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¿Puede la poesía construir un espacio político de la lengua?

Ernesto García López

Hay una ley no escrita de la literatura occidental que dice que, cuando un escritor quiere mostrar su compromiso político o denunciar alguna injusticia, su literatura, su lenguaje, debe tender a la claridad, convertirse en algo transparente, en un mero vehículo para que las ideas, el pensamiento y, con él, la denuncia o la tesis, lleguen “sin interferencias” al lector. El problema de este planteamiento es que el lenguaje y la estructura “sencillos” suponen, en gran medida, una aceptación de lenguajes y estructuras conceptuales previas: no se pone en cuestión la realidad, ni la identidad, ni el discurso dominante: se usa ese lenguaje sin darse cuenta de que, en realidad, es ese lenguaje quien nos está usando, quien está limitando lo que es posible, imposible, visible o invisible. La poesía de denuncia puede negar o denunciar pero, al mismo tiempo que lo niega, le da fuerza y lo apuntala en su ser.

Este libro, “Los afectos”, podría considerarse “poesía social” porque hay en él una indagación sobre una situación de sufrimiento que vemos a diario: la crisis de los refugiados, especialmente desde 2015 hasta nuestros días. Pero la tentación en la que no ha caído Ernesto García López es la de hacer unos poemas sencillos que muestren las imágenes de degradación de estas personas, al mismo tiempo que revelan la indignación del autor contra los responsables para buscar la cómplice indignación del lector. Hay muchos poemas así por las redes sociales. Son malos poemas, la gran mayoría. De buenas intenciones, está la mala poesía llena. Eso lo sabemos. Porque si el poeta usa el discurso del político, está renunciando a su tarea de abrir nuevos espacios de pensamiento y de expresión. Si el poeta emplea la lengua del político, nosotros seremos “nosotros” (centro) y ellos serán “ellos” (invasión, periferia), y la frontera será la frontera, y solo se pedirá humanidad, justicia, compasión, solidaridad: cosas que entregamos al otro. Pero todo será lo que es, lo que nos han dicho que es.

La tragedia de los refugiados nos afecta y, si nos afecta, no podemos dejar simplemente que nuestro lenguaje la asuma y la neutralice en la identidad. Lo que nos afecta nos debe hacer salir de nosotros y de nuestro lenguaje. Ernesto García tiene la valentía poética de intentar afrontar una ética que no soslaya la cuestión del lenguaje, el poema y la lectura. Con lúcidas palabras que muestran el calado de su proyecto poético, lo explica en la contraportada del libro:

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¿Poesía como resistencia o como evasión elitista?

Gabriel Celaya

Gabriel Celaya escribió que “la poesía es un arma cargada de futuro”, y desde entonces no ha habido más que malinterpretaciones de esta cita.

Parece un tópico entre los más idealistas pensar que la poesía puede cambiar el mundo, o que si no es «social», no tiene suficiente valor; convendría revisar el papel que ha jugado la poesía, o la literatura misma, en nuestra historia reciente. Es cierto que se ha escrito y se escribe para denunciar, para poner de relieve determinadas realidades controvertidas e incómodas, y esto ha sido muy útil en ocasiones, pero no podemos valorar las obras —desde el punto de vista artístico—en función de su moraleja, porque no tienen por qué tenerla, ni tampoco linchar al autor por no ser lo suficientemente «comprometido».

Para empezar, toda poesía es social, porque ningún poeta —y me refiero al oficio de poeta—escribe con la intención de volcar sus penas sobre el papel, sino con la de darle forma a aquello que se siente desde la colectividad: el amor, el paso del tiempo, la muerte, la rutina… Son temas que han estado presentes desde el principio de los tiempos y lo seguirán estando, porque son temas que, mira tú qué cosas, a los humanos nos preocupan, al igual que las injusticias que vemos a nuestro alrededor. La clave está en saber poner voz a cada momento histórico, pues aunque se siente lo mismo, no se siente igual, ni se tienen siempre las mismas imágenes o referencias. En eso y en otras cuestiones técnicas consiste hacer arte, y es una de las actividades más comprometidas con la sociedad que se puede llevar a cabo.

