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Una brevísima historia sobre murcianas obreras

Mujeres trabajando el esparto a principios del siglo XX

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Asociar una determinada actividad con un arquetipo de género ha sido uno de los argumentos más recurrentes para ejercer cierto control sobre los cuerpos. En un principio, el ideal propuesto por el franquismo establecía que la producción debía ser masculina y la reproducción femenina. Este ideal romantizado basado en un esquema supuestamente tradicional chocó con la situación crítica de muchas familias y con una tradición asentada de trabajo femenino. La premisa propuesta por el Estado franquista se deshizo y solo quedó en el imaginario legislativo la posibilidad de una España de pequeños campesinos propietarios, portadores de unos supuestos valores hispanos. Esta propuesta invitaba a invisibilizar un pasado y un presente de arduo trabajo de mujeres, niños y niñas.

Los trabajos femeninos debían encajar con la base ideológica del régimen. El trabajo en el interior para las mujeres casadas era una imposición legislativa tanto en las leyes fundamentales redactadas en 1938 como la ley que regulaba el trabajo en el decreto de 26 de enero de 1944. Este tipo de trabajos pseudointeriores podían ser con el gusano de seda, el esparto o en el interior de las casas cosiendo. Más allá de esta tendencia, las zagalas más jóvenes y algunas ya casadas desarrollarán su actividad laboral en el campo y en las fábricas de conserva vegetal.

Las mujeres de clase popular más afortunadas tenían una taberna, un pequeño negocio de ultramarinos o una pequeña tierra que cultivar. Otro trabajo recurrente para las zagalas más jóvenes era servir como criadas en cualquier casa o finca con cierto poder adquisitivo. Otro trabajo en este contexto de precariedad era ir a lavar. Un eufemismo que utilizaban entre las vecinas para señalar a la que ganaba un dinero con la prostitución.

Mucha de la literatura histórica ha negado el trabajo infantil y femenino los primeros años tras la guerra, pecando de una mirada excesivamente deductiva y sin un contraste etnográfico, han sido ciegos a las prácticas reales. El trabajo infantil era muy usual. Muchas zagalas trabajaban dando de comer a los animales, en pequeños negocios o de criadas en las casas de los señoritos.

La mujer productiva, según el discurso institucional, lo era por necesidad, por tanto, se establecía que la mujer obrera no era un ente autónomo y no trabaja por voluntad. En 1944 la legislación determinó que la mujer era media fuerza y no una fuerza entera como el hombre. Estableciendo sueldo de niño, mujer y hombre de forma progresiva. Todo esto en un contexto dramático durante la posguerra en la Región de Murcia. Tal y como nos decía Martínez Carrión: “La situación era caótica, no tanto por los destrozos materiales y la pérdida de instalaciones o infraestructuras, como por los problemas de escasez de alimentos y de productos industriales y agrarios básicos”.

A este marco le debemos añadir que los trabajadores fueron considerados “culpables, y debían pagar su atrevimiento procediéndose a eliminar sindicatos y líderes obreros”, como apoyaba Fuensanta Escudero Andújar en sus estudios. Las mujeres cercanas a los sindicatos y las mujeres anarquistas murcianas agrupadas en la organización Mujeres Libres, o en la SIA -Solidaridad Internacional Antifascistas- fueron objeto de represión. Incluso en un contexto anarquista donde se era crítico con instituciones como la familia, los compañeros animaban a las anarquistas a ocuparse del hogar y de la calle. Así, desde posiciones libertarias también apuntalaban unas dinámicas de dominación masculina. Un ejemplo es como para unos trabajos en la retaguardia republicana murciana en Jumilla, tal y como nos explica Carmen González “se reclamaba sacrificio y esfuerzo, sin distinción de sexo, pero los ‘compañeros, anarquistas y socialistas’ se olvidaron de aplicar los mismos beneficios salariales sin distinción de sexo”.

Las obreras y anarquistas quedaron señaladas tras la guerra, eran conscientes de su derrota y por eso la falta de movilizaciones directas durante los primeros años de dictadura a pesar de la situación tan precaria que vivían las clases populares. Todo ello dejó un sistema de relaciones laborales tras la Segunda República en una situación que escenificaba la patronal como vencedora y los trabajadores como derrotados, dejando a los trabajadores cautivos y desarmados.

Desde un punto de vista legislativo se intentó crear un régimen disciplinario donde las trabajadoras eran observadas como sospechosas por su condición. El Estado quiso controlar la clase trabajadora haciendo una depuración según su ideología, todo ello a través de organismos como la Organización Sindical Española. La connivencia entre las empresas, sindicatos y el régimen franquista fue total cuando en 1942 se estableció el sindicato vertical, aniquilando cualquier otra opción de asociación de trabajadoras que recuerde a la etapa anterior.

Los tribunales militares fueron especialmente duros en Murcia con las mujeres que ocuparon cargos dirigentes en ciertas asociaciones como en la AMA -Asociación de Mujeres Antifascistas-, el Socorro Rojo Internacional o el Comités de Refugiados. Uno de las tantas víctimas de esa represión fue Antonia Nicolás López, llamada “La Chaparra”, sindicalista de la sección femenina de la UGT en Espinardo, otras muchas, fueron anónimas. Es imprescindible que las murcianas y los murcianos retomemos las injusticias de nuestro presente (no caigamos en la simpleza de que nuestro presente es ajeno a lo que sucede en las tramas sociales de hoy en día) y lo establezcamos como elemento central de la identidad murciana. Es comprensible la resistencia de muchos de aquellos que ejercen el poder a mirar el pasado, no vaya ser que nos enteremos que la posición de muchos de los señoritos de hoy es injusta e ilegitima. 

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1 de enero de 2021 - 10:35 h

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