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Murcia y aparte es un blog de opinión y análisis sobre la Región de Murcia, un espacio de reflexión sobre Murcia y desde Murcia que se integra en la edición regional de eldiario.es.

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¿Puede el Trabajo Social ser sospechoso?

Archivo | Un grupo de personas migrantes acude a recoger la comida que ofrece Cruz Roja en la playa del Trampolín de Ceuta EFE/ María Alonso

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Hay momentos en los que una sociedad debería detenerse y preguntarse hasta dónde estamos dispuestos a llegar y la Región de Murcia está viviendo uno de ellos.

El discurso de la derecha sobre inmigración ya no se limita a reclamar más control de las fronteras, más medios para la Guardia Civil o una política eficaz contra las mafias. El siguiente paso es mucho más preocupante, convertir en sospechosos a quienes ayudan a las personas migrantes.

Vox lleva tiempo cuestionando la labor de las ONG que trabajan con migrantes, presentándolas como parte del supuesto “efecto llamada” y poniendo en cuestión la financiación pública de sus programas. Y el PP de López Miras, lejos de plantar cara a ese discurso, ha endurecido progresivamente su posición sobre inmigración para disputar a Vox ese espacio político.

El resultado es peligroso, el migrante deja de ser una persona con derechos para convertirse en un problema político, y quien lo atiende, es sospechoso de colaborar con ese problema.

Hay una víctima de esta batalla de la que se habla demasiado poco, los profesionales que trabajan cada día con las personas más vulnerables y entre ellos, los Trabajadores Sociales.

Una profesión esencial y, sin embargo, insuficientemente reconocida en España. Profesionales que no se limitan a conceder ayudas, como algunos pretenden hacer creer. Evalúan situaciones sociales, elaboran diagnósticos, diseñan intervenciones, acompañan procesos de inclusión, protegen a menores y familias, coordinan recursos y administraciones y trabajan para que las personas puedan recuperar autonomía y ejercer sus derechos.

Cuando un trabajador social atiende a una persona migrante no está haciendo política migratoria. Está haciendo su trabajo.

Cuando interviene con un menor extranjero no acompañado, no está premiando la inmigración irregular. Está protegiendo a un menor.

Cuando una ONG proporciona alojamiento, orientación jurídica o atención social, no está organizando ninguna invasión. Está intentando resolver, con recursos muchas veces insuficientes, una realidad que las administraciones públicas no pueden ignorar.

Por eso resulta especialmente injusto que se esté instalando un discurso que coloca bajo sospecha a quienes desempeñan esas tareas.

Porque detrás de cada expediente hay un profesional. Detrás de cada informe hay formación, conocimiento, responsabilidad y muchas horas de trabajo.

El Trabajo Social no es caridad. Es una profesión. Y una sociedad que necesita profesionales para atender a sus ciudadanos más vulnerables debería reconocerlos y dignificar su trabajo como merece.

Las ONG tampoco organizan las pateras, controlan las mafias ni provocan las guerras o la pobreza. Atienden a personas que ya están aquí.

Podemos discutir sobre fronteras, inmigración irregular, recursos y seguridad. Es legítimo y necesario.

Lo que no debería ser aceptable es convertir al migrante en chivo expiatorio y después señalar como cómplice a quien intenta ayudarlo.

Y aquí también debería escucharse con mucha más claridad la voz de la moral católica.

No toda la Iglesia murciana permanece callada. Organizaciones y colectivos católicos de la Diócesis de Cartagena han defendido públicamente la acogida, la dignidad y la convivencia.

Precisamente por eso cabe preguntarse por qué esa voz no resulta mucho más contundente cuando determinados discursos políticos señalan al extranjero y ponen bajo sospecha a quien lo atiende. Porque hay silencios que también tienen consecuencias.

Murcia conoce perfectamente la aportación de la inmigración. Miles de personas extranjeras trabajan en nuestros campos, empresas, servicios y hogares. Son parte de nuestra sociedad. Y también lo son quienes dedican su vida profesional a acompañarlas cuando más lo necesitan.

No necesitamos una sociedad que castigue la solidaridad. Necesitamos una sociedad que reconozca a quienes sostienen nuestros servicios sociales y que no permita que una profesión tan imprescindible como el Trabajo Social sea utilizada como munición en la batalla política.

Porque cuando se empieza señalando al migrante, después a la ONG, luego al trabajador social y finalmente a cualquiera que se atreva a defender la dignidad humana, el problema ya no es la inmigración, es la clase de sociedad que queremos ser.

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