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Análisis

El desastre en Libia es resultado de la crisis climática (y de un Estado fallido)

Inundaciones en Derna, Libia

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Cuando la crisis climática se encuentra con un Estado fallido, el resultado es el tipo de catástrofe que Libia está viviendo en la ciudad de Derna.

Cualquier ciudad habría tenido problemas con el extraordinario nivel de precipitaciones que la tormenta Daniel descargó sobre la costa norte de Libia. Antes de cruzar el Mediterráneo, cuando tenía menos fuerza, la tormenta ya había causado graves daños en Grecia.

Con una cuarta parte de la ciudad de Derna arrastrada hasta el mar, la magnitud de la devastación en lo que se está llamando el 11-S libio también tiene mucho que ver con el fallido sistema político del país.

Desde que en 2011 Occidente contribuyó al violento derrocamiento de Muamar Gadafi, cada una de las dos administraciones rivales que gobiernan Libia (una en Trípoli y la otra en Tobruk) han contado con el apoyo de actores externos también rivales entre sí como Turquía, Emiratos Árabes Unidos, Qatar, Egipto y el grupo ruso Wagner.

En los años 70 y 80, durante el Gobierno pseudosocialista de Gadafi, el dictador desmanteló el sector privado de Libia, donde abunda el petróleo, creando empresas estatales que destrozaron la base de poder de las clases altas. En palabras de Wolfram Lacher, coeditor de la colección de ensayos de reciente publicación Violencia y transformación social en Libia, “las empresas estatales se convirtieron en redes clientelares”.

En la era pos-Gadafi los dos bandos han desarrollado un nivel similar de centralización. En el occidente libio, los ministros del Gobierno de Unidad Nacional son los que propusieron las milicias. En el oriente del país, la implacable campaña de centralización desplegada por el general Khalifa Haftar (el autoritario jefe del Ejército Nacional Libio) y sus familiares también terminó con un buen número de autoridades propuestas directamente por Haftar o por sus aliados.

Los dos bandos estuvieron en guerra total hasta el año 2020. Miles de personas murieron durante el fallido asedio a Trípoli que, durante un año, desplegaron las fuerzas de Haftar para intentar hacerse con la capital. En 2022 el anterior líder de la administración oriental, Fathi Bashagha, quiso trasladar su gobierno a Trípoli, pero los enfrentamientos entre milicias rivales le obligaron a retirarse.

Este tipo de conflicto constante, por lo general de baja intensidad, obliga a los líderes a estar calmando a sus bases con ayudas financieras: el peor escenario para acometer inversiones en infraestructuras cuyos frutos solo se ven en el largo plazo.

En el caso de Derma, la ciudad ha sufrido mucho desde la desaparición de Gadafi, tanto cuando cayó en manos del Estado Islámico como cuando en 2016 fue reconquistada por Haftar, que pasó en la ciudad sus años de educación secundaria y ha querido ejercer un férreo control sobre sus políticas. En este tiempo, la inversión en infraestructuras siempre ha sido muy escasa.

Las elecciones municipales de Derna estaban programadas para este mes, con las listas ya elaboradas y los votantes registrados pero, en las últimas semanas, miembros de las brigadas Awliya al-Dam (leales a Haftar) han estado quemando carteles de campaña y amenazando a los candidatos con secuestros y asesinatos mientras exigen la cancelación de las elecciones y la imposición de un gobernador militar para la ciudad.

El jefe de la comisión electoral ha denunciado amenazas contra él. Aguila Saleh, presidente de la Cámara de Representantes en el Parlamento oriental, ha propuesto la creación de un consejo de gestión temporal como un mecanismo para retrasar los comicios.

Las dos grandes presas que hay en el estrecho valle por encima de Derna eran un accidente a la vista. Especialmente por la creciente densidad de la zona de viviendas, cada vez más altas, que se han ido improvisando cerca del río.

En 2022 se publicó un extenso artículo académico sobre el deterioro de estas obras hidraúlicas y sobre el riesgo que representaban, calculando el peso del agua a partir del cual se romperían las dos presas (construidas en los años setenta por una empresa yugoslava) y el curso que seguiría el agua, teniendo en cuenta la topografía.

Según un informe de auditoría que circula por Internet, una parte muy pequeña del dinero reservado para reformar las presas se gastó. Una vez que el agua desbordó la primera presa, se acumuló rápidamente detrás de la segunda, provocando también su ruptura.

La tormenta se acercaba y tampoco había instrucciones para organizar la evacuación. Lo único que hicieron las milicias libias fue imponer un toque de queda; su respuesta habitual ante cualquier tipo de crisis.

Queda por ver si los políticos responsables de haber dejado a Derna tan expuesta a los fenómenos de la naturaleza serán arrastrados junto a los edificios que se desplomaron con la crecida del río.

La lección de los últimos años es que tanto los políticos del este como los del oeste del país tienen una capacidad de supervivencia asombrosa.

Traducción de Francisco de Zárate

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