Apuntes preelectorales

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1. Hace solo un mes, todas las miradas estaban puestas en Ceuta, desde donde se retransmitía una especie de apocalipsis contemporáneo que parecía sintetizar muchos de los conflictos de nuestra época y amenazaba con convertirse en el epitafio de un gobierno sobrepasado por las circunstancias. Pero vivimos tiempos acelerados, de atención efímera e incandescente, y nuestras miradas difícilmente duran mucho tiempo en la misma pantalla.

2. Lejos de ser una cortina de humo, las protestas por el desahucio de Maricarmen son el estallido de un malestar que lleva tiempo gestándose y tiene raíces tan poco etéreas como los cimientos de las viviendas y la asfixia económica que sufren sus habitantes. Que el caso de Maricarmen no sea el más representativo del problema de la vivienda en España, por las circunstancias particulares de su contrato de alquiler, ni invalida las reivindicaciones —que son necesariamente generales— ni mucho menos justifica el escarnio y la falta de empatía a los que hemos asistido.

3. Por desgracia, no existe una varita mágica para resolver el problema actual de la vivienda: algunas de sus causas, como la escasez de oferta y el déficit histórico de vivienda pública de alquiler, no se pueden solucionar de la noche a la mañana. Sin embargo, las vidas asfixiadas (o imposibilitadas) de quienes sufren las peores consecuencias de esta crisis exigen una respuesta en el corto plazo, y la política es el arte de lo posible y de la priorización y el equilibrio de intereses, no un diseño de políticas públicas perfectas en el vacío.

4. La discusión sobre las medidas más extraordinarias y coyunturales no debería eludir el necesario debate sobre el mercado hacia el que queremos avanzar: qué modelos sostenibles de participación pública y privada y con qué límites al uso de las viviendas —y por extensión de las ciudades— como si fueran un producto de inversión cualquiera. El problema es que, en una esfera pública cada vez más polarizada y dominada por imágenes y consignas, es difícil que haya espacio para un debate que incorpore matices y considere también los posibles efectos indeseados de políticas bienintencionadas. Además, la distribución de las competencias relevantes entre los distintos niveles de la administración diluye la asunción de responsabilidades y, como la opinión pública y la discusión política están menos descentralizadas que la estructura administrativa, el Gobierno central tiende a llevarse más parte de la culpa de la que le corresponde.

5. Aun así, la izquierda ha conseguido volver a conectar con el sentimiento de rebeldía, capturado cada vez más por fuerzas conservadoras, y el Gobierno intenta proyectar una promesa de futuro que va más allá de estirar el presente y evitar la temida llegada de la extrema derecha. Es, sin duda, el mejor marco posible para una cita electoral después del desgaste acumulado en ocho años de gobierno, pero, en estos tiempos de atención efímera e incandescente, no sabemos cuánto tiempo tardarán nuestras miradas en saltar a otra pantalla. Y, aunque permanezcan puestas en el problema de la vivienda, ¿es posible sortear un cambio de ciclo que parecía inevitable hace solo unos meses?, ¿puede haber un efecto Mamdani sin pasar antes por la pantalla previa de Trump —obviando a Ayuso—? Quizás el 29 de noviembre también averigüemos cuál es el límite de la aceleración de los tiempos.

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