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Emboscarse está al alcance de cualquiera: una lectura de 'Ser bosques', de Jean-Baptiste Vidalou

Torre de vigilancia de la ZAD de Notre Dame-des-Landes

Este libro de Jean-Baptiste Vidalou es un repaso por algunas de las formas de resistencia relacionadas con el bosque, y también es una propuesta de emboscadura para cualquier persona que piense que lo comunitario no puede ser usurpado. El punto de partida de la cuestión de ser bosque es el siguiente: emboscarse significa vivir en el terreno en disputa, construir comunidad, para resistir al pillaje de las instituciones de la cuantificación y el mercado. Porque primero, dice Vidalou, fue la tierra, y luego la tierra comunal (la tierra vivida) y luego la lógica económica sobre la tierra, que a su vez tiene cuatro fases: evacuar, arrasar, extraer, explotar. Y eso sucede o puede suceder en la ZAD de Notre Dame des Landes, en el bosque de Avaniers o en Lejuc, pero también en las zonas verdes de un barrio, en las huertas que circundan una ciudad, en las casas que resistieron en el Cabanyal. Ser bosque no es ocultarse, sino activarse. Es volverse ingobernables. Ser bosque empieza por habitar un suelo.

En este razonamiento, la instalación de aerogeneradores en las colinas de las montañas es un error fruto de la lógica extractivista. Uno antes de este libro podía tener al respecto sentimientos ambivalentes. Por un lado, la blancura y la tersura, el silencio a distancia, la idea de lograr energía gratuita en diálogo con el aire, la ausencia de nube de humo y chimenea. Pero por otro la violencia sobre el terreno, ver que el horizonte te lo han cambiado, que han construido donde se pierde la vista, ese lugar predilecto e inalcanzable. Lo que explica el autor detrás del pseudónimo Vidalou aquí es que levantar una estructura así en una montaña es partir de que los recursos de la tierra son objeto de extracción: la tierra ha de ser gobernada, el ecosistema es una riqueza que debe ser monetizable, y el trabajo del ingeniero es sacarle el máximo partido posible (es decir, servirse de manera progresiva, a un ritmo que bordee el colapso) a un terreno que ha sido medido, cuantificado, ordenado. Es una acción que no viene de quien convive en el terreno, de quien ha hecho comunidad, de quien entiende que la línea recta no es la manera de llegar a dos puntos sino que el relieve te marcará ese camino. Que no tiene en cuenta, y es un ejemplo pequeño, que había quien paseaba por esa ladera y ahora no puede ni acercarse por el ruido y por las vallas. Caminar por una senda en vez de por una carretera y llegar más tarde es seguir la lógica del terreno que habitas. Poner un aerogenerador en la cima de una montaña es aprovecharte del terreno que pisas.

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Florescencia es sobrevivir

Kopano Matlwa

La traducción que Magdalena Palmer ha hecho de Florescencia (Kopano Matlwa) ha supuesto mi primer acercamiento a las autoras sudafricanas y, en realidad, a los autores sudafricanos en masculino genérico. La sinopsis de la edición que he leído (la primera de Alpha Decay) es tan certera que prácticamente destripa todo el argumento aunque obviamente no cuenta el final. Pero creo que quien haya leído la novela estará de acuerdo en que es algo totalmente permisible. Porque Florescencia es uno de esos trabajos en que la maestría de la autora es tan importante como los hechos que se narran.

Es una novela breve que se vale de una prosa delicada y a la vez dura en la que nada es gratuito ni pretencioso. Se trata de una especie de diario personal de Masechaba, médico sudafricana en la Sudáfrica post-apartheid, dividido explícitamente en cuatro partes. La narración intercala pasajes bíblicos muy breves que vaticinan o dan una idea de lo que sucede después de ellos. Además de a la medicina y a la fe, la obra está muy ligada al género y la condición de ser mujer (cis). De hecho, el primer título de la novela fue 'Period pain', que significa 'dolor menstrual'. Creo que se entiende qué quiero decir y que no hace falta entrar en la cuestión de personas cis y trans que sí menstrúan y que no.

En la primera parte se abordan temas como la independencia a través la formación y la profesión, la menstruación y los mitos y tabús aún asociados a ella, el duelo, el racismo o la xenofobia. Estos temas seguirán teniendo cabida a lo largo de todo el relato. Masechaba, que esperaba ayudar a su país haciéndose médico, se siente agotada e inútil por una cantidad de trabajo que le sobrepasa y la precariedad del sistema sanitario sudafricano. No siente que pueda cambiar nada y eso la deprime.

