La vida madrileña de Augusto d'Halmar, autor de la primera novela gay en español

Augusto D'Halmar (1882-1950) - Memoria Chilena, Biblioteca Nacional de Chile

Si uno camina sin prisas por la pequeña calle de Loreto y Chicote, justo detrás de la Gran Vía, reparará en una lápida en la pared del número ocho de la calle en la que, bajo una cabeza en relieve, dice: “Aquí vivió y escribió lo mejor de su obra el ingenio de Chile Augusto d'Halmar. Los escritores de Chile exaltan su recuerdo en el Madrid que él tanto amó. A su eterna memoria esta lápida dedica el Excmo. Ayuntamiento de Madrid en 29 de octubre de 1958”. Efectivamente, tras aquellos muros (entonces la calle se llamaba Travesía de la Ballesta) transcurrió la etapa española del importante escritor chileno, una peripecia poco conocida –como el propio autor en nuestro país– que merece la pena recordar hoy.

Una de las características más atractivas del d'Halmar personaje es la pátina de impostura, o si se quiere de autoconstrucción, de su propia persona. El cincelado personal empieza por el nombre pero trabaja sobre una piedra de buen material: su nombre real es Augusto Goeminne Thomson y por sus venas corría sangre francesa, inglesa y criolla. Para huir de la herencia de su padre, un marino francés que no se ocupó de él, tomó un apellido lejano que, según la leyenda familiar, provenía de un tatarabuelo sueco. En el nombre elegido, sin embargo, resuenan tanto su origen paterno como el espíritu viajero del que hará gala a lo largo de su vida: del-Mar. La herencia del marino bretón también late en su pasión autodidacta por leer gran literatura en francés, que le posibilitará desarrollar su vocación literaria.

El modelado siguió con su característico dandismo, una pose aristocrática y europeizante que contrasta con la infancia humilde que vivió junto con sus hermanastras en casa de su abuela tras la muerte temprana de su madre; y con las connotaciones sociales de su Juana Lucero, ejercicio naturalista que le valió la fama en su país, ya en 1902.

Poco después de este éxito fundará junto a su amigo Fernando Santiván una comuna tolstoniana en el pueblo de San Bernardo. La experiencia aparece narrada en Memorias de un tolstoiano, de Santiván. A la finca pronto llegan otros artistas e intelectuales, como los pintores Pablo Burchard y Julio Ortiz de Zárate. En la colonia hará contactos que le facilitarán emplearse primero com secretario y luego en trabajos diplomáticos, que le permitirán pasar estancias en Calcuta, Bombay, Egipto, Londres, París o Marsella.

Tras pasar la Primera Guerra Mundial en Francia como corresponsal del diario bonaerense La Nación, vendrá a España en el año 1918, donde se establecerá hasta 1934. Aquí escribirá, a decir de algunos críticos, lo mejor de su obra literaria. Entre sus publicaciones españolas encontramos Pasión y muerte del cura Deusto (1924), que suele nombrarse como la primera novela de temática abiertamente homosexual en español. El libro narra la historia de un sacerdote vasco que, en su destino sevillano, cae rendido ante la sensualidad de un joven gitano. También son de esta época sus libros de viajes protagonizados por Zahir, un joven al que conoció en Egipto, “guía, enfermero, ratero y prestidigitador”, y le acompañó en distintos viajes.

Aunque oficialmente nunca salió del armario, en Madrid encontró resquicios para llevar una vida relativamente libre. Está claro que había círculos en los que algunos privilegiados sabían escapar del clima represivo hacia la homosexualidad que imperaba en la dictadura de Primo de Rivera. Cansinos Asséns dirá de él que “era el pontífice de un cenáculo de estetas a lo Dorian Gray”

En Madrid trató a muchos intelectuales, como Lorca, con quien alternaba en un salón del Teatro Eslava junto a otros miembros de la profesión teatral: Gregorio Martínez Sierra, la actriz Catalana Bárcena o los escritores Vidal y Planas y Antón de Olmet. También trataría a los hermanos Machado, entre otros nombres importantes.

Aunque no recibirá en España el mismo reconocimiento que algunos autores chilenos venidos aquellos años a Madrid, como Neruda o Huidobro, se podría decir que fue una figura relativamente bien considerada. Así, por ejemplo, en 1922 pronuncia tres conferencias en el Ateneo. A partir de 1926 escribirá columnas en el periódico derechista Informaciones, dedicando la primera de ellas a su amado Oscar Wilde.

 El también escritor chileno Luis Enrique Délano cuenta en sus memorias como, al llegar a Madrid en años republicanos, acude a conocer a d'Halmar, a quien considera un maestro. En el libro describe al escritor presidiendo una mesa en La Taberna de Calatrava, mesón de la calle de la Princesa (en aquel momento de Vicente Blasco Ibáñez) cuya heterogénea clientela estaba compuesta “por albañiles, chóferes, funcionarios e intelectuales”.

En su casa, adornada con recuerdos de sus viajes, servía a sus invitados café a la turca servido en tazas de porcelana y bronce orientalizantes. Mientras, él, fumaba en pipa. Aunque parece una obra de difícil acceso, tenemos entendido que su ensayo Teatro de cámara narra la historia de su hogar en la Travesía de la Ballesta, casa de la que ocupaba un par de habitaciones y en la que debía tener establecida una pensión. Sus días transcurrían de café en café y bebiendo vino de Valdepeñas. Fue asiduo a las tertulias de los cafés Lyon D’or (calle de Alcalá) y Reina Victoria (calle de San Bernardo) y dicen que Madrid, por alguna razón, convirtió en sedentario al viajero cosmopolita al que llamaron El Hermano Errante.

A su regreso a Chile será recibido como una figura literaria de primera categoría y en 1942 se convertirá en el primer Premio Nacional de Literatura del país. Hay constancia de que en 1934 el escritor estaba afiliado al Partido Socialista Obrero Español en Santiago de Chile y, tras el golpe de Estado franquista, participó en actos de apoyo a la República en su país (de hecho, fundó la Unión para la Victoria a favor de la República española y escribió un panfleto titulado Lo que no se ha dicho de la Revolución española). Durante los años siguientes, sus obras anteriores se editarán profusamente en Chile, seguirá escribiendo y ocupando puestos institucionales hasta su muerte, en 1950. Su epitafio dice "No vi nada, sino el mundo; nada me pasó, sino la vida".

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