ANÁLISIS

Por qué Ucrania es objeto de disputa y cómo puede evolucionar el conflicto

El ministro de Exteriores de EEUU, Antony Blinken, y el ruso, Serguei Lavrov, antes de la reunión este viernes en Ginebra.

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Sea cual sea su perfil ideológico, toda gran potencia se afana por ampliar su influencia hasta donde llegan sus capacidades y por asegurarse colchones amortiguadores que la blinden frente a posibles movimientos de sus rivales.

Así lo ha hecho Estados Unidos desde que alcanzó su condición hegemónica, empezando por la región vecina americana, en la que no ha tenido reparos en utilizar todos los instrumentos a su alcance, incluyendo el uso de la fuerza, cuando lo ha considerado necesario. Ese mismo afán explica que ahora Rusia pretenda garantizar que Ucrania no pasa definitivamente a la órbita occidental y que esté dispuesta a emplear la fuerza para lograrlo. De ahí se deriva, obviamente, una tensión entre grandes que, como nos recuerda el dicho africano, implica que “cuando los elefantes pelean, los que más sufren son las hormigas”.

Rusia considera a Ucrania -un país estructuralmente fragmentado entre prorrusos y proeuropeos y sumido en una grave crisis política y económica- un interés vital, tanto por su condición de tapón ante una posible intervención militar en su propio suelo si alguien (la OTAN) llega a ocupar esa casilla del tablero, como por la relevancia que tiene Sebastopol como cuartel general de su flota en el mar Negro. Eso significa que está dispuesta a todo para evitar que Kiev se alinee definitivamente con el Occidente colectivo (EEUU-Unión Europea-OTAN, en la jerga moscovita). Un Occidente que, ya en 2013, trató de aprovechar el malestar interno en las calles de Ucrania para alimentar una revuelta (el Euromaidan) que complicara los cálculos al Kremlin, sin una intención real de integrarla ni en la UE- económicamente el país era y es una carga muy pesada dada la profundidad de su crisis- ni en la OTAN -a pesar de lo acordado en 2008 en la cumbre de Bucarest. En esencia, se trataba básicamente de crearle problemas a Vladimir Putin, manipulando el descontento ucraniano, hasta que su agresividad demostró que nadie tenía voluntad política para jugársela por Kiev, si eso suponía chocar militarmente con Moscú.

Crimea y Donbás

Desde 2014, la situación ha derivado en una creciente acometida rusa con intervenciones directas tanto en Crimea como en el Donbás; de ahí que quepa concluir que la guerra ya hace tiempo que ha empezado, por mucho que Rusia niegue su implicación. Lo que queda por dilucidar, a partir del ultimátum lanzado por Moscú -exigencia de un compromiso escrito de la OTAN para cerrar la puerta al ingreso de Georgia, Ucrania o cualquier otro potencial candidato y fin de maniobras militares o de despliegue de armas en territorios desde los que Rusia pueda sentirse amenazada-, es si va a haber una invasión en toda regla de Ucrania o si Putin optará por otro tipo de medidas.

Moscú llega a este punto con varias convicciones. La primera es que no va a permitir de ningún modo la pérdida de Ucrania ni puede salir con las manos vacías después del órdago que ha planteado. En el fondo, y sin descartarla como última opción, sabe que no necesita una invasión en toda regla.

Consciente de que esa hipotética invasión sería recibida con hostilidad por buena parte de la población local, Putin se vería obligado a desplegar una fuerza de ocupación de más de medio millón de efectivos sobre el terreno, sin que nada de eso le garantice una victoria definitiva. Por otra parte, también sabe que Occidente no va a comprometerse por escrito a aceptar sus exigencias, pero también calcula que no se atreverá a movilizar fuerzas para defender a Ucrania, limitándose a amenazar con unas sanciones que no van a cambiar el rumbo de Moscú y sobre las que ni siquiera han logrado ponerse de acuerdo las capitales europeas.

Ciberataques más que ataques

De todo ello se deduce que la opción más probable a corto plazo es la continuación de los ciberataques y las acciones militares de alcance limitado. Acciones ejecutadas por los actores interpuestos que Rusia ya tiene en territorio ucraniano o por sus propias fuerzas, con el objetivo no solo de fortalecer las posiciones alcanzadas hasta hoy, sino también de ampliar su control territorial a zonas como Mariupol, lo que le permitiría asegurar el enlace terrestre con Crimea.

En definitiva, y dando por descontado que la principal sufridora de esta historia es, con diferencia, la población ucraniana, la única hipótesis que rompería los esquemas actuales sería que Ucrania se declarara país neutral, comprometiéndose a no ingresar en ninguna alianza militar- ni la OTAN ni la Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, liderada por Rusia-.

En ese caso le sería mucho más difícil a Rusia disimular su agresividad, al tiempo que la OTAN no necesitaría desdecirse formalmente de lo decidido en Bucarest y todo quedaría a la espera de calibrar la gravedad de los siguientes pasos que Putin pueda decidir. ¿Qué país que pretenda definirse como soberano aceptaría dar ese paso? ¿Bastaría eso para frenar a Moscú, o lo consideraría como un logro de su política de intimidación para, a continuación, seguir adelante con su intento de recuperar por todos los medios la influencia que en su día tuvo la Unión Soviética en sus periferias inmediatas?

Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH)

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