Oporto en tres días: el itinerario imprescindible para descubrir la cuna del vino portugués en un fin de semana

Oporto, Portugal.

Edu Molina

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Oporto se extiende sobre varias colinas junto al tramo final del Duero, en el norte de Portugal. La relación con el río y con el Atlántico ha marcado durante siglos la forma de la ciudad y su actividad comercial. En el centro histórico se conservan iglesias, edificios ligados al comercio y viviendas levantadas a distintas alturas. Esta zona fue declarada Patrimonio Mundial por la Unesco en 1996, una protección que incluye también el puente de Luís I y el monasterio de Serra do Pilar. Hoy sigue siendo uno de los principales núcleos urbanos de todo el norte del país.

Tres días son suficientes para conocer buena parte de sus lugares más conocidos sin demasiados desplazamientos. Muchas paradas están cerca y pueden recorrerse a pie, aunque las cuestas y las escaleras obligan a calcular bien los tiempos. Se puede dedicar la primera jornada al casco histórico, reservar la segunda para la zona próxima al río y las bodegas de la otra orilla y dejar el último día para algunos puntos algo más alejados del centro. Así se reparte la visita entre monumentos, paseos urbanos y la relación de Oporto con el vino.

Primer día: San Ildefonso, São Bento y las calles de Ribeira

La primera mañana puede empezar en la iglesia de San Ildefonso, cerca de la plaza de Batalha. Este templo barroco se levantó durante la primera mitad del siglo XVIII y sus torres se añadieron más tarde. La fachada está cubierta por unos 11.000 azulejos blancos y azules realizados por Jorge Colaço, con escenas religiosas. Desde aquí se llega en pocos minutos a la estación de São Bento, inaugurada a comienzos del siglo XX sobre el terreno que había ocupado un antiguo convento.

Estación de São Bento, Oporto.

Uno de sus espacios más conocidos es el vestíbulo, decorado con alrededor de 20.000 piezas cerámicas del mismo artista. Los paneles representan episodios de la historia portuguesa y escenas de la vida cotidiana. La siguiente parada puede ser la Sé, la catedral, construida originalmente entre los siglos XII y XIII. Por fuera mantiene un aspecto de fortaleza, mientras que las reformas posteriores incorporaron elementos góticos y barrocos. En el claustro también se conservan paneles de azulejos.

Después se puede subir hasta el mirador de la Vitória, en la parte alta del casco antiguo. Desde este punto se ven los tejados, las dos orillas del Duero y el puente que cruza el río. A continuación, el camino baja hacia Ribeira, donde las fachadas de colores se alinean junto al muelle. Sus calles y plazas concentran restaurantes y terrazas, por lo que es una zona cómoda para terminar la jornada y cenar sin alejarse.

Segundo día: Palacio de la Bolsa, puente de Luís I y bodegas de Gaia

La segunda jornada puede arrancar en la plaza del Infante Henrique, donde están el antiguo Mercado Ferreira Borges y el Palacio de la Bolsa. Este último comenzó a construirse en 1842 y estuvo ligado a la actividad mercantil de la ciudad. Su exterior neoclásico contrasta con unas salas interiores más decoradas, que se visitan mediante recorridos guiados. Entre ellas hay un patio cubierto por una estructura de vidrio y metal y varios espacios utilizados para actos oficiales.

Desde esta parte baja se llega fácilmente al puente de Luís I, inaugurado en 1886. La estructura metálica cruza el Duero en dos niveles: por el inferior circulan vehículos y peatones, mientras que el superior está reservado al metro y a quienes lo atraviesan a pie. Cruzarlo por abajo conduce al paseo de Vila Nova de Gaia, donde se concentran las bodegas históricamente vinculadas al vino de Oporto.

Puente de don Luis I, Oporto.

El nombre puede llevar a confusión, porque las uvas no se producen allí. Proceden de la región demarcada del Duero, mientras que Gaia tuvo un papel importante en el envejecimiento y la distribución del vino. Varias bodegas ofrecen visitas para conocer los diferentes tipos y los procesos de crianza, y algunas incluyen degustación. Después se puede subir al Jardim do Morro y acercarse al monasterio de Serra do Pilar. Regresar al centro por el tablero superior del puente permite hacer un recorrido distinto al de la ida.

Tercer día: Clérigos, jardines y el encuentro con el Atlántico

El último día puede comenzar en la Torre de los Clérigos, construida en el siglo XVIII según el proyecto de Nicolau Nasoni. Su mirador ofrece una vista amplia del centro desde otra altura. A poca distancia está la librería Lello, abierta en 1906 y conocida por su escalera central y por la decoración interior. Para entrar es necesario disponer de entrada, por lo que conviene revisar las condiciones de acceso antes de organizar la mañana.

La siguiente parada pueden ser los jardines del Palacio de Cristal, un espacio público con caminos y terrazas desde los que se ven el Duero y el puente de Arrábida. Es un buen punto para hacer una pausa antes de continuar hacia la costa, sin necesidad de entrar en otro edificio. Para llegar a la siguiente zona se puede utilizar el transporte público, incluido el tranvía histórico que recorre parte de la ribera.

La última parte del itinerario transcurre por Foz do Douro, el barrio situado junto a la desembocadura. Desde el jardín de Passeio Alegre se puede seguir por el paseo marítimo hasta las playas de los Ingleses y de Luz. En esta zona también están el fuerte de São João Baptista y el faro de Felgueiras, junto al dique. La visita termina así frente al Atlántico, sin necesidad de añadir una excursión fuera del área urbana.

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