Abrir una librería en tu barrio para celebrar 30 años de agitación cultural: 'es como un centro de salud (mental)'
Celebrar tres décadas de historia abriendo una librería en la calle Laín Calvo, en el barrio de Puerta del Ángel. Así han empezado el año en la editorial La Felguera. Nos plantamos allí y, de camino, nos topamos a Servando Rocha, factótum de la editorial, charlando con un vecino en la calle. Ya en la tienda, nos saluda Beatriz Egea, miembro de La Felguera que gobierna diariamente un espacio luminoso, lleno de libros propios y ajenos. Puestos al capricho. Conversamos brevemente con ella acerca de la librería como posta en el barrio y el atrevimiento de ponerse a vender libros con la que está cayendo. “Si, es difícil, pero el día que inauguramos la librería abrían varias más en Madrid”, advierte optimista.
Al lado del local está el viejo mercado de Tirso de Molina, en el que conviven puestos de toda la vida y bares. A su espalda, el edificio que sostiene la placa que recuerda que allí estuvo la Quinta del Sordo, donde Francisco de Goya pintó unas pinturas negras que se antojan muy cercanas al espíritu de La Felguera. En el horizonte de la calle contigua se ven, tan lejos y tan cerca, todas las torres y cúpulas del viejo Madrid. “Hay una presión tremenda sobre el barrio”, cuenta Servando Rocha refiriéndose, entre otras cosas, a los 35 bloques comprados por el fondo Madlyn en los últimos años.
Continuamos la conversación en una cafetería cercana y vuelve a salir la ciudad. El gran tema. “Este barrio ahora mismo es un laboratorio porque alrededor del mercado de Tirso de Molina no hay muchos sitios adónde ir, salvo El Montacargas y alguno más, pero los precios están igual que en La Latina”, dice.
Quieren ir con cautela, pasito a pasito –“como siempre hemos hecho con la editorial”–.Por supuesto, Rocha se ha involucrado con el suelo que pisa. En uno de los escaparates de la librería hay una foto del barrio en los años sesenta. “Estuve investigando, donde hoy hay un DIA había una tahona, en la esquina tocaron los Modern Lovers en el 84…”
No son recién llegados, llevan una década en el barrio, los últimos cinco trabajando en el local que ahora han convertido en librería. “Pero siempre que queríamos comprar un libro teníamos que ir al otro lado del río”, explica. “Recalcamos mucho que, igual que cuando montas una editorial te das cuenta de que no se mantiene por las novedades, tampoco una librería lo hace por quienes vienen a verte desde el otro lado de Madrid, ni por los turistas, sino por los vecinos y vecinas. Estos días han sido un no parar de gente pasando por la librería; sienten que es algo parecido a un centro de salud (mental)”, dice explicando que la tienda de barrio es un modelo de ciudad, “porque puedes ir allí a perder el tiempo”.
“Tenemos la ventaja de que el próximo mes publicaremos nuestro libro número cien y esta es una manera de ofrecer nuestro propio catálogo”, cuenta. “Vienen los comerciales de Penguin o de Random House, nos ofrecen los últimos best Sellers –Juan del Val o Reverte– y les tenemos que decir que aquí no van a estar nunca. Siempre hemos hecho las cosas de otro modo y esta es la libería que nos hubiera gustado visitar”.
De grupo de agitación cultural a narradores del Madrid secreto
Pero no se han plantado en 2026 con una librería de barrio y un centenar de títulos de repente. La Felguera nació en el año 1996 como un fanzine hecho en Tenerife desde la inconsciencia –“hay un libro pendiente que cuente toda esa historia”–. Luego, llegaron una tienda llamada Amor y rabia en Tenerife y un colectivo de trabajadores culturales. “Habíamos descubierto las vanguardias artísticas y a los situacionistas. Nos volvimos locos con ello e hicimos muchísimas acciones en Madrid durante una década –algunas legales y otras no tanto, con otros nombres–”, rememora Servando.
Interrumpe un momento la conversación para asegurarse de que la grabadora del móvil sigue en marcha. “Me pasó al principio del todo en una entrevista a Fermín Muguruza para el fanzine, que no se grabó”, dice.
En 2010 o 2011 se disolvieron pensando que el modelo estaba agotado, “con todo tipo de pomposidad, con comunicados”, recuerda. Crearon entonces el Instituto del tiempo, muy vinculado al Grupo Surrealista de Madrid, con el que hicieron charlas y debates durante algunos meses.
