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Gaza, Taiwán y la guerra tecnológica marcan la agenda del segundo cara a cara entre Biden y Xi

El presidente Joe Biden y su homólogo chino, Xi Jinping, en su primera reunión en persona el año pasado, en Bali.

Javier de la Sotilla

Washington —

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El presidente de EEUU, Joe Biden, y su homólogo chino, Xi Jinping, no hablan en persona desde la cumbre de líderes del G20 en Bali, hace exactamente un año. Entonces, después de tres horas y media de reunión, quisieron escenificar un acercamiento tras la ruptura de comunicaciones militares a raíz de la visita a Taiwán en agosto de 2022 de Nancy Pelosi, entonces presidenta de la Cámara de Representantes estadounidense. Biden y Xi volverán a verse este miércoles en San Francisco en el marco del Foro de Cooperación Económica Asia Pacífico (APEC, siglas en inglés) y, según avanzan fuentes de la Administración Biden, podrían anunciar el restablecimiento de las comunicaciones.

La cumbre congregará hasta el viernes en la ciudad estadounidense a todos los líderes de los veintiún países miembros del APEC, a excepción del ruso Vladímir Putin. Será la segunda reunión presencial de Biden y Xi desde que ambos presiden las dos primeras potencias mundiales y la primera visita a Estados Unidos de un mandatario chino en los últimos seis años.

Durante los doce meses que han pasado desde el primer encuentro, EEUU y China no han hecho más que evidenciar sus diferencias y desconfianza mutua. La tensión se intensificó a principios de este año, cuando Washington acusó a Pekín de haber enviado un globo espía sobre el espacio aéreo estadounidense. Una acusación que China negó, alegando que era un artilugio para recoger información meteorológica. Finalmente, fue abatido por un avión de combate estadounidense y cayó en la costa de Carolina del Sur. El incidente llevó a la Casa Blanca a suspender la visita oficial del jefe de la diplomacia estadounidense, Antony Blinken, y ambos países elevaron el tono con acusaciones cruzadas: Biden llegó a llamar “dictador” a Xi y este acusó a EEUU de llevar a cabo una “estrategia global de contención, cerco y represión de China”.

Desde entonces, ambos países han tratado de aliviar las tensiones con esfuerzos diplomáticos, y Blinken viajó finalmente el pasado verano a Pekín. Allí mantuvo una “robusta conversación” con Xi que, según afirmó, ha hecho posible la reunión de este miércoles.

Dos guerras en el menú

En la agenda de la reunión, que se espera que dure alrededor de cuatro horas, estarán todas las cuestiones centrales de la relación entre las dos potencias: las disputas comerciales y tecnológicas y su creciente proteccionismo; la cooperación en políticas contra el cambio climático; el establecimiento de un marco para el desarrollo de inteligencia artificial; el creciente arsenal nuclear del gigante asiático o la lucha contra el fentanilo.

Pero los dos presidentes de las primeras economías mundiales –y primera y tercera potencia militar– no podrán ignorar los dos conflictos llamados a marcar el devenir geopolítico de las próximas décadas: la guerra de Rusia en Ucrania y la de Israel en Gaza. Según avanzó el asesor de Seguridad Nacional, Jake Sullivan, EEUU pedirá a China que use su capacidad de influencia sobre Irán para evitar una escalada de la violencia en Oriente Medio. “Biden hará ver a Xi que una actuación desestabilizadora de Irán no redunda en interés de China ni de ningún otro país responsable”, aseguró Sullivan este lunes en una rueda de prensa desde la Casa Blanca.

De momento, Pekín se ha negado a condenar directamente los ataques de Hamás del 7 de octubre y su toma de rehenes, y ha acusado a Israel de ir “más allá del alcance de la autodefensa”, algo que inquieta a Washington. La posición oficial china ha sido parecida a la que ha tenido respecto a Ucrania: sin implicarse directamente, ha pedido un alto el fuego en Gaza. El principio de no interferencia, una de las bases de su política exterior, permite al gigante asiático no mojarse demasiado en los conflictos internacionales y centrarse en su desarrollo interno; mientras tanto, EEUU busca retener su papel de líder occidental y se desgasta, diplomática, económica y militarmente, con su posición en Oriente Medio.

A diferencia de EEUU, China –que este mes preside el Consejo de Seguridad– estuvo entre los 120 países que votaron a favor de una resolución pidiendo un alto el fuego en Gaza en la Asamblea General. Históricamente, Pekín no ha tenido ningún papel significativo en la región, pero está tratando de tejer alianzas con los países de más peso, algo que dejó ver con su mediación para favorecer la normalización de relaciones entre dos grandes rivales, el régimen suní de Arabia Saudí y el chíi de Irán.

Tensión por Taiwán

“Esperamos que sea una reunión productiva”, dijo Sullivan. “El presidente Biden cree que no hay sustituto para la diplomacia de líder a líder, cara a cara, para gestionar esta compleja relación”. El principal punto de fricción no es ninguno de los conflictos activos, sino uno hipotético, que trae de cabeza a Washington: Taiwán. Pekín reclama su soberanía sobre la isla autogobernada, donde habrá elecciones a principios del próximo año, y ha reiterado en múltiples ocasiones que su destino es formar parte de China, por vías pacíficas o mediante “el uso de la fuerza”.

Se prevé que Xi pida a Biden que reafirme la postura oficial de EEUU, que desde 1979 no reconoce oficialmente la independencia de Taiwán, a pesar de que sus vínculos son evidentes: la Ley de Relaciones con Taiwán, aprobada el mismo año, compromete a Washington a poner “a disposición de Taiwán los artículos y servicios de defensa en la cantidad que sea necesaria para permitir que mantenga suficientes capacidades de autodefensa”. 

