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El rostro de la economía sumergida

Mi madre es una de esas mujeres trabajadoras que siempre llevo en mi cabeza por todo lo que ha tenido que luchar durante toda su vida para salir adelante. Ahora mismo tiene 69 años. Comenzó a trabajar cuando tenía tan sólo 12, dejó bien pronto el colegio porque tenía que ayudar a la economía más que humilde de su entorno familiar.

A veces, cuando me deja notas y veo lo mucho que le cuesta escribir, por no haber podido ir a clase para aprender a leer y escribir, una punzada se clava en mi corazón, recordándome lo mucho que ha hecho para que yo estudie y tenga mi licenciatura.

Desde los 12 años hasta los 32 trabajó en el sector de la conserva de Archena, haciendo alcachofa, pimiento, tomate, (…), trabajando en jornadas maratonianas, aguantando tratos que hoy serían tipificados como acoso moral y laboral en el entorno de trabajo y mil historias que te hablan de una raza de seres despreciables que se mueven en el inframundo de la economía sumergida: los jefes del dinero negro.

 

Los jefes del dinero negro dilapidan las vidas de las personas mientras engordan sus cuentas corrientes

 

A pesar de los 20 años que ha trabajado mi madre en el citado sector, sólo tiene 3 días cotizados en su vida laboral. Pero no sólo ella: del orden de 500 a 600 corrieron su misma suerte. Muchos años trabajados que quedan en nada a efectos legales, ya que los “jefes del dinero negro” se encargaban de seguir enriqueciéndose a base del sudor de gente trabajadora. En este caso, mujeres trabajadoras.

Sólo tengo adjetivos para describir la situación como injusta, lamentable y ruín, aunque lo bochornoso del caso es que en el año 2015 el rostro de la economía sumergida en la Región de Murcia esté más presente que nunca.

En concreto, un último estudio presentado por los técnicos del Ministerio de Hacienda (Gestha) establece que la economía sumergida en Murcia supera el 26% del PIB regional, lo que se traduce en más de 7.000 millones de euros de barra libre para esta subespecie que son los jefes del dinero negro, que actúan en diversos sectores empresariales y que son auténticos trileros del sistema económico, que dilapidan las vidas de las personas mientras engordan sus cuentas corrientes. ¿De verdad debemos creer que no hay nada que hacer, y que sólo nos queda resignarnos y seguir soportando estas prácticas odiosas? Disculpen, pero no lo puedo creer.

Es curioso que a pesar de los años de diferencia, los rostros de la economía sumergida sean los mismos. En los años de trabajadora de mi madre como en la actualidad, las generaciones posteriores heredan el problema. Como si se tratase de una maldición que estamos abocados a sufrir. Quizás sea el momento de plantarse y dejar que a los inspectores de trabajo les dejen hacer su labor y erradiquen, de una vez por todas, esta plaga deleznable de nuestra Región.

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