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Por qué renunciar a la fe católica, apología de la apostasía

Acto de apostasía colectiva en el Obispado de Córdoba.

Querida persona que lee,

No voy a mentirte, si estás bautizada, escribo esto para persuadirte de que renuncies a la fe católica (apostatar) y que, después, salgas con tus amigas a celebrarlo. Me explico.

Los motivos para embarcarme en esto -pedirte que levantes el trasero y te movilices para apostatar- son personales; los fines, políticos. Concretamente feministas. Parto de la siguiente problemática: a pesar de ser un Estado aconfesional, España tiene unas relaciones especiales con la Iglesia Católica a nivel legal (véase la casilla de la Declaración de la Renta o la exención de pagar impuestos sobre bienes inmuebles), histórico, cultural y social.

En lo cultural y social, estas relaciones especialmente anómalas se traducen en la costumbre de bautizar a los recién nacidos o hacer comulgar a los niños por tradición. Dejando de lado lo folclórico (y la legítima discusión sobre qué tan bien está asociar a alguien a “algo” sin que le hayan empezado a asomar ni los dientes) tenemos un importante colectivo de personas que son miembras la Iglesia sin haberlo decidido.

No hablamos de una organización cualquiera. La Iglesia Católica -convendrás conmigo, y si en algún momento no lo haces, te invito a que me cuestiones- es una institución religiosa que recoge los valores más conservadores y reaccionarios de nuestra sociedad, que está profundamente ligada a la ultraderecha y que, si me permites el eufemismo, no es amiga precisamente de las mujeres y nuestra lucha por la igualdad de derechos.

De todos los entes patriarcales, la Iglesia, con su curia formada por un 100% de hombres, es de las organizaciones más abiertamente sexistas y misóginas que existen: lo es en la forma, las mujeres no pueden ser sacerdotisas (ni a obispas, cardenalas, papisas o diosas) y lo es en el fondo:

"A la mujer le dijo: Multiplicaré los dolores de tu preñez, parirás tus hijos con dolor; desearás a tu marido, y él te dominará."

Génesis, 3;16

Más allá de estructura y dogmas, déjame recordarte que, ahora mismo, con tu bautismo involuntario, perteneces a una asociación cuyo máximo representante opina en público que “la unión o el matrimonio homosexual es un estilo de vida anómalo, extraño a la identidad de los pueblos e irresponsable" o que “el aborto es un delito”. Bergoglio Dixit.

La misma institución que protege la tumba del dictador Franco, obstaculizando el desmantelamiento del Valle de los Caídos como centro de peregrinación fascista, y a la red organizada de pederastas más salvaje que haya conocido la humanidad.

Todo lo expuesto anteriormente son tristes hitos que caracterizan a la Iglesia actual y sé que no te descubro la pólvora, pero sí espero que te plantees si la sociedad que quieres construir es compatible con esos valores y esa agrupación. Y espero que actúes en consecuencia. Si en nuestro día a día aspiramos a una realidad más diversa, igualitaria y justa, debemos reconocer y renunciar a los lastres que nos anclan a un oscuro pasado donde la caza de brujas fue una actividad casi recreativa.

Desgraciadamente, cancelar tu suscripción a la Iglesia no va a tener consecuencias -negativas- en su financiación (por la partida de nacimiento que necesitas presentar durante el proceso de apostasía van a cobrarte 10€) pero sí en su poder. Aún siendo un ser vertiginosamente decadente (cada año se celebran menos bodas, se bautizan menos niños, se ordenan menos sacerdotes y ni aquellos que se dicen católicos participan de sus oficios) todavía conserva un peso político relevante e incompatible con un proyecto feminista de sociedad. Hagamosnos el favor de terminar con este trance y darle laica sepultura.

¿Por qué? La diferencia entre dejar que muera lentamente - como pronostican los datos- y romper con su agonía -como te propongo yo- es fundamental en la configuración del qué queremos ser. ¿Queremos ser los españoles que dejaron pudrirse la manzana hasta que se desintegró o los que la tiraron cuando era incomestible?