Estalló el 15M. “Fui abogado de alguno de los primeros detenidos”, recuerda. Es por entonces cuando deciden dedicarse exclusivamente a publicar libros. “Hoy en día lo hacemos muy bien, pero nos ha costado mucho llegar aquí, tenías que ver los primeros”, advierte divertido. “Intentamos abrir puertas”, dice con orgullo a modo de resumen del centenar de libros de La Felguera. Siguen, aclara, bebiendo de todo lo aprendido en los últimos treinta años del punk, el do it yourselve o las distribuidoras independientes de música.
Llevo de nuevo la conservación hacia la ciudad y a esta ciudad, Madrid, que es el objeto que mueve esta publicación. La Felguera está muy conectada a ella, a la memoria de los bajos fondos y de los que hasta hace poco no tenían voz. “Soy un obseso de la pocería, de bajar al lodo”, dice hablando de su pasión por descubrir archivos vírgenes en bibliotecas y lugares inesperados.
“Descubrimos que los libros se pueden contar por medio de paseos nocturnos, derivas, rutas... Presentamos el libro de William Blake en el cementerio inglés, en este mercado que tenemos al lado también hemos hecho cosas…”, dice. Justo después del 15M convirtieron la calle de la Montera en Whitechappel con motivo del primer libro que publicaron a Alan Moore y sus presentaciones fueron creciendo en expectación hasta que, un día, se encontraron con cuatrocientas personas a las puertas del mercado de la Cebada. Fue con Fuera de la ley, cuya presentación se convirtió en una auténtica manifestación no autorizada. “Ahora lo hacemos con invitaciones para que sea sostenible. Nuestra infraestructura se limita a un megáfono que casi no se oye”, dice y ríe, ríe mucho durante toda la entrevista. El secreto del éxito, parece tenerlo claro, es que “si invitas a la gente a jugar, va. pero si lo conviertes en una cosa de eruditos, algo tipo Pérez Reverte…”.
Seguimos hablando y cuesta elegir entre las frases sugerentes que dice Rocha. “Una de las cosas que más placer nos da es contaminar la alta cultura con la baja”, por ejemplo. Hablamos de contar Madrid como lugar de intercambio, promiscuo, interclasista… “En las mesas de mármol de las tabernas pasaba. Estaba Valle Inclán y coincidió con Mateo Morral un par de días antes del atentado”, apunta a modo de ejemplo.
“Madrid es un lugar cada vez más hostil, pero, por otro lado, tenemos que disfrutarlo. Hay que luchar contra la gentrificación. Va a pasar, es una derrota, pero ¿merece la pena librar esa lucha a pesar de ello? Sí”. Y se acuerda de Lavapiés. “Es terrible la expulsión que está sucediendo allí pero su grandeza es sentarte cualquier día en la plaza por la noche y ver la Babilionia esa brutal. En la izquierda nos perdemos las grandezas que pasan delante de nuestros ojos, y Madrid es un caos maravilloso”, dice. No lo comentamos pero, a propósito de Lavapiés, le recuerdo en 2024 participando vestido de cura en una jornada contra la expulsión de los vecinos de un bloque en lucha en la calle Tribulete.
“Madrid es un sitio cutre, mira la Puerta del Sol…el odio que le tenía Giménez Caballero, con lo de Madrid siete veces maldita, para desgreñadas, de gambas pisoteadas…pero es que sigue siendo un poco así si vas por la tarde noche…¡Y es el centro de la ciudad!”. Convenimos en que es parte de su atractivo y nos conjuramos, medio en broma, para tratar de pasar por encima de las energías negativas del Madrid de Ayuso sin dejar de combatirlas. “Y, de pronto, pasan cosas, como en el 15M. Y es en la Puerta del Sol, que es donde llevan pasando desde hace siglos. Madrid tiene esa tensión”.
Terminamos la charla caminando hacia el metro. Servando saluda al cartero. Me cuenta que en unos meses van a sacar la historia de la revista Interviu escrita por el periodista con Alberto Gayo; también publicarán pronto Divino resplandor, sobre los salones esotéricos en el París del XIX. Dejamos atrás la librería, que juega a ser la sede de una sociedad secreta cuyos adeptos, paradójicamente, son cada vez más y más visibles.