Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
ENCUESTA | El 60% de los españoles no confía en los jueces
Así funciona el plan de Israel para anexionarse la Cisjordania ocupada
OPINIÓN | 'Carajal', por Antón Losada

The Guardian en español

ANÁLISIS

Cómo una “guerra cultural” por el retrato de la reina desbarató la vida de un estudiante de Oxford

Matthew Katzman, en una imagen de 2019.

6

Supo que la cosa iba en serio en cuanto los mensajes de odio empezaron a llegar. Hasta entonces, ni Matthew Katzman ni sus amigos pensaban que lo que habían hecho era algo tan importante. Pero de repente empezó a recibir insultos en su bandeja de entrada del correo electrónico, en WhatsApp y en las redes sociales. Cada pocos minutos, un nuevo cargamento aterrizaba.

“MALDITO FEO NARIGUDO, SUICÍDATE”.

“No debes ser tan estúpido como para quedarte en el país”. 

“Twitter tiene que hacer su trabajo y localizar dónde se está escondiendo”.

Mientras iba camino a casa, su teléfono vibraba con las notificaciones que le llegaban con las amenazas. Y tenía miedo.

Eran los primeros días del pasado mes de junio. Sin su conocimiento y contra su voluntad, Matthew había sido reclutado para un nuevo fenómeno contemporáneo: una guerra cultural. El día que estaba terminando con estas muestras de odio había comenzado con una avalancha en los medios. Desde los diarios The Times y The Telegraph hasta los tabloides The Sun y The Daily Mail, los periódicos aseguraban que el estudiante estadounidense había “cancelado a la reina” por haber azuzado a una turba woke (algo así como “progre”) en el Magdalen College de la Universidad de Oxford para prohibir la foto de Isabel II en una sala común. El nombre de Matthew aparecía en las portadas, mientras que fotos personales extraídas de sus redes sociales decoraban las páginas interiores. Después, el Gobierno británico recogió el testigo. El entonces ministro de Educación Gavin Williamson tachó la medida de “sencillamente absurda”, mientras que Jacob Rees-Mogg señaló a Katzman en la Cámara de los Comunes como “un adolescente con granos”. No importaba que el estadounidense no fuera un adolescente, sino un hombre de 25 años. Incluso el primer ministro se sumó a la campaña.

En lo que respecta a las guerras culturales, esta lo tenía todo: una universidad antigua, jóvenes veinteañeros que denunciaban la monarquía, la insinuación de que la historia británica era cualquier cosa menos un glorioso espectáculo. No es de extrañar que algunos de los nombres mejor pagados del periodismo británico hicieran cola para propinar su mejor patada a un estudiante de informática que estaba a 4.800 kilómetros de su hogar. Desde Rod Liddle hasta Jenni Murray, todos estuvieron de acuerdo en que si a este yanqui no le gustaba cómo eran las cosas, debía volver al lugar de donde había venido. Sobre ese tema siguieron insistiendo los autores no remunerados de aquellos mensajes de odio: “No queremos tu identidad tóxica ni tu política victimista aquí”.

El presentador de televisión Piers Morgan rogó a Joe Biden que “arrojara a ese mocoso insolente en algún lugar del Atlántico”. Dan Wootton tronó: “¿Podría este agitador faltar al respeto a su propio país de esta manera?”. A un comentarista del Daily Mail tampoco le gustó el doctorado de Katzman en “teoría de la complejidad”, que en realidad es una rama de las matemáticas, pero no importa. Para que conste, Wootton nació en Nueva Zelanda, donde estudió sobre medios de comunicación y política. Y Morgan suele insistir en lo mucho que valora la libertad de expresión y las opiniones de los demás.

Qué dice el estudiante

Para los comentaristas y los políticos, todo se trataba de un simple divertimento lucrativo. Pero la historia fue en gran parte un invento y las consecuencias para Katzman han sido enormes. Más allá de una breve entrevista con The Daily Telegraph al principio de la polémica y una declaración que por lo general acababa sepultada hacia el final de los artículos, nada se sabía del estudiante que estaba en el punto de mira, hasta que accedió a hablar conmigo. Su relato de los acontecimientos del verano pasado exige ser leído por cualquiera que se preocupe por la cultura mediática y política de Reino Unido.

Para empezar, no se trataba de un retrato de la reina, sino de una impresión barata de una foto, colgada unos años atrás. Además, Magdalen College no prohibió todas las imágenes de la realeza: el college todavía tiene muchas a la vista. Este dato fue señalado en su momento, pero a menudo se ignoró según la conveniencia. Katzman ni siquiera estaba, en contra de lo que decía The Times, “detrás de la retirada”. La mayoría de los puntos centrales de la historia habían sido deformados hasta un punto sin retorno.

