, Sergio Fajardo, durante un acto de campaña el 18 de mayo.

Camilo Sánchez

Bogotá —

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El último incidente dentro de la Coalición Centro Esperanza habla por sí solo. El jefe de programa de la campaña, Alejandro Gaviria, dijo en una entrevista para el Financial Times: “Estamos durmiendo en la punta de un volcán (…) Hay mucha insatisfacción. Sería mejor tener una explosión controlada con Petro que embotellar el volcán”.

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Aún hoy pocos comprenden por qué el encargado de salvaguardar el cuerpo ideológico de la coalición moderada estaba dando palmadas en la espalda de manera abierta al líder de la izquierda. Las hipótesis que circularon en las redes incluían un catálogo de agravios contra el también exministro de Salud. Pero se trataba, en última instancia, de otra entrega de una saga condicionada por las intrigas internas, los movimientos en falso y el choque de egos. 

Expresiones políticas que sirven de espejo para comprender el sofocante cuarto lugar que ocupa el aspirante Sergio Fajardo en los sondeos, con un deshilachado 4% de apoyo ciudadano, de cara a las elecciones presidenciales de este domingo.

A los errores de la campaña habría que sumar la ausencia de maridaje entre el temperamento reposado de Fajardo y un electorado enfrascado desde hace años en debates algo broncos, que no admiten posturas sin matices. Y es que el discurso de este matemático y exalcalde de Medellín no solo no ha calado, sino que además es diana constante de burlas.

Es descrito como un “tibio” que, para amplios círculos académicos y urbanos, suponía una “transición responsable” hacia un Gobierno capaz de apaciguar la crispación y, al mismo tiempo, comenzar a cortar las raíces de la corrupción. Laura Gil, analista política colombo argentina, señala a elDiario.es que la ciudadanía interpretó la propuesta de Fajardo como una prolongación del continuismo. “El electorado quiere un cambio disruptivo”, dice.

El éxito en Medellín

El declive ha opacado su buen desempeño en la alcaldía de Medellín (2012-2016), una gestión calificada como punto de quiebre positivo para una ciudad devastada por los años violentos de Pablo Escobar. A pesar de que hay pocas coincidencias en su manera de encarar la política, un artículo del semanario británico The Economist llamaba la atención sobre el hecho de que este año hubiera dos exalcaldes de Medellín en la contienda: Fajardo y el conservador “Fico” Gutiérrez.

El artículo, titulado 'Medellín es un ejemplo de lo que Colombia podría ser', recordaba que la continuidad de una batería de políticas sociales impulsadas por los dos alcaldes había llevado al florecimiento de la segunda ciudad de Colombia. Para el politólogo Andrés Dávila, sin embargo, la soledad de Fajardo en esta carrera solo puede ser atribuible a su miopía política: “Escritores como Héctor Abad o Juan Gabriel Vásquez se dedicaron a repetir en la prensa que había que ser de centro. Pero yo creo que más allá de apoyarse en un moralismo hueco, Fajardo ha sido un político incapaz de leer con algo de lógica los tiempos de la campaña, incapaz de negociar e incapaz de tomas decisiones claras”.

La opinión pública tampoco le ha perdonado el gesto de haberse ido a ver ballenas a las playas del Pacífico colombiano en 2018, cuando se celebraba la segunda ronda de las elecciones que ganó el hoy presidente Iván Duque. Fajardo había quedado fuera de competencia en la primera ronda y muchos seguidores interpretaron su retiro ecoturístico como un desamparo desleal. 

Así es como el electorado de centro, indignado con la corrupción y ávido por la recuperación institucional del país, se ha ido habituando a las tormentas y a los errores históricos. No sobra recordar los sucesos de junio de 2010, cuando el exalcalde de Bogotá Antanas Mockus avanzaba galopante en las encuestas para las presidenciales de ese año. Su contrincante era el exministro de Defensa de Álvaro Uribe Juan Manuel Santos, que lo doblegó en las urnas.

Hoy, igual que hace una década, los analistas e intelectuales siguen apelando al argumento de que el país no está preparado para un programa que articula esfuerzos evidentes en educación, ciencia y economía. “La gente en la calle dice, literalmente, ‘es que Fajardo no me emociona’. ¿Por qué? Porque se trata de una campaña que no entra en el juego de las ofensas o las exageraciones y el votante en la Colombia hoy no está para ese tipo de cosas”, dice Juan Fernando Giraldo, analista y consultor.

El fracaso de Betancourt

Tampoco le fue bien a la política franco-colombiana Íngrid Betancourt, de 61 años. Betancourt, que pasó seis años secuestrada por la extinta guerrilla marxista de las FARC, se incorporó en principio como una candidata prometedora. Al poco tiempo, acabó atacando a sus propios militantes, a quienes interpelaba por prestarse, supuestamente, para alianzas con caciques corruptos.

La candidata decidió abandonar la coalición y dar bandazos en los debates con declaraciones que denotaban cierta desconexión con un país en el que no reside desde hace 12 años. La última noticia es que se ha adherido al independiente Rodolfo Hernández, ingeniero de 77 años, una suerte de Trump a la colombiana, abiertamente admirador del nazismo, opositor al proceso de paz con la guerrilla, y que se ha disparado en las encuestas difundidas en los últimos días, llegando incluso a disputarle el segundo lugar al derechista Fico Gutiérrez.

Fajardo, por su parte, encara su segundo y probablemente último acto electoral con la energía muy mermada. No resulta descabellado predecir que también podría tratarse del ocaso de la corriente 'mockusiana', donde el matemático que siempre va de vaqueros se formó. De momento, el sociólogo Eduardo Pizarro dice que la aplanadora ideológica a los dos extremos del arco político se ha encargado de liquidar el único eje llamado a desmantelar las grescas ideológicas y buscar acuerdos realistas.

“Colombia no está preparada”, dice el académico, “para un Gobierno capaz de construir consensos, capaz de abrir canales para el diálogo. En América Latina ningún país lo está, salvo quizás Uruguay o Costa Rica”.

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