Querida persona que lee, si estás de acuerdo con este razonamiento -total o parcialmente- te invito a levantarte de la silla y romper con la Iglesia de una vez. Después sal a celebrarlo porque las buenas decisiones, las que se toman conscientemente y marcan el rumbo de lo que somos, hay que homenajearlas con alegría.

Y si no lo estás, te reto a que lo cambies.

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Todos somos machistas

El arcoíris reflejado en unas manos

Eso me dijo el tío, con toda su cara dura.

—Yo soy machista.

No me cuadraba. Es uno de los jóvenes más inteligentes, liberales y molones que conozco. Por eso mismo me contuve la retahíla de argumentos a las puertas de la boca. Lo escruté con curiosidad. Dio un trago a la cerveza, tragó y siguió hablando.

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Todo empezó en San Fermín

Concentración en Sevilla en apoyo a la víctima de Manresa /Foto: Carmen Pérez Acal

Hace pocos días, por fin, se dictaba sentencia firme contra los violadores de C. durante las fiestas de San Fermín del año 2016. El Tribunal Supremo, considera a todos y cada uno de los acusados, cinco nada menos, culpables del delito de violación, y les condena a 15 años de cárcel por ello. Esta sentencia, por fin, responde de manera unánime a la demanda de buena parte de la sociedad, que en el hecho que se juzgaba, veía claramente una violación y no un simple “abuso” como venían sosteniendo los diferentes jueces o magistrados que lo habían juzgado hasta ese momento, acabando así con la impunidad de estos delincuentes.

Aprecian los magistrados en su fallo, la existencia de una intimidación ambiental debida, entre otras cosas, al número de atacantes, cinco, frente a la víctima, que era sólo una, la corpulencia de los cinco hombres frente al físico menos potente de la mujer, y además apuntaba a que en todo momento los cinco violadores sabían perfectamente lo que estaban haciendo y, valiéndose de su superioridad tanto numérica como corporal, agredieron sexualmente a C.

En este contexto judicial, y por qué no decirlo, también social, la semana pasada comenzó en la Sección 22 de la Audiencia Provincial de Barcelona, el juicio a siete hombres por violar (presuntamente) a una mujer de 14 años. Estos hechos ocurrieron hace casi tres años en Manresa, concretamente el 29 de octubre de 2016, mientras los agresores y la víctima se encontraban haciendo “botellón”.

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Manifiesto del medio hombre

Fotograma del anuncio de Gillette

“Lo importante no es saber si un hombre nace,

lo importante es saber cómo se deshace”

Jara

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La Teoría Queer

Bandera del colectivo LGTBIQ+

Llamar a algo 'Teoría' lo unta de un estatus especial, como si cual adjetivo le propiciase un marco nuevo más científico y académico al asunto.

La Teoría (sí, sí, así con mayúscula) ha sido considerada tradicionalmente un corpus de conocimientos articulado de forma sistemática en torno a un objeto de estudios. Fuera de esa definición quedan pues muchas teorías postmodernas que en primer lugar no son enunciadas de forma ordenada y/o sistemática, que no nacen con una pretensión teórica o al menos académica y que además por su nivel de entropía no pueden ser definidas por una terminología concreta, lo que muchas veces las descalifica por poco claras.

Una de esas teorías, es la teoría queer. Lo realmente queer no puede teorizarse y ahí reside su originalidad y resistencia. Lo queer (rarito, torcido…) nació como oposición a lo gay (feliz) (1) en EEUU, cuando un grupo de lesbianas poco pudientes, chicanas y negras se hartaron de ser englobadas en el lobby rosa gayer incipiente.

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Contra la gestación subrogada: basta de instrumentalizar al colectivo LGTB

Activistas de Femen en la protesta contra la feria de gestación subrogada

Durante muchas décadas la extrema derecha y sus aliados han intentado relacionar al colectivo LGTB con todo tipo de aberraciones como las violaciones, el incesto la pederastia, etc. Esto supuso para el colectivo un estigma que, cumpliendo con el objetivo de estas acusaciones, retrasó la lucha por nuestros derechos y nuestras vidas y aún sigue presente en una parte de la sociedad.