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Un universo dentro

José Alcaraz

La honesta voz poética de José Alcaraz se refuerza con cada nuevo libro que publica. Su responsabilidad ante la idea de configurarse una poética (a la antigua usanza de esa palabra, tan manida como mal usada), nos obliga a sus lectores a un cierto compromiso. Como a esos autores a los que uno recibe con temor y estupor. Temor porque cualquier lector de Alcaraz es consciente de que no saldrá de una pieza de esa lid: la de enfrentarse a su manera de entender la poesía. Temor ante el placer de enfrentarse a su lírica. Estupor, pues siempre sube la cota.

El mar en las cenizas no es un poemario "de los de ahora". Fue accésit del Adonais. Y eso, en muchos terruños desnortados, suena a obsolescencia. En redes sociales, directamente a rancio. O, peor, ni siquiera saben de qué estamos hablando cuando hablamos del Adonais.

En su corta carrera poética, Alcaraz nos ha enseñado mucho. Forma parte de una generación de poetas murcianos que se toman las cosas en serio y que no adelantan trabajo, porque saben que el poema también se escribe siempre en el futuro. Que la esencia del poema, lo que fue y lo que nos inspira, es distinta del hoy, donde surge la llama, la luz, y lo escribimos. Pero que lo es más, si cabe, el poema resultante en el mañana, cuando volvamos a él. Y, fundamentalmente, que es otro por completo para el lector. Que se emocionará con él, sí, pero por motivos que le son ajenos ya al poeta.

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La literatura de un bombero: una lectura de 'Sobre el fuego', de Larry Brown

Larry Brown

Tengo muy reciente la placentera lectura de 'Dar la cara', por lo que empecé con ganas y muy buenas vibraciones este nuevo volumen de relatos en castellano de Larry Brown, cortesía (de nuevo) de Dirty Works. Y si a esa buena predisposición le sumamos que, en el primer párrafo del prólogo de Ron Rash, hablando sobre la tarde en que prologuista y autor se conocieron, me encuentro esta perla: "Estuvimos varias horas, mano a mano, invitándonos a cervezas. No me acuerdo mucho de lo que hablamos", pues ya se trataría simplemente de pasar las páginas y disfrutar.

La sinopsis de la obra puede reducirse a una ecuación bastante sencilla que, sin embargo, da lugar a 176 páginas sin respiro:

Metabolismo del bombero = Adrenalina + Todo lo demás

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Un libro es muchos libros: una lectura de 'Dämmerung [o cómo reinventar los ídolos]', de Juan Romero Vinueza

Juan Romero Vinueza

"Los libros", dice el periodista Guillermo Busutil, "son los tatuajes de la memoria". Es cierto: un libro es memoria y parte, a la vez, de la memoria. A veces, de un modo evidente: allí están las biografías, los diarios, las novelas de no-ficción; otras, de una forma más sutil: ¿no parte toda la literatura de la experiencia propia?

Las lecturas, los autores amados, las escritoras cuyo verso tímidamente se ha intentado imitar, forman parte de esa tinta de palabras que imprime cada piel. Miles de páginas que construyen una visión, una forma de enfrentarse a la vida y, también, a la escritura. 

Y es, en el ocaso, cuando el día se calma y la actividad comienza a desacelerar, el momento en el que se nota el peso que la Literatura de otros tiene en la obra de un autor.

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Decepción de Nobel: una lectura de 'Cuando fuimos huérfanos', de Kazuo Ishiguro

El Nobel de Literatura japonés Kazuo Ishiguro

El confinamiento deja más tiempo libre para leer ficción y, también, más dispersión en la elección de las lecturas, de manera que me dejo llevar por esporádicas visitas a la biblioteca, donde se acumulan demasiados libros que no han tenido aún la oportunidad de ser leídos. Es así como ha llegado a mis manos 'Cuando fuimos huérfanos', de Kazuo Ishiguro, premio Nobel de literatura 2017. A pesar de sus 400 páginas se deja leer con mucha facilidad, dado que se trata de una novela de detectives donde el crimen a descubrir es la desaparición de los padres del narrador, en Shangai, cuando este tenía unos nueve años. El argumento es atractivo a priori, y las mañas del escritor para llevar entretenido al lector a través de una historia que abarca desde 1930 hasta 1958, muchas. Porque, vamos a decirlo de una vez por todas, este libro está pensado como un bestseller, está construido como una novela negra, está bien escrito, pero es indigno de un premio Nobel de literatura. Claro que si nos atenemos a la historia, el jurado de los premios Nobel de literatura es de los que menos aciertan. Por poner solo un famoso ejemplo, el año 1905, que contó entre sus candidatos con Tolstoi, lo ganó el escritor polaco Henryk Sienkiewicz quien, convendrán conmigo, no ha dejado una considerable huella en la historia de la literatura. Pero vayamos a la novela de Ishiguro.

