El coco no vino, pero la factura del miedo sí

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El otro día, mientras tomaba un café en un bar, presencié una conversación que me hizo sonreír primero y reflexionar después. Un padre preguntaba a su hijo por qué había dormido dentro de la cajonera que tenía debajo de la cama. La respuesta del pequeño fue tan ingeniosa como inquietante: “Porque me dijiste que vendría el coco y me comería. Ahí no podía verme. Además, me quedé con la tablet hasta las tres de la mañana vigilando que no apareciera”.

El coco no apareció. Pero el miedo sí. Y, por lo visto, también se quedó a dormir. Hace unos días, una compañera me relataba otra situación vivida en consulta. Una madre, agotada y sin saber cómo manejar determinados comportamientos de su hijo, había terminado lanzando una amenaza contundente: “¡Pues este año te quedas sin Navidad!”. Una sentencia que, probablemente, ni ella misma deseaba cumplir.

Y pensé: ¡qué curiosa es a veces nuestra manera de educar! Para conseguir que un niño duerma, le hablamos de monstruos. Y para lograr que se comporte, amenazamos con despedir a los Reyes Magos.

Detrás de estas escenas, que podrían protagonizar una comedia familiar, hay una cuestión bastante más profunda: ¿estamos educando para que nuestros hijos comprendan o simplemente para que nos obedezcan? Educar desde el miedo puede conseguir obediencia inmediata, pero no necesariamente aprendizaje. Un niño que se acuesta porque teme al coco no ha aprendido a descansar; ha aprendido a tener miedo. Y quien obedece porque le amenazan con quedarse sin Navidad quizá no comprenda qué ha hecho mal, pero sí descubra que aquello que más ilusión le hace puede convertirse en moneda de cambio.

La rabia tampoco suele ser buena consejera educativa. Cuando estamos desbordados, pronunciamos frases que no representan lo que realmente queremos transmitir. Confundimos poner límites con imponer castigos desproporcionados y, en ocasiones, exigimos a nuestros hijos una regulación emocional que nosotros mismos estamos teniendo dificultades para sostener.

Porque hay una paradoja maravillosa en la crianza: pedimos calma gritando, respeto amenazando y confianza sembrando miedo. Conviene decirlo también: las familias no necesitan otro dedo acusador. Educar cansa, desborda y, a veces, nos coloca frente a nuestras propias inseguridades. Nadie viene al mundo con un manual de crianza debajo del brazo. Y reconocer que nos hemos equivocado no nos resta autoridad; nos hace más humanos.

Desde la educación social sabemos que los límites son necesarios. Los niños y las niñas necesitan referencias, normas y personas adultas capaces de sostenerlas. Pero un límite no necesita dar miedo para ser firme, ni una consecuencia necesita humillar para enseñar. La autoridad educativa no se mide por el tamaño de nuestras amenazas, sino por la coherencia entre lo que decimos, hacemos y acompañamos.

Quizá deberíamos preguntarnos con más frecuencia qué hay detrás de nuestros mensajes. ¿Estoy enseñando o descargando mi frustración? ¿Quiero que comprenda o necesito que deje de molestarme? ¿Estoy respondiendo a su comportamiento o a mi propio cansancio?

La gestión emocional no consiste en no enfadarse nunca. Consiste en reconocer cuándo el enfado está tomando las decisiones por nosotros. En saber pedir disculpas, reparar, escuchar y volver a intentarlo. Y también en comprender que detrás de determinados comportamientos infantiles puede haber miedo, necesidad de atención, inseguridad o dificultades que merecen ser escuchadas. Fortalecer los vínculos socioafectivos significa precisamente eso: construir relaciones donde exista confianza para contar lo que sucede, seguridad para equivocarse y afecto que no dependa de portarse siempre bien.

Tal vez esta noche, en alguna casa, vuelva a aparecer el coco. O alguien amenace con cancelar la Navidad antes de que llegue noviembre. Si ocurre, quizá merezca la pena recordar que nuestros hijos no necesitan personas adultas perfectas, sino personas adultas disponibles, coherentes y capaces de reconocer sus errores. Y, sobre todo, que la infancia ya tiene suficientes monstruos imaginarios como para que los adultos nos empeñemos en hacerlos reales.

Al fin y al cabo, el mejor regalo educativo no lo traen los Reyes Magos ni lo esconde ninguna cajonera: es la tranquilidad de saber que, incluso cuando nos equivocamos, seguimos siendo queridos.

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