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`Cambiar de idea´, Aixa de la Cruz

`Cambiar de idea´, de Aixa de la Cruz

Las reivindicaciones feministas que se han intensificado en los últimos años tanto a nivel mundial, con el movimiento #MeToo por ejemplo, y nacional, como las protestas contra la sentencia del caso de La Manada, han influido en muchos campos de nuestra sociedad. La literatura, como es natural, no ha sido ajena a estas demandas tanto a nivel estructural, con el necesario cuestionamiento de la escasa presencia que la mujer ha tenido en el canon tradicionalmente, como puramente literario. Son varios los libros que se han publicado recientemente con esta temática desde diferentes ópticas que van desde la ficción, como El aliado de Iván Repila, libro al que luego volveremos, al testimonio, como este Cambiar de idea de Aixa de la Cruz.

En puridad, el feminismo se aborda de manera directa tan solo en la última de las secciones del libro, “Cambiar de idea”, que, además de darle nombre al conjunto, expone las circunstancias de su redacción. Tras casi treinta años en los que la autora había huido de etiquetas como la de “mujer” o “feminista”, el caso de la brutal agresión de cinco hombres a una chica en Pamplona, conocido como “La Manada”, supone una especie de epifanía para de la Cruz que se da cuenta de la necesidad de unirse a esa lucha que hasta entonces no había sentido como suya. Como primer paso decide, como escritora que es, elaborar un libro sobre su experiencia como mujer en una sociedad donde en ocasiones no es fácil serlo y revisitar aquellos episodios que ahora adquieren una resignificación.

El contexto de redacción de Cambiar de idea también es importante, como lo suele ser en todos los libros autobiográficos como este. De la Cruz acaba de leer su tesis doctoral y se encuentra ante ese vacío que se siente cuando acaba un proyecto al que le has dedicado tanto tiempo. Además, su pareja, el también escritor Iván Repila, comienza a redactar a la vez que ella, “espalda contra espalda”, su nuevo libro, El aliado, en el que el feminismo también tendrá mucha importancia.

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"Imperiofilia y el populismo nacional-católico"

"Imperiofilia y el populismo nacional-católico", del catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense, José Luis Villacañas

Queremos acercaros este libro de reciente edición, “Imperiofilia y el populismo nacional-católico”, del catedrático de Filosofía en la Universidad Complutense, José Luis Villacañas, publicado por la editora madrileña Lengua de trapo. Un ensayo más que necesario para rebatir contundentemente a aquel fenómeno editorial que sufrimos hace ya un par de años con el archiconocido libro de María Elvira Roca Barea, “Imperiofobia” (Siruela).

Vaya por delante que yo mismo he tenido varias peleas con personas cercanas, personas con misma titulación universitaria, Historia, y que también he llegado a tener que “invitar a irse” a un personaje, más propio de una barra de bar mundana, de mi propia librería, todo ello gracias a los dislates y falacias que componen y maquillan un líbelo que ha sido reeditado y leído con pasión por aquellos que deseaban obtener un poso intelectual contra un sentimiento, “el de la Leyenda negra española”. Un poso que, ya en las primeras reflexiones de Villacañas, se nos  revela envuelto con un papel de regalo marcado por las escasas exigencias metodológicas. En sus propias palabras “…un caso ejemplar de populismo intelectual.”

El catedrático divide el libro de tal manera que hace un verdadera deconstrucción del de Roca Barea. De principio a fin, sin ambages, con un extenso prólogo en el que nos muestra las premisas en las que centra su crítica al “Imperiofobia”, como la errónea y deliberada manipulación del término Imperio, la deliberada contraposición entre el poder hispano y el británico (catolicismo contra protestantismo) o, sin duda la peor, que sea un libro que es un resultado de “opiniones, respecto a las cuales no ejerce distancia crítica, ni se preocupa por establecer coherencia entre ellas.”. Únicamente nos va dejando frases aseverativas y rotundas más propias del mesianismo más falaz, demostrando (a pesar de que seguramente Roca Barea desconozca este término y no haya leído al autor) que su discurre habita en el lo que Weber denominó “el nefasto hábito clerical de llevar siempre la razón.”.

