La semana pasada asistí a la inauguración de la exposición fotográfica 'Soledad-IA', de Gabriel Navarro, expuesta en el centro cultural Puertas de Castilla. En ella se puso de relieve que la Organización Mundial de la Salud declaró en noviembre de 2023 que la soledad es una prioridad sanitaria mundial y creó una nueva Comisión sobre Conexión Social. En la Unión Europea, se estima que unos 30 millones de personas se sienten solas con frecuencia. Casi el 93 % de los españoles considera la soledad no deseada como un problema social importante.
La soledad, la no elegida, es un vacío enorme. Difícil de explicar con palabras, o al menos el que escrito esto, se ve imposibilitado para ello.
Conviene detenerse en esa paradoja inicial, tan discreta como devastadora. La soledad que no se busca no se limita a ser una circunstancia pasajera; acaba modelando la conducta de quien la padece. No es solo la ausencia de compañía, sino una transformación más profunda: se altera la forma de mirar al otro, de anticipar el encuentro, de habitar la relación. El solo no solo está solo; empieza a pensar como alguien solo. Y así, lo que comenzó como una carencia externa se convierte poco a poco en una estructura interior.
La soledad no elegida no tiene nada del retiro fértil ni del silencio buscado a lo Thoreau. No es la distancia voluntaria del que se aparta para pensar, sino la intemperie del que ha dejado de ser convocado, o incluso invisibilizado por amigos, pareja, o un determinado grupo social, independientemente del tiempo. Es una experiencia de desposesión lenta y casi educada: nadie expulsa a nadie de manera explícita, pero las invitaciones se espacian, los mensajes dejan de llegar, las ausencias se normalizan. Se está, pero no se cuenta. Se existe, pero sin testigos.
Hay soledades que ennoblecen y otras que empobrecen. Las primeras suelen adoptar la forma de una decisión; las segundas, la de una condena tácita. En la soledad no deseada no solo se carece de vínculos, sino que se pierde progresivamente la destreza para crearlos, o si se crean, debemos saber desde dónde se hace. El trato se vuelve incierto, el encuentro sospechoso, la cercanía una fuente de riesgo. De ahí ese mecanismo defensivo tan frecuente como poco visible: evitar la relación para no exponerse a un nuevo abandono; preferir el aislamiento para no volver a sentir la soledad. Elegir, en definitiva, una soledad administrable frente a otra imprevisible.
Pero hay un elemento todavía más incómodo que conviene nombrar. A veces, los vínculos que nacen en el marco de la soledad, o del temor persistente a ella, no lo hacen desde la libre elección, sino desde la necesidad. Se establecen relaciones no porque se desee genuinamente al otro, sino porque se necesita a alguien; no por afinidad, sino por urgencia. Son vínculos defensivos, levantados como diques precarios frente al silencio. Y, sin embargo, esa misma necesidad que los hace posibles los vuelve frágiles. Cuando el vínculo nace del miedo a estar solo, arrastra desde su origen una tensión silenciosa: la de no ser del todo voluntario, la de sostenerse más por temor a la pérdida que por la alegría del encuentro.
Así, la soledad no elegida no solo vacía, sino que condiciona la calidad misma de los lazos. El otro deja de ser un fin y pasa a convertirse, sin quererlo, en un recurso. Y ningún vínculo resiste demasiado tiempo el peso de ser imprescindible. De ahí que muchas relaciones nacidas al abrigo de la soledad acaben reproduciéndola, incluso en compañía. Se puede estar acompañado y, aun así, profundamente solo.
En este punto, la soledad deja de ser un episodio y se convierte en una forma de vida. No es algo que ocurre, sino algo en lo que se vive. Y cuando se vive así, aparece el desarraigo. No solo el social: la falta de red, de comunidad, de pertenencia, sino también el interior. Uno empieza a sentirse fuera de lugar incluso en los lugares que habita; extranjero en su propia biografía. El desarraigo no consiste únicamente en haber perdido un territorio, sino en no reconocer ya ningún suelo como propio. La soledad no elegida es, en este sentido, una forma de exilio sin desplazamiento.
No es casual que este fenómeno haya adquirido visibilidad en sociedades que han hecho de la autonomía un ideal casi moral. Se prometió independencia y se entregó, con frecuencia, desvinculación. Se exaltó el poder bastarse a uno mismo sin advertir que nadie se sostiene solo durante demasiado tiempo. La soledad no deseada es, en buena medida, el efecto colateral de un modelo social que ha privatizado el cuidado y ha convertido la dependencia en una forma de fracaso personal, y el que ha casi erradicado la atención en tanto atender, cuidar y visibilizar al otro. Como si necesitar a otros fuera una anomalía y no una condición.
Desde esta perspectiva, resulta especialmente fecundo vincular la soledad no elegida con el derecho y el deber al cuidado. Reconocer el cuidado como un derecho humano autónomo supone asumir algo tan sencillo como radical: que la vulnerabilidad no es una excepción, sino una constante de la vida humana. Todos, en distintos momentos, necesitamos ser cuidados; todos dependemos, más de lo que solemos admitir, de la atención de otros.
Pensar la soledad no elegida desde esta clave permite, al menos, desplazar la culpa. No se trata de individuos defectuosos, incapaces de vincularse, sino de estructuras que no cuidan. De sociedades que han olvidado que vivir juntos no es solo coexistir, sino atenderse. Tal vez la lección más incómoda sea esa: que la soledad no elegida no es una rareza marginal, sino uno de los síntomas más elocuentes de nuestro tiempo. Y que solo empezará a remediarse cuando aceptemos, sin retórica y con consecuencias, que nadie debería quedarse solo sin haberlo elegido.