De carácter ligero y discreto, Katzman no encaja lo que el Mail describe como un “estudiante fanfarrón”. Le gustan los juegos de mesa de estrategia y tiene un perrito llamado Rusty. Y hasta antes de su notoriedad, era presidente de la sala común del college (MCR, por sus siglas en inglés) de los estudiantes de posgrado, que se ocupa de las cocinas de los estudiantes y sus desechos. Antes de la reunión del año pasado, a Katzman le había llegado una propuesta de un subcomité en la que se pedía la retirada de la foto de la reina. Katzman volvió a redactar la moción, restando importancia a su acusación de colonialismo. En su lugar, escribió que esas asociaciones incomodaban a algunos estudiantes. Su nombre se añadió como una formalidad, pero, durante una reunión con escasa asistencia, no habló a favor de la moción ni la apoyó. Diecisiete estudiantes votaron, solo dos se opusieron. El resto de la noche se dedicó a discutir, entre otras cosas, los muebles de jardín y el regalo de despedida para un bibliotecario de la universidad.

En pos de hacer que la gente se sintiera bienvenida en su propia sala común, se retiró una impresión más o menos pequeña de una sala de tamaño modesto en el interior de un edificio al que el público general no tiene acceso. No se hizo ningún daño a nadie.

Pero el hecho en sí no importaba. Lo único que importaba era la historia que se contaba alrededor del mismo.

Generar clics

A lo largo de todo 2018, según una investigación publicada en mayo por el King's College de Londres, la expresión “cultura de la cancelación” apareció en solo seis artículos periodísticos publicados en Reino Unido. El año pasado, el término apareció en 3.670 artículos. Para las organizaciones de noticias cuyos ingresos dependen del tráfico web, se ha convertido en una frase vital: una forma de captar la atención errática del público y generar clics que atraigan publicidad. El Daily Mail y el Mail on Sunday representan casi uno de cada cuatro usos. Los estudiantes que asistieron a esa reunión no pensaban que estaban cancelando a nadie, porque no lo estaban haciendo. Pero ni los profesionales de la prensa ni el Gobierno iban a desperdiciar un regalo semejante.

Cuando vio esas primeras planas, la reacción inmediata de Katzman fue de incredulidad: “Esta debe ser la noticia más trivial que se haya escrito jamás”. Pero entonces vio las fotos y leyó los detalles sobre su familia. Empezó a ponerse muy ansioso. Se había convertido en el objetivo semanal del odio efímero de la derecha. Este joven que no se identifica como woke ni como radical, y para quien “marchar” significa tocar una trompeta en una banda, se había convertido el foco de la bilis nacional.

Y así fue, los mensajes de odio empezaron a llegarle. Gran parte de ellos eran agresivos, algunos eran directamente racistas: “Bolchevique judío. Comunista de mierda”. Preocupado por su seguridad física, Magdalen les trasladó a él y a su novia a una de sus habitaciones, de la que no salieron durante cinco días. Cinco días en los que Katzman casi no durmió ni comió y no dejó de preocuparse. Poco después regresó con su familia y amigos a Estados Unidos.

Ese otoño volvió a Oxford, pero no pudo quedarse. El lugar le traía recuerdos de la persecución y los extraños lo trataban como un famoso o un monstruo. Ahora vive en Estados Unidos y está haciendo su doctorado allí. No canceló a la reina, pero la derecha británica le canceló a él.

Se suele decir que el reto para los políticos y activistas progresistas de Reino Unido es jugar el juego mediático, que consiste en comer un sandwich de bacon con más elegancia, deshacerse de esa chaqueta de piel burro, sonar razonable y ponerse una camisa y una corbata. Pero la moraleja del cuento de Katzman es que se puede ser inocente, pero si la derecha quiere encontrar culpables, lo hará. Un genio de la informática en una universidad de alto nivel: ¿no es acaso el blanco ideal? Un estudiante de alto nivel que cuida de los demás en medio del trauma del confinamiento. Nada de eso cuenta a tu favor si la prensa no está a tu favor.

Katzman aún piensa casi a diario en lo que pasó y eso le llena de rabia. La deshonestidad con la que la prensa británica y los ministros lo presentaron; el desinterés de estos por averiguar lo que realmente ocurrió. Toda esa palabrería sobre el juego limpio inglés no sirvió para nada y todas esas venerables instituciones le fallaron.

“Los periodistas y políticos que me destrozaron lo hicieron por sus propios fines: conseguir un titular o cobrar”, dice. “Pues bien, ¡felicidades! Porque todos ellos ganaron. No les importó cómo me afectó a mí”.

Traducción de Julián Cnochaert.

Etiquetas
stats