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'Historia de España contada a las niñas'

Portada de 'Historia de España contada a las niñas'

Imagínate que eres una activista (rellena hueco para la/s causas/s concretas: feminismo, ecología, veganismo, educación, sanidad, justicia social…) y una escritora. Imagínate que te pones a escribir tu primera novela. Se te plantearán tres opciones. La opción uno es hacer una novela donde dejes bien clara la necesidad y justicia de tu lucha[1]; para ello, tal vez, tendrás que explicar ciertas cosas con mucha claridad, tendrás que dividir personajes en buenos y malos, y el lector habrá de terminar la lectura con un mensaje bien claro (rellena hueco para El Mensaje que tu novela debe transmitir). La opción dos es casi opuesta: ya dedicas mucho tiempo a la lucha en otros aspectos de tu vida: ahora que te sientas a escribir tu primera novela, lo mejor es ambientarla en un tiempo y espacio sin determinar, y crear unos personajes puros que te sirvan para mostrar tu maestría en el estilo y la composición, así como tu comprensión de lo más profundo del alma humana eterna y universal. Como sois lectores inteligentes, ya habéis visto la trampa en las dos opciones anteriores. Sí, vale, es la opción tres es la que ha elegido María Bastarós para regalarnos esta primera novela: contar una gran historia, crear unos personajes inolvidables, manejar un estilo envidiable, y hacer todo esto teniendo siempre muy claro que una novela habla de la realidad, y que quien escribe habita una sociedad que es ideológica y política por definición, y que todos esos conflictos tienen que aparecer, de una manera o de otra, en el mundo de ficción que estás creando. Creo que esta es la novela ideal para mi primera colaboración en un espacio de debate llamado “Leer el presente”, porque la opción tres, lo que hace esta novela es, precisamente, “Escribir el presente”. Énfasis en “escribir”, por favor.

-Me he perdido. Entonces, ¿es un panfleto feminista?, ¿hay una moraleja, una lección?

-No: es una novela, es una gran novela, llena de ironía y de personajes contradictorios.

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Amora o la belleza de lo insólito

Portada Amora (Raspabook, 2019), escrito por Natalia Borges

Al acabar la lectura de Amora y dejarlo sobre la mesita de noche, tengo la certeza de haberme desprendido de un belleza insólita.

Hay libros que iluminan sin pretensiones y todo lo que alcanzan a tocar se reinventa bañado bajo esa luz. Amora es luz y belleza.

No era tarea fácil. Natalia Borges Polesso habla de amor, sí, pero de amor entre mujeres. Habla desde la sencillez del cuento para edificar un universo coral y transgresor. Cuentos que son como ínfimas perlas que componen un collar único. Hay un in crescendo en la diversidad de historias que nos llevan a una trama única que se construye en el imaginario del lector. Esa excelencia me asombra: la construcción desde la sencillez de discursos completos y complejos. Evidencia una lucidez que adoro como lectora.

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'Factbook. El libro de los hechos': revolución distópica, criogenización y empresarios ahorcados

Diego Sánchez Aguilar, autor de 'Factbook. El libro de los hechos' (Candaya, 2018)

En un país instalado en una eterna crisis económica con la que se quiere justificar todo tipo de sacrificios, la corrupción y la impunidad dominan la vida política, y la resignación y el miedo se han apoderado de la gente.

Cuando el cuerpo del Presidente de la CEOE aparece ahorcado en un toro de Osborne, Rosa se debate entre el instintivo horror por la violencia y el deseo de que ese asesinato se convierta en el detonante de la revolución. Este es el punto de partida de 'Factbook. El libro de los hechos' (Candaya, 2018) y también uno de los muchos dilemas éticos que se suceden en la novela, invitando al lector a replantearse sus convicciones y a preguntarse qué ha hecho, qué podía haber hecho y qué está haciendo.

En este mundo distópico conviven una clínica ilegal de criogénesis en La Manga del Mar Menor, una clandestina red social (Factbook) cuyos miembros incitan a la rebelión a través de la objetividad de los hechos y los datos, grupos terroristas con nombres de banda de rock, agentes que vigilan y controlan las redes sociales en busca de conspiraciones y enemigos del sistema… A pesar de su apariencia fantástica, Factbook es, sobre todo, un lúcido análisis, nada complaciente ni nostálgico, de los últimos treinta años de la sociedad española y de toda una generación: aquella que vivió el 15M como un punto de inflexión que parecía abrir una puerta hacia algo que no se sabía bien qué era.