En pleno 2019, la hermana de la extrema derecha, la derecha neoliberal, busca recrear una jugada parecida pero igual de dañina para el colectivo: relacionarnos con prácticas aberrantes, pero en este caso disfrazarlas como si de derechos básicos del colectivo se tratasen. Pongamos un ejemplo: un político liberal de turno financiado por el lobby de los vientres de alquiler necesita hacer campaña a favor de esta aberrante práctica para no quedarse sin su paguita. En este caso ni se lo va a pensar dos veces al intentar hacernos creer que la explotación del cuerpo de la mujer obrera es un derecho perteneciente a parte del colectivo LGTB.

Este tipo de argumentos implanta en el ideario que el movimiento LGTB ha luchado para poder acceder a los vientres de alquiler y que por ende el partido político que pida legalizarlos está luchando por nosotros, cuando quien realmente lo ha hecho son aquellas personas con alto nivel adquisitivo que quieren acceder al cuerpo de las mujeres con menos recursos de la sociedad y son quienes financian al político liberal de nuestra historia. Los vientres de alquiler no son un derecho de la gente LGTB ni de nadie, se trata de una explotación del cuerpo de la mujer obrera que se debe erradicar mediante la lucha de clases y el feminismo. No podemos dejar que nos utilicen para justificar la explotación de otros colectivos vulnerables sólo porque el partido político de turno su ponga la máscara de aliado y se suba a una carroza el día del Orgullo a hacer el paripé.

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Qué manía con lo del `Orgullo´

«El Orgullo puede ser tan bueno como montar en bici» / MalvaDisco.com

¿Por qué vamos a llamar Orgullo a este día si se pide igualdad? Por supuesto, cuando dices esto un gran número de cisheteros muestra respeto a esta reflexión (como hacían ante el hecho de que me empeñara en llamarlo el día por la igualdad LGBT). La inocencia, no solamente la ignorancia, es así de atrevida.

No se suelen dar cuenta, pero a las personas aún sometidas al filtro de lo cisheteronormativo lo anterior les resulta menos incómodo, los deja más tranquilos. Es un planteamiento que —sencillamente— no les cuestiona su normativa calma, pero a mí me da menos alas que el de «vamos a desmontar el género, que está todo muy podrido». Con el convencimiento de que mi misión era que los cisheteros me aprobaran, me contenté con la perspectiva de no valorar el nombre del Orgullo durante mucho tiempo. A muchas feministas les sonará.

Eso me pasaba en tiempos en los que también argumentaba que las luchas de la identidad (sexual y de género, la que tenemos las personas trans) eran distintas de las de la orientación (del deseo: les-gay-bi-asex, principalmente). Gracias a debatir en profundidad y leer sobre feminismo y transfeminismo, ahora veo cómo todas las disidencias de género tienen mucho en común. Al observar las dinámicas del cisheteropatriarcado, vemos que incluyen absurdas combinaciones de cómo tienes que sentirte, cómo debes actuar, cómo debes presentarte y cómo (a quién) puedes desear. Va todo juntito. Sin embargo, quienes salimos a la calle el día del Orgullo tenemos enemigo común: ese conjunto de ideas culturales centradas en un concepto de normalidad basado en una idea de lo neutro. Solo que ese falso neutro tiende al hombre cisgénero, heterosexual, blanco, nacional, de la cultura mayoritaria, formado, con liquidez, funcional típico, fértil, con un cuerpo canónico, joven… es decir, excluyente de mujeres, de personas trans, no heteros, de piel más oscura, de orígenes extranjeros, de culturas dominantes, sin formación, pobres, con capacidades distintas, infértiles, con cuerpos no canónicos o de mayor edad, por poner algunos ejemplos.