Está dividida en siete partes, tres de ellas se desarrollan en Shangai y cuatro en Londres. La trama podría ser verosímil si el escritor hubiera puesto más cuidado en la construcción y en el montaje de la historia, que está repleta de saltos inexplicables, de acontecimientos cuya aparición no viene precedida de ninguna circunstancia que los haga creíbles, de casualidades propias de una mala película. Y digo película, porque, es evidente, también, que esta novela estuvo escrita para ser llevada al cine. No soy la primera, al parecer, en observar este descuido del autor, que ensambla aquí y allá lo que le parece bien para hacer el asunto más ¿atractivo?, en el peor sentido que el término atractivo puede tener en literatura. No soy la primera, decía, pues ya en 2000, cuando se publicó en inglés, el The New York Times dedicó una crítica a este libro en la que se afirmaba que se trataba de “Una novela decepcionante”, y donde el crítico, elucubraba sobre si el texto lo había escrito en colaboración con un programa informático, de lo automatizado y esquemático que le parecía su estilo, según recogía David Alandete en su reseña.

Pero veamos de qué defectos estamos hablando trayendo algunos ejemplos aquí. Si la primera parte, la infancia del niño en Shangai, la relación con su amigo japonés Akira y con su tío Phillip, es atractiva y está coherentemente construida, los problemas surgen a partir de la mitad de la novela, las cuatro últimas partes, donde el autor tiene que hacer extraños malabarismos para llegar a la resolución de su investigación, hasta descubrir qué les sucedió a sus padres. Cuando observamos los vericuetos incomprensibles que recorre para demorar la solución, incluso el lector menos atento pensará que se trata de un autor diletante, que emprende una primera novela sin ninguna maestría, sin lecturas previas ni autocrítica alguna. Pueden comprender que mi decepción no sería tan profunda si no se tratase de la obra de un Nobel, una obra que se supone modélica, elegida para entrar a formar parte del canon. En caso contrario, ni siquiera me hubiese molestado en trasladar aquí mis opiniones.

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Los funerales de Matteotti: reseña sobre 'M., el hijo del siglo' de Antonio Scurati

Antonio Scurati, autor de 'El hijo del siglo'

Scurati narra el ascenso de Mussolini desde que nacen los primeros fascios de combate entre los desencantados y los veteranos de la Primera Gran Guerra, hasta que el traidor (así le llama Scurati; el adjetivo 'cínico' también le casa) llega al cargo de Primer Ministro del Reino.

No se trata de una novela al uso, sino que el autor utiliza las cartas, los datos de historiadores y la hemeroteca para componer un friso histórico, donde prácticamente cada frase es una cita real. No es la primera vez que se hace un texto collage -se equivoca quien haya redactado la solapa- pero al tratarse de una obra tan larga, que saca a la luz datos y hechos que Europa tiene tan olvidados, el efecto es demoledor, inédito, único.

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El fútbol es un terreno en disputa

Sócrates, futbolista y médico brasileño (1954-2011)

Hace poco estrenaron Les misérables, la ópera prima de Ladj Ly. El arranque de la película tiene mucho que ver con este libro. Son imágenes de jóvenes viendo en las terrazas de París la final del campeonato mundial de fútbol, en 1998. Francia se enfrentaba a Brasil. ¿Por qué comenzar una película sobre los suburbios y sobre la violencia policial y sobre la posibilidad de una revuelta con planos del ambiente durante un partido de fútbol? Tiene todo el sentido.

Este ensayo de Mickaël Correia habla de fútbol, desde sus orígenes a la actualidad, y de cómo ha sido y está desarrollándose la disputa política en ese terreno. Desde que el mundo es mundo, los actos, cualesquiera, son políticos. Por supuesto en el deporte, que es un gesto lúdico pero también un gesto popular o capitalista, comunitario o patriarcal. Porque los gestos inanes no existen. Correia, en un trabajo de investigación encomiable y con una prosa clara, a veces trepidante y a veces calmada, y que todo lo cuenta de manera pedagógica -docere delectando-, nos lleva de un lado a otro y de un tiempo a otro, remarcando a cada paso esta naturaleza compleja y completa del fútbol: aquí se dirime tanto un gol en la portería contraria como una forma de entender la vida.