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Cuando la pregunta es el yo

En qué estábamos pensando (CENDEAC, 2017)

Preguntar a otros es, de forma muy íntima, mirar de frente hacia uno mismo. En la interrogación viajan las dudas, la manera particular de ver el mundo, algún que otro fantasma, el miedo… Por eso, aunque no esté, el periodista a menudo está en las entrevistas, se hace patente de una manera intangible y, de pronto, parece como si el lector mismo cuestionara, porque lo que ocupa la mente de las personas es, al cabo, siempre lo mismo. Y en ese bucle, en esa danza de ritmo ternario, se crece, se evoluciona, se avanza.

Se trata, al menos, de la sensación que deja la lectura de En qué estábamos pensando (CENDEAC, 2017), una recopilación de algunas de las mejores entrevistas con filósofos, poetas y creadores que el periodista Antonio Arco ha publicado en el diario La Verdad y que, por contexto temporal –y, ya se ha dicho, porque las preocupaciones del hombre, de la mujer, son apenas un puñado– abordan la crisis económica y de valores que ha marcado el calendario en este inicio del tercer milenio.

Pero antes, hablemos de Arco. Porque hay periodistas, sí, pero luego está Arco. Este hombre, de caligrafía infantil y apasionada, es un más allá de muchas cosas. El escritor y profesor de la Universidad de Murcia Miguel Ángel Hernández Navarro escribe muy bien en uno de los cuatro prólogos del libro: "Si, por encima de cualquier otra cosa, algo caracteriza el proceder de Arco es precisamente esa pericia para hacer aflorar el lado más auténtico y esencial del entrevistado". Me lo dijo así una amiga cercana, que hace algunos veranos se sentó ante la grabadora del periodista: "No sabes muy bien por qué, porque no le conoces de nada, y sin embargo acabas contándole cosas que no habrías imaginado decir en una entrevista".

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La palabra exiliada

Refugiados republicanos españoles en la biblioteca de 'Villa Don Quijote' de Toulouse, antiguo campo de Récébédou, 29 de octubre de 1945

El exilio tras el fin de la guerra civil tuvo muchos puntos de partida. Dejan huella las palabras de Max Aub sobre "los derrotados" en el puerto de Alicante esperando un barco que los sacara de la barbarie: <<Estos que ves, españoles rotos, derrotados, hacinados, heridos, soñolientos, medio muertos, esperanzados todavía en escapar, son, no lo olvides, lo mejor del mundo. No es hermoso. Pero es lo mejor del mundo. No lo olvides nunca, hijo, no lo olvides>>. Pero también ese último verso caído de Antonio Machado "Estos días azules y este sol de la infancia".

Muchos fueron los destinos, los más afortunados –posiblemente- aquellos que marcharon a México. Más dura fue la realidad de aquellos que cruzaron la frontera francesa en el invierno del 39.

Considero que la palabra unió y cohesionó al exilio español del 39. Es muy interesante observar la cantidad de asociaciones y organismos culturales que crearon los exiliados en México. Espacios, que permitían mantener unida a la comunidad refugiada, donde mantuvieron, pese a las riñas políticas, la esperanza del regreso a España; posibilidad que se fue diluyendo conforme se desarrollaban los acontecimientos en Europa.

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Cuando ya no queda nada

La novela 'Obituario', de Francisco Pino

La pesadilla es ver cómo el cuerpo se degrada, asomarse al abismo de una mente en erosión, reconocer al tacto las oquedades de la memoria, sentir que la decrepitud es realidad unívoca, incuestionable. Entonces un deseo: la muerte sin drama, una muerte sosegada, un abrazo leve y progresivo de sueño.

Miremos a Celia: doctora jubilada, amante y amada por un poeta octogenario desde… desde hace toda la vida. Observemos cómo su cabeza cada vez funciona peor. Lo sabemos, porque a nadie reconoce en algunos momentos; lo sabe, porque pese a no recordarlo, sus extremidades sienten que algo pasa.

Miremos a Tomás: viejo gramático, poeta por derecho, apasionado del latido y del momento, esposo (in)fiel y entregado. Observemos cómo su semblante se oscurece cuando su mujer de pronto es otra.

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