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(II) Desde 'Actualidad Árabe'

Tropas estadounidenses colocando la bandera de EEUU en una estatua de Sadam Hussein (Bagdad, 9 de abril 2003)

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Eran años en que yo vivía con gran intensidad los acontecimientos en el mundo árabe-musulmán y también en el Mediterráneo, y por eso me dejé llevar por la aventura de editar el boletín Actualidad Árabe como “edición española” del que publicaba en París un tunecino al que conocí a través de amigos comunes y con el que cerré un acuerdo verbal en dos reuniones celebradas en su sede. En relación con los contenidos el acuerdo era que yo traduciría los artículos de interés general, que él me suministraba, y completaría los textos con temas de especial interés para España; al segundo número el tunecino cortó la comunicación y me dejó tirado, por lo que decidí seguir adelante sin contar con socio tan inseguro. La aventura, que se extendió por 1985-1988, me produjo grandes satisfacciones político-culturales, así como unas pérdidas económicas de un millón (de pesetas, claro).

Me ayudaba en la redacción la periodista Teresa Pacheco, colaboradora en otras tareas profesionales, y me asistían en textos y política árabe Adnan el-Ayubi, palestino, compañero mío de Políticas, y Chauki Rayess, libanés, también politólogo. La idea era producir además textos básicos, relativos siempre a cuestiones árabes, para lo que disponía de la editorial Ibn-Battuta, que había creado con ciertas (grandes) pretensiones en honor del gran viajero tangerino. El trabajo era ímprobo y las suscripciones escasas, pero ya digo que las compensaciones hicieron que la experiencia de tres añosa me influyera poderosamente.

Lo principal de esas compensaciones era la relación con los embajadores, diplomáticos y dependencias de las embajadas árabes, incluyendo las agencias turísticas, con viajes relajados como el de Túnez, que incluyó la visita de gran parte del país y de su litoral, con la isla de Yerba como etapa más interesante (y desde la que pudimos oír el bombardeo de Trípoli, abril de 1986, a cargo de la aviación norteamericana, que buscaba asesinar a Gadafi.

En julio de ese mismo año pude visitar Bagdad, con sus calores tórridos y la humedad del Tigris, cuando Iraq estaba en guerra con Irán: guerra no declarada pero que duró ocho años, y que no impidió que la embajada iraní en la capital iraquí se mantuviera abierta…. Pese al bloqueo informativo (¡y éramos periodistas invitados como tales para contemplar los éxitos bélicos de Sadam Husein!), supimos que ambos bandos se gaseaban en el frente, y para no ser testigos incómodos se nos mantuvo disfrutando de los mejores hoteles de la ciudad (Sheraton, Méridien), de sus piscinas y de su barra libre. Hubo turismo, desde luego, a los centros históricos shiíes, y por supuesto a Babilonia, pero no era ese el objetivo pactado de nuestro viaje.

En todo caso, Bagdad era una ciudad hermosísima, moderna y de costumbres abiertas, todo lo cual ha sido destruido después por el odio que Estados Unidos desató contra el dictador Husein, al que supongo que buena parte de la población actual -trastornada y sin grandes esperanzas- echa de menos.

También fue un año de un interesante viaje a Argelia, que la embajada argelina nos regaló a Teresa y a mí, y que fue eminentemente turístico-cultural (que era lo que yo necesitaba, ya que mi conocimiento de ese país se reducía a la capital y al desierto de Tinduf). Cómo no recordar la amabilidad e inteligencia de la ministra de Embajada, la señorita Saharaui, que en la visita nos proporcionó una entrevista con el ministro de Cultura, un historiador que había llevado al cine al viajero, escritor y filósofo de los siglos XVI, León el Africano (de nombre auténtico Hassan el-Wazan el-Garnati, granadino) cuya obra principal, Descripción de África (editada en 1941 por el Instituto de Estudios Africanos, desaparecido hace mucho), tuve el gusto de regalarle.

Eso fue en septiembre, y en noviembre pude disfrutar de mi primer viaje a Siria, invitado por la Embajada y por la primera secretaria, que sustituía al embajador, la señorita El-Ayubi (que, como mi compañero Adnán, tenían muy a gala llevar el apellido del gran Saladino, Salah Eddin el-Ayubi). Luego, en 1988-1989 volvería varias veces a Siria en una misión de Naciones Unidas para estudiar la costa, pero aquel primer viaje quedó imborrable en mi recuerdo, así como los dos compañeros con los que recorrí, gozosamente, el país: el guía árabe-argentino, Omar, y el chófer Muafat.

En Damasco conocí, por supuesto, a nuestro embajador, Jesús Riosalido, que también era un arabista de prestigio, y a su agregado cultural, Juan Luis Marcó, murciano que me “descubrió” al también murciano Mohieddin ibn el-Arabí, cuya tumba visité con unción. Mandaba en Siria Hafed el-Assad, padre del actual presidente y, como señalo al aludir a Iraq, me pregunto cuántos sirios echarán de menos los años anteriores a la guerra devastadora que sigue machacando al país.

Ese mismo año 1986 concedí la importancia debida a la agitación de la comunidad musulmana de Melilla que, teniendo como líder a Aomar Dudu, llegó a preocupar muy en serio al Gobierno español. Me dejé llevar e invitar a una gran manifestación, con la intermediación en Madrid de Mohammed Chakor, agregado cultural en la Embajada de Marruecos y, de paso, responsable (oficioso) de los servicios de información de Su Majestad cherifiana… Sabía que la cosa no tenía mucha gracia, y que en Madrid no se sabía bien cómo gestionar esa revuelta (y que Libia financiaba un fantasmal “Movimiento de Liberación de Ceuta y Melilla”), pero di cabida a todo esto en Actualidad Árabe, como era procedente. Recuerdo muy bien que aquel preocupante lío se pudo resolver, por fin, cuando Felipe González envió a su amigo, el policía Manuel Céspedes, como delegado del Gobierno.

Mis relaciones profesionales -que tendían siempre a ser personales y amistosas, lográndolo casi siempre- abarcaron otras embajadas, como la de Kuwait o Egipto, pero debo recordar especialmente las buenas relaciones que mantuve con el embajador de Qatar, Badel al-Hamar, gracias a su mano derecha, Fernando Ayape, gran amigo mío y arabista de formación y vocación; el embajador tuvo a bien financiar la edición del libro España-Israel: un reencuentro en falso, en el que coordiné los trabajos de media docena de muy competentes colaboradores, y que tenía la (ingenua) pretensión de dificultar el establecimiento de relaciones diplomáticas de España e Israel (lo que se consumó ese mismo año, 1986, de entrada en Europa y en la OTAN: el “paquete” era integral y España debía asimilarlo por entero).

Era aquel mundillo -de encuentros, fiestas y conversaciones que no siempre eran ortodoxas según los usos diplomáticos- de gran atractivo y, en ocasiones, de emociones y glamour, porque España todavía era considerada “la mejor amiga de los árabes” ante el mundo occidental. Todo eso fue cambiando, rápida y radicalmente, y ahora ese eslogan, entonces reconfortante y cierto, es sólo un recuerdo.

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