Aunque dicha ley no garantiza la intervención militar estadounidense si China invade Taiwán, y los norteamericanos han jugado durante décadas con su política exterior de “ambigüedad estratégica”, la intervención se da por hecha después de que Biden dijera el año pasado que “defendería” la isla autogobernada si “hubiera un ataque sin precedentes”. Con esta retórica, Biden ha mantenido un tono más combativo que su predecesor, Donald Trump, en la defensa de Taiwán, unas declaraciones que Pekín ha condenado repetidamente.

Biden expresará este miércoles a Xi su preocupación por la actividad militar alrededor de la isla, que ha sido recurrente durante el último año, y por sus acciones en los mares del Sur y del Este de China. Pekín reclama también el control de gran parte de sus aguas colindantes, donde tiene disputas territoriales con Japón, Filipinas, Brunei, Malasia y Vietnam.

China alega que tiene un “derecho histórico” sobre el conjunto de islas e islotes en el mar meridional. Basa su soberanía en la “línea de los nueve puntos”, un conjunto impreciso de líneas que presentó a la ONU señalando en el mapa todo aquello que considera su territorio, pero que ha sido impugnado por varias resoluciones internacionales. Desde hace años construye islotes artificiales en el mar, que además es rico en gas y petróleo y es un importante paso de las rutas comerciales marítimas. Asimismo, en los islotes está construyendo bases militares, con los que aumenta su amenaza contra Taiwán.

EEUU mira de reojo esta progresiva expansión china y, desde el mandato de Barack Obama y su estrategia Pivot to Asia, se centró en tejer alianzas militares con los países del Pacífico para “contener” el avance chino. Además de tratados bilaterales, como los firmados con Filipinas, Singapur o Corea del Sur para establecer bases militares en esos países, y de las bases en los territorios estadounidenses de Guam y Hawaii, ha tejido una alianza con Japón, India y Australia en el marco del Diálogo de Seguridad Cuadrilateral.

Punto muerto en la guerra comercial

“Los objetivos de esta reunión son gestionar la competencia, prevenir el riesgo de un conflicto y garantizar que los canales de comunicación sigan abiertos”, aseguró la portavoz de la Casa Blanca, Karine Jean-Pierre. A pesar de sus diferencias, ambos países son conscientes de su interdependencia económica y llevan años tratando de gestionar una guerra comercial acuciada durante la presidencia de Trump, quien impuso unos aranceles de 370.000 millones de dólares en importaciones chinas, que no han sido levantados durante la Administración Biden.

La guerra comercial se centra, especialmente, en el ámbito tecnológico: EEUU no lleva bien la hegemonía de China en el sector de las baterías y el automóvil eléctrico, así como en los semiconductores ­–mayoritariamente fabricados en Taiwán–, esenciales para una tecnología emergente, la de la inteligencia artificial.

Por ello, recientemente, Washington ha impuesto nuevas restricciones a la exportación de tecnología avanzada hacia China. De hecho, este jueves, un día después de la reunión, entran en vigor nuevos límites a su exportación, que se sumarán a los ya impuestos el año pasado para cortar el acceso de China a los semiconductores más sofisticados, necesarios para el desarrollo de inteligencia artificial.

Estas medidas llegan también después de que hace un año el Congreso estadounidense aprobara la Ley de Reducción de la Inflación, que, entre otras muchas medidas, subsidia y da beneficios fiscales a las empresas que produzcan coches eléctricos en territorio estadounidense. Esta ley, que ha provocado tensiones con la Unión Europea, también es vista con recelo desde China, que pide a Washington que ponga fin a sus medidas proteccionistas.

Pekín ve en la visita a San Francisco una buena ocasión para tratar de atraer de nuevo los negocios que se fueron por su política de cero covid durante la pandemia. Una de sus citas en la ciudad californiana será una cena privada con empresarios, organizada por el Comité Nacional de las Relaciones entre EEUU y China, tras la reunión de alto nivel entre Biden y Xi.

San Francisco se blinda ante la cumbre

Ante la expectación mediática, las autoridades locales de San Francisco ya se han encargado de retirar algunos campamentos habitados por las más de 7.000 personas sin techo. La ciudad busca limpiar su imagen ante su mayor foro internacional desde 1945, cuando se firmó la carta fundacional de las Naciones Unidas. Se espera que la cumbre reúna en la ciudad a más de 20.000 personas hasta el viernes.

Además de expulsar a las personas sin hogar y meterlas temporalmente en albergues, San Francisco está borrando grafitis, limpiando la basura acumulada en sus calles y vallando las zonas aledañas a la cumbre para extremar su seguridad. “No queremos sugerir que no tenemos desafíos como cualquier otra gran ciudad, pero esperamos a miles de periodistas de todo el mundo, a quienes daremos la oportunidad de experimentar San Francisco”, dijo la alcaldesa, la demócrata London Breed, a Associated Press.

Las autoridades están haciendo lo posible para evitar que se produzcan protestas durante la cumbre, especialmente este miércoles, día de la reunión entre Biden y Xi. El pasado domingo, organizaciones anticapitalistas organizaron una protesta, denunciando que este tipo de foros benefician acuerdos comerciales perjudiciales para los trabajadores. Además, en las últimas semanas, como en todo el país, ha habido manifestaciones a favor de Palestina, una imagen que San Francisco no quiere que se repita ante este foro de alto valor diplomático para EEUU.

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