Acogimiento en primera persona: “no podía dejar de pensar, esto es lo que hace falta... que estos chavales salgan al barrio y convivan con sus compañeros”

En la casa de Cecilia hay un nuevo habitante

Llevo viviendo en Chamberí desde 1984 y siempre he conocido el edificio donde un cartel decía Residencia Infantil, pero no es hasta el año 2008, cuando entró mi hijo mayor en el colegio público Asunción Rincón, cuando conocí al primer niño de una residencia infantil. Todas las mañanas, a las nueve menos cinco minutos, un grupo de cinco niños y niñas llegaban con sus mochilas al cole, acompañados por una persona. El resto de las familias sabíamos que eran de residencia por una simple razón, no conocíamos a ningún padre o madre que les acompañara al colegio ni que le recogiera.

De estos niños nadie sabía nada y solo teníamos una ligera idea, siempre relacionada con protección de datos, con no saber sus nombres. Bajo el secretismo que les rodeaba había siempre una halo de peligrosidad que les acechaba y por eso suponíamos que no podían salir con nadie que no fuera aquel tutor desconocido por el resto de familias.

Como yo soy aficionada a la fotografía, durante varios cursos me ofrecí a hacer la clásica foto de grupo en las escaleras de entrada. Todos colocados, y el primer comentario de la maestras es: “esta niña tiene que salir de la fotografía, es de residencia y no puede aparecer”. El mundo entero se me derrumbó. No puede ser, esto no me está pasando. La niña obedeció y tuvo que presenciar cómo el resto de sus compañeros se hacían la fotografía. Creo que hoy todavía no se me ha quitado aquel mal trago.

Fueron pasando los años, en casa aumentamos la familia hasta tener tres hijos y nos movimos por distintos motivos del colegio Asunción Rincón al colegio San Cristóbal, también en Chamberí. Nada más llegar, como familia novata que éramos, empezamos a intentar hacer amigos y contactos. Rápidamente estábamos en varios grupos de whatssup: el del AMPA, el de karate, el del armario solidario, el de la fiesta de fin de curso, del viaje, la colocación del toldos en verano, la limpieza de tal espacio, la defensa del gimnasio donde se reunían los scouts

Pero no solo hicimos estos contactos para gestionar y participar de la vida en el cole, en la plaza contigua o en los cumpleaños. Mi marido y yo empezamos a comentar, con los más cercanos, que en verano nos gustaría irnos de vacaciones a montar en bicicleta por Francia. Otros años habíamos ido con nuestros hijos, pero queríamos ampliar el grupo. De estos comentarios pasamos a ser un grupo de 21 personas: 10 adultos y 11 niños y niñas, que durante cinco años nos hemos ido a Francia, Holanda, Alemania, Soria y Teruel, aproximadamente diez días cada vez. Hay familias con niños de los coles y ya somos un grupo que va más allá de la relación con el colegio.

Este año, entre estos grupos de Whatsapp, tenía uno un poco más extenso que se llama Meta-Ampa, donde están representados todos los colegios públicos y concertados de Chamberí, y aunque nuestros tres hijos ya no están en primaria he querido quedarme para estar informada de todo lo que sigue pasando en el barrio. En septiembre llegó un mensaje al Meta-Ampa, claramente reenviado, donde se explicaba con letras muy claras que había 13 niños y niñas en la residencia infantil de Chamberí que buscaban pasar un curso en familia. Ahí me quedé, pegada al dato: 13 niños y niñas de 7 a 14 años. Creo que lo leí, durante todo el día, una y otra vez. Se buscan trece familias, trece familias, trece familias… es decir, hay trece niños que buscan una familia en el barrio, a 800 metros de mi casa hay 13 niños que buscan una casa.

Me fijé bien y vi que había una reunión presencial y otra virtual. Me apunté a la virtual. Fue una charla organizada por unas asociaciones de familia acogedoras. Yo jamás había escuchado nada de esto. Nos explicaron que llevaban un par de años con este proyecto: sacar a un niño o niña para que viva en una familia durante el curso y sumarle una experiencia positiva de vida. Yo escuchaba la charla y mi cabeza, en paralelo, no podía dejar de decir: claro, claro, esto es lo que hace falta... que estos chavales salgan al barrio, que convivan con sus compañeros, que se les conozca, claro, claro…

La Comunidad seguiría con la tutela pero las familias gestionarían la guarda. Se buscan familias del barrio para que los niños no cambien de colegio o instituto; no hay ayuda económica pero cualquier gasto que genere el chaval estará cubierto por la Comunidad de Madrid, siempre y cuando se hable con anterioridad con la residencia.

La charla fue larga y nos dieron muchos detalles de cómo viven los niños en las residencias, cómo es la vida que llevan, cuáles son sus horarios, nos contaron que existen voluntarios que sacan a estos chavales de la residencia pero que lo que necesitan es hacer una vida normal... Que las salidas las tienen muy limitadas y que por eso no pueden hacer amigos fuera. Que tener una vida institucionalizada no es una buena vida y que a los 18 años se acaba su tiempo de estar tutelados y se tienen que buscar la vida.

Por supuesto, hablamos primero mi marido y yo. Y, después, una noche en la cena se lo planteamos a nuestros hijos…a los tres les pareció una idea estupenda. Hicieron muchas preguntas e intentamos contestarlas. Alguna fue: “mamá, papá, ¿y si al chaval le caemos mal?” Nosotros les explicamos que entre todos tenemos que intentar hacerle la vida agradable en nuestra casa, que tenemos que poner lo mejor de cada uno. Es un año en el que tenemos que compartir los espacios, la comida, el baño, los abuelos, los amigos, el mando de la tele, los libros... Vendrá a casa alguien más para jugar al balón, uno más para el juego de mesa y para compartir el día que haya pasteles.

Ha pasado mes y medio y el chaval, después de varios encuentros en la residencia y fuera de ella, se ha venido a vivir a nuestra casa. Hoy es su quinta noche y solo tengo palabras de agradecimiento a todas las familias que forman parte de la asociación Aseaf y que han puesto en marcha este proyecto. Gracias a Adriana que ha compartido conmigo y con mi marido cada gestión que teníamos que hacer con la Comunidad de Madrid, cada papel y cada retraso.

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