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Un tsunami cualquiera

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El día que el agua se retiró de la costa acudimos a pasear por las playas, no por suicidas, sino porque de alguna forma supimos que aquel Lebeche era bueno, el aire limpio, el cielo oscuro y magnífico, la arena fresca. Acudimos con calma, confiados en la naturaleza, aunque no la sepamos entender, hipnotizados con los ciclos de la marea. Cuando hay bandera roja, un mortal con ínfulas es obligado a salir, por listo, de las olas. Obedientes con las consignas de los científicos, mientras duró la alerta no se bañó nadie.

Mientras los socorristas se encogían entre sus chubasqueros, atentos desde sus torres de madera, los que somos gente paseamos recordando lo más básico, aprendido en documentales y películas. Minutos antes de un tsunami cualquiera, el mar se retira de golpe y quedan al descubierto la arena, la flora y fauna marinas. Sin necesidad de maremoto, ya hemos visto a los peces boqueando en la orilla en el Mar Menor. Esto último es una herida todavía fresca en el imaginario colectivo.

Fuimos felices este reciente viernes de tormenta corta, con la certeza breve de que ese día no nos iba a destruir la gran ola. No es momento de bromear con profecías desde lo alto de un carro de fuego, pero recordaremos el verano del veintiséis, que pasará a la historia chungamente, si lo que viene o venga no lo supera. Hace tiempo vivimos como en los versículos de San Juan en Patmos, ese Apocalipsis escrito en griego koiné, la lengua antigua del Mediterráneo de Oriente. Ardieron bosques y pueblos enteros, tembló la tierra varias veces, este calor insufrible nos derritió los sesos. Nos duele Ceuta y la pobre gente varada en sus orillas, a la que no quieren ni muerta. Los chinos piden al cielo que no te mande todo lo que puedas soportar en esta vida y, sin embargo, la ciudad resiste. Resistir abre caminos, pero aguantar es como perder la guerra, sea híbrida, convencional, siempre rastrera.

Cuando hablamos tanto del dolor ajeno, mientras nos espolean para doblegarnos con el miedo, consuela un poco saber que, de momento no te está tocando ese boleto. Eso es humano, y mucho, se trata supervivencia. Por ejemplo, el Ayuntamiento ceutí ha celebrado su Día Grande a pesar de todo. Ahora que veo algunas ciudades con las plazas llenas en señal de apoyo, permítanme que tanta empatía manipulada por quiénes sabemos no me conmueva.

Las instrucciones son simples. Un enemigo externo, común, mensaje fácil, eslóganes cuanto más brutos, mejor. Aunque las metáforas biológicas son las que molan, para lo de Ceuta funciona lo de Invasión. Puede que vuelvan esa gente podrida al Tarajal, para quemar otra vez a los nadie sus pocas pertenencias. Impedir que les llegue agua y comida. El Pepoxerío envenena la convivencia en nuestras calles, señalando a gente oscura. A ver si el fin del mundo era esto.

No me detengo en más trucos como el amor estéril por épocas del pasado, porque me viene la imagen de ese gandul XXL con un morrión en la cabeza. Lo de amplificar las alarmas con granjas de bots y los cien mil bulos low cost tampoco es nuevo. Cuando llega la gran ola, solo te salvas si te subes a lo más alto, que en este caso no es el Chamonix, sino la compasión y el pensamiento.

Lo sorprendente es que, con lo que ya sabemos, no veamos en tiempo real y no lo que la pandi reaccionaria, tan vergonzosamente nazi, nos cuenta. La parte buena (siempre la hay) es esa mayoría que no ha ido a estas concentraciones con consigna, tan modo cuchillicos largos. Un español de bien no está donde una turba insulta tan feo a su presidente, le haya votado no. De esos coros vienen estos lodos. Llegarán mejores tiempos, sí, igual que vino, después del No-maremoto, el aire fresco. Para limpiar la atmósfera en nuestras preciosas costas de eternos nitratos y de emisarios rotos. Por el camino, recordaremos los versículos del Apocalipsis, mientras este planeta azul sigue girando, a pesar de lo nuestro. Hasta que ocurra eso, invocaremos otra ola grande, imaginaria y pura, que se lleve la maldad, como el romero bueno.