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Feminista, piensa a la deriva, que vamos a llegar a tocar la verdad con las manos

Virginia Woolf retratada por el pintor Roger Fry

Que digo que la señora Dalloway dijo que compraría las flores ella misma. No sé con seguridad si les resuena esta frase, pero me da que sí. La señora Dalloway comienza así un día en el que va a dar una fiesta, como señora burguesa de su casa que es. La intriga es que decide salir ella a comprar las flores para embellecer la casa en lugar de enviar a algunas de sus sirvientas explotadas. Es el inicio de una bellísima novela de Virginia Woolf que todo el mundo conoce aunque tal vez no haya leído. No pretendo hacerle una crítica marxista, que es muy obvia. Lo que ocurre es que llevo todo el día mirando las flores que mi madre coloca en vasos, botes, jarras, por toda la casa. La mayoría son rosas, y muchas van muriendo flotando en un agua amarillenta durante días. Siento cierto recelo, no las tiro a la basura ni les cambio el agua. A mi madre se le olvidan. Y ahí quedan como metonimia material de sus paseos solitarios. De sus derivas con el perro de las que luego no recuerda nada. Al menos nada que consiga articular en palabras.

Me he pasado la mañana mirando sin querer las que hay sobre la mesa, pensando sobre qué escribiría hoy. Y en mi cabeza la voz inicial de Mrs Dalloway volvía una y otra vez. Pensaba en cómo las flores eran signo de una deriva, de esa señora burguesa que sale a la ciudad a perderse en el pensamiento de su vida y el mundo; y de mi madre, esa señora que pierde la memoria y, quién sabe, encuentra algo en esos pocos momentos que pasa sola: unas flores, un placer, una alegría. Sentimientos y seres efímeros que vemos apagarse sobre la mesa. Tan bellas son las flores frescas y vivas en la huerta, como las flores que van muriendo en ese vaso. Las personas hacemos cosas terribles como cortar las flores y robarles lo que son en sí, las convertimos en otra cosa, en un amuleto, en un signo que encierra todo un mundo. Las hacemos artificiales.

Kant también pensaba con flores. Con flores secas, decía Derrida, se ponía a pensar en la belleza salvaje y libre. Derrida se reía de Kant con muy mala leche, y yo, sinceramente, no tengo ganas de seguirle la ironía a Derrida. Porque mirando las flores de mi madre, pensando en ese apropiacionismo humano de quedarse las flores para sí, de ir a buscar las flores para dejarlas morir, comprendo profundamente lo brutal y necesario de la belleza. Lo humanas que somos porque encerramos la belleza en algo que puede parecer brutal, y es al mismo tiempo tan delicado. Las rosas tienen espinas, y a pesar de las heridas que mi madre se hace en las manos al cortarlas, las trae a casa con cuidado y deleite. Y como una granuja también. Las hace morir junto a nosotras. Las extrae de su ciclo para llevárselas a la deriva de nuestras vidas.

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No son amigos, son amores: reflexiones en torno a un grupo de hombres

Dos amigos sentados en una calle del centro de Atenas / Elisa Reche

“Yo no tengo amigos, tengo amores”

Pedro Lemebel

Cuando me preguntan si el grupo de hombres es un grupo de amigos, les digo que no. Que un grupo de hombres solo se junta para esto: reunirse una vez al mes y hablar de las cosas que les pasan, pero que no se pueden contar en el ámbito cotidiano. Las cosas que se dicen en el grupo de hombres no son cosas que se puedan contar en el bar, en la casa, en la familia, en el trabajo… Porque se habla de temas que en esos ámbitos sonarían discordantes, hasta ofensivos. Hay una serie de expectativas que cumplir para ser hombre, y esos ámbitos son el nido de esos supuestos.

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Un cuento Disney para VOXtantes

El toro Ferdinando

«Prefiero quedarme aquí donde puedo estar tranquilo y oler las flores»

El toro Ferdinando, 1938

Cuando Santiago Abascal salió a dar su discurso televisado justo después de que hubieran cotejado los últimos resultados de las elecciones, con sus 24 escaños conseguidos, mencionó la defensa de los valores de España –como si estos fueran unívocos, y en cualquier caso, suyos-. Yo abrí mucho la oreja para enterarme bien de qué estaba hablando. En ese catálogo incluía «la tauromaquia, la Semana Santa y el retorno a esa vida rural», idílica, del ubi sunt. A mí, personalmente, para conformar sus principios supremos, se me antojaron algo pobres y bastante populistas. Imaginemos que me planto -yo misma- frente al micrófono y digo, muy seria, que quiero defender «Youtube, Disney y… los ramos de flores silvestres».

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