Historia de la primera Biblioteca Popular de Madrid: 105 años de lecturas la contemplan

Biblioteca Pública Ruiz Egea. El edificio aún conserva el letrero de Biblioteca Popular

El pasado mes de noviembre se cumplieron 105 años desde que se inaugurara la Biblioteca Pública Ruiz Egea como Biblioteca Popular de Chamberí. La primera biblioteca de la red de bibliotecas populares –equivalentes a públicas– de nuestra ciudad. Hoy sus espacios se han quedado pequeños y desde 2006 está especializada en cine, música y material audiovisual.

Esta primera biblioteca de la barriada (y, de estas características, de la ciudad) se inauguró el 17 de noviembre de 1915 en el edificio del Colegio Cervantes, que abrió sus aulas poco tiempo después. Se inauguró con un fondo de unos 4000 volúmenes y estaba abierta desde las cuatro de la tarde a las diez de la noche. Ese mismo año, las bibliotecas y los bibliotecarios habían dejado de de depender de la Subsecretaría del Ministerio de Instrucción Pública y Bellas Artes para pasar a integrarse en la nueva Dirección General de Bellas Artes. Empezó a andar, entonces, el plan de crear las nuevas bibliotecas populares, pensadas para capitales universitarias y reguladas por una real orden de octubre de este mismo año.

Al acto de inauguración asistieron diversas autoridades, como el Subsecretario de Instrucción Pública, Jorge Silvela, el director de la Biblioteca Nacional, Francisco Rodríguez Marín y, según relataba la Revista de archivos, bibliotecas y museos, “las autoridades del barrio y los directores de las escuelas públicas y privadas y de toda suerte de creencias que existen en aquella zona”. La referencia a las distintas creencias se debía, claro, al cercano colegio protestante El Porvenir.

Los primeros bibliotecarios facultativos fueron Salvador Pérez Pascual y Florián Ruiz Egea, cuyo nombre lleva aún hoy la biblioteca pública heredera de aquella. Completaban la plantilla el auxiliar José Beltrán Illera, el conserje Luis Santamaría y el ordenanza Felipe Pablo. Pérez Pascual, que fue el primer director, era sacerdote de la diócesis de Zaragoza, doctor en derecho civil, licenciado en filosofía y letras y miembro del Cuerpo facultativo de Archiveros, Bibliotecarios y Arqueólogos.

Por las descripciones que aparecieron en la prensa y en las publicaciones del sector, podemos hacernos una idea de cómo era aquella primera biblioteca. El vestíbulo contaba con perchas para que, hasta medio centenar de personas, dejaran en ellas sus pertenencias. El conserje daba a cada lector una chapa con su número identificativo y la papeleta, donde se consignaban los datos de la obra que se quería consultar.

La biblioteca contaba con dos salas. En la primera se podían leer los periódicos del día y las revistas ilustradas, que, de manera parecida a como aún hoy se hace en nuestras bibliotecas públicas, se colocaban en bastones y eran de libre acceso. El salón estaba decorado con mapas y reproducciones de clásicos de la pintura española, como Velázquez o Murillo. Para los lectores –cabían aproximadamente una docena de personas– había cuatro atriles y una mesa. La segunda de las salas de la biblioteca era la de lectura propiamente dicho, en la que había asientos para unos sesenta lectores. Sobre sus mesas estaba el catálogo impreso, que también se había regalado entre el vecindario para que estuviera en el mayor número posible de hogares.

El proyecto pretendía llevar la lectura a los barrios populares y obreros, y los Cuatro Caminos parecía un buen lugar para comenzar la experiencia. El interés por la lectura obrera se adivina también en el hecho de que las papeletas de lector recogían, a título estadístico, la profesión u oficio de los usuarios. Sin embargo, la prensa burguesa trataba el asunto, en no pocas ocasiones, con cierta condescendencia. El Liberal, por ejemplo, decía a propósito de la inauguración: “Ahora lo que es preciso es que los vecinos de estas barrriadas sepan y procuren aprovechar mejora tan importante…Sería una pena, y hablaría muy poco en favor de Cuatro Caminos, el que una vez inaugurado ese centro tuviese que ser cerrado por falta de concurrente.” Poco después de la de Cuatro Caminos, se abrió la Biblioteca Popular de Inclusa, una de las barriadas más deprimidas de la ciudad, y en 1926 eran ya cinco las Bibliotecas Populares.

Pero la prensa erraba sus cálculos y las apreciaciones sobre la clase trabajadora que, si bien era analfabeta en proporciones importantes, tenía en la prensa y la lectura un claro horizonte emancipador. Según recogen las fuentes, desde el primer día el número de mesas y sillas se quedó corto, teniendo que leer muchos vecinos de pie, alrededor de la sala, apoyados en la pared o sentados en el suelo. Los obreros llegaban a la biblioteca a partir de las seis o las ocho y media de la tarde, cuando habían salido del trabajo. El viernes era el día de mayor concurrencia y, en cambio, los sábados –primer día con el jornal completo en el bolsillo– sus salas estaban desiertas. Menos de un año después de la inauguración, la biblioteca contaba ya con 7000 volúmenes y las referencias en prensa indicaban que la biblioteca popular se había quedado pequeña.

Las obras más leídas eran las propias del gusto popular de la época: Julio Verne, Alejandro Dumas, los hermanos Álvarez Quintero, Galdós, Palacio Valdés…Fuera de la ficción, tenían éxito los libros de historia, los de matemáticas o los de pedagogos, como Pestalozzi.

Llegada la Guerra Civil, Florián Ruiz Egea seguía siendo el bibliotecario de la casa (Salvador Pérez Pascual había muerto en los años veinte). Bibliotecario y Doctor en Filosofía y Letras, Ruiz Egea era hombre de derechas ( fue representante de Centro de Unión Monárquica nacional, sucesor de la Unión Patriótica de Miguel Primo de Rivera) y durante la guerra se afilió, seguramente por razones de seguridad, a la CNT. Acusado de quintacolumnista, fue asesinado en agosto de 1938 por el conocido chequista Felipe Sandoval, tal y como relata el documental El honor de las Injurias, de Carlos García-Alix.

Las Bibliotecas Populares de Madrid pasaron a llamarse Públicas en 1991 pero, en esencia, hay una continuidad directa entre aquella red y la de la Comunidad de Madrid a la que hoy pertenece la Biblioteca Pública Ruiz Egea.

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