Cuánto se aprende, qué importante el ejercicio de visibilización que lleva a cabo el autor de Tourcoing (Francia). Uno desde Murcia había oído hablar del Sankt Pauli, de algunos jugadores que se habían salido del tiesto, de la revista Panenka, del libro de Quique Peinado sobre los futbolistas de izquierdas, de un ensayito que le regaló Dani, de Walden, y había gritado algunos domingos en las gradas del CAP Ciudad de Murcia. Pero poco más. Y aquí hay 500 páginas de nombres y apellidos, equipos de fútbol, campos, sucesos históricos, revoluciones, derrotas y victorias. Y como en todo ensayo maestro, enhebrando la vida ex campo con la vida in campo, aprendiendo historia cultural (tal cual) a la vez que historia chica del deporte rey.

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Diapositivas de amor-no-amor y de otras clases de precariedad

La autora Malén Denis

No sé si 'Litio' (Malén Denis, 1989) es muy buen trabajo, si me ha llegado en el momento óptimo o si ha sido una mezcla de ambas cosas. Quien esté pensando en leerlo por haber leído poesía de la autora, que lo haga. El lirismo también está aquí. Para quien quiera saber sobre él sin casi ningún destripamiento, que vaya directamente a la contraportada de su edición en español. Puede parecer obvio, pero yo había estado bastante tiempo sin que una sinopsis de una edición me pareciese tan acertada. Para quien ya lo haya leído o no sufra con los spoilers, aquí tiene más.

'Litio' se compone, más que de capítulos, de una serie de sketches o de “instantáneas”, como dicen desde la editorial. Cuando se empieza, el lector puede tener la sensación de que no hay un principio concreto, de que le han lanzado directamente a un nudo que tiene que ir desatando poco a poco. Esto junto con la fragmentación de la narración invita a pensar que tampoco va a haber un desenlace específico. Sin embargo, sí que hay un desenlace y esto me produjo cierto choque la primera vez que lo leí. ¿Será que sí que había un principio concreto pero no lo había visto en su momento? Al volver atrás y leer la primera instantánea se da uno cuenta de que sí. Y de que además estaba avisado desde la contraportada con eso de “huir”. Vi el posible comienzo cuando una vez terminado volví atrás a revisar. Como en la vida misma a veces.

La sensación de haber sido arrojado directamente hacia el nudo se debe a que en cierta manera es leer un diario personal o notas largas dirigidas a un “tú” masculino que es expareja de la narradora. El destinatario real, de haberlo, está dentro del propio relato y el lector del libro es una especie de espía. A mi parecer, el argumento puede dividirse en tres fases: La primera incluye desde “Bajo cero” hasta “Un relámpago”. La segunda, desde “Las espinas” hasta “Balas perdidas”. Y la tercera, desde “Desastre natural” hasta “Lo último”.

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Los años de formación de Aníbal

Miguel Carcasona, autor de 'Hannibaal

La novela histórica es un género no tan extendido en España como en Inglaterra o en Francia (mi admirado Max Gallo). Pero de un tiempo acá está creciendo. En ese crecimiento algo ha aportado, en calidad de forma y fondo, Miguel Carcasona, autor de Hannibaal, publicado en la editorial Pregunta (2019).

Cartago, Roma. Siglos III y II a.C. Territorio y memoria. El libro está ambientado en la historia antigua, concretamente en guerra contra Roma: la ciudad eterna, mítica, mágica y, en ocasiones, sensual. Es una peculiar novela histórica, porque demuestra la magnitud del personaje Hannibaal, a quien me imagino escribiendo estas crónicas (primera persona) en su retiro, añorando lo que fue y ahora ya no es. Melancólico de su propia memoria: amor, admiración, odio, violencia, soledad, crueldad, debilidad y nostalgia se alternan para ofrecer este retrato de un universo antiguo, inquietante y misterioso, salvaje y pasional.

Durante todo el libro, Hannibaal narra sus años de formación y aprendizaje junto a su padre y a su cuñado y también su desarrollo lejos de los suyos, de su casa. Ese crecimiento y evolución se da en un contexto de heroísmo y barbarie. Y porque no decirlo, en un contexto de viaje de ida y vuelta a su Ítaca, Cartago, pues sale de ella de joven y vuelve en edad adulta.

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