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Mi baja por maternidad como autónoma: ir a eventos con los pechos a punto de reventar y atender llamadas en el hospital

Ser madre autónoma es atender la crisis comunicativa de un cliente dos días después de dar a luz, o dejar a tu niño con el pañal sucio porque te ha entrado una llamada importante

Urge pensar un sistema de ayudas real para que quienes trabajamos por cuenta propia podamos permitirnos, si queremos, ser madres o padres

La lactancia materna tiene múltiples beneficios para el niño y la madre.

Son las once de la noche de un miércoles de mediados de enero. Por fin he conseguido sacar un hueco para mí. Mi bebé de tres meses se ha dormido y tengo unas horas hasta la siguiente toma. Enciendo el ordenador. Reviso el email en diagonal, contesto un par de whatsapps, emito varias facturas. Tomo notas de algunas llamadas de clientes que he ido atendiendo a lo largo del día con el niño colgado de una teta.

Soy autónoma y madre reciente. Aunque todavía no he terminado mi permiso de maternidad, ya estoy trabajando. Informalmente, a medio gas y priorizando el cuidado de mi hijo, pero trabajando. En realidad, nunca he dejado de hacerlo. Desde que me quedé embarazada asumí que tendría que apañármelas sola.

Los primeros meses disimulé a base de muchos cafés y prendas holgadas. El cansancio del segundo trimestre lo compensé bajando el ritmo, renunciando a proyectos que implicaban mucha carga de trabajo (y cobrando menos también). En el tercer trimestre me aboné al aire acondicionado para poder apurar hasta el último minuto. Nada de cogerme unos días para descansar y prepararme para dar a luz. De hecho, un viernes estaba trabajando y ese mismo domingo me puse de parto.

En mi caso soy autónoma por elección: opté por esta modalidad para crear mi propio proyecto. No soy falsa autónoma ni autónoma precaria, como le ocurre a miles de mujeres. Tengo una pequeña agencia de comunicación que funciona muy bien, así que asumo que parto de una buena situación. Pero lo cierto es que, te vaya bien, regular o mal, si eres trabajadora por cuenta propia, tu maternidad también lo es. Cuando trabajas para ti, los permisos, bajas o vacaciones son, cuanto menos, peculiares. No existe la desconexión total: siempre hay una llamada que atender, un mensaje que contestar, un proyecto que revisar. Es tu empresa lo que está en juego, así que si hay que atender un asunto urgente, los derechos laborales quedan al margen.

Si ya en general las ayudas a la maternidad son escasas y poco efectivas, en el caso de las autónomas son prácticamente nulas. No existe ninguna medida sostenida en el tiempo que fomente la maternidad de manera efectiva. Ni hablar de un plan integral contra la brecha salarial y la discriminación laboral hacia las mujeres. Esto en un país con una tasa de natalidad cada vez más baja.

Ser madre autónoma es atender la crisis comunicativa de un cliente desde el hospital, dos días después de dar a luz. Es fingir que se te cae la conexión durante una reunión por videoconferencia que te han puesto en plena cuarentena, porque con los puntos no aguantas sentada más de media hora. Es asistir a un evento durante tu permiso, abusando de los abuelos, y tener que volver corriendo a casa porque tu pecho amenaza con estallar de tanta leche acumulada. Es dejar a tu niño con el pañal sucio más tiempo de lo recomendado porque te ha entrado una llamada importante. Es preguntarte continuamente si lo estás haciendo bien como madre cuando te pasan este tipo de cosas.

Ser autónoma y madre es que te sigan cobrando la cuota cuando ya estás de baja y tarden meses en devolvértela, los mismos que tarda en llegar la prestación por maternidad –que no llega a los mil euros–. Es tener que apretarte mucho el cinturón para contratar a una persona que te cubra durante los meses de permiso para mantener tu cartera de clientes. Pero también es poder volver paulatinamente al trabajo después del permiso, o incluso trabajar desde casa. Es poder disponer de tu tiempo cuando el niño lo necesita. Es, en definitiva, buscarte la vida, para lo bueno y para lo malo.

Para mí, todo este proceso ha sido una cuestión de elección: ser madre o seguir creciendo profesionalmente con mi agencia. Pero no dejo de pensar en quienes no tienen alternativas. ¿Qué pasa con esas falsas autónomas que dejan de facturar en cuanto se toman un permiso porque no pueden permitirse contratar a alguien que las sustituya? O con las que no tienen un colchón económico o familiar en el que apoyarse. ¿De qué viven los meses en los que la prestación no llega pero la cuota sí se la han cobrado? ¿Cómo pagan los pañales, las vacunas, las escuelas infantiles para sus hijos e hijas?

Urge pensar los nuevos tipos de trabajo, cada vez más lejos del modelo tradicional de asalariados. Establecer un sistema de ayudas real para que las personas que trabajamos por cuenta propia podamos permitirnos, si queremos, ser madres o padres. Para que podamos disfrutar realmente de derechos laborales como las bajas o el paro; para que coticemos de una manera justa y proporcional a nuestros ingresos. Para que podamos organizarnos la vida sin tener que estar haciendo equilibrismo para conciliar nuestra vida familiar y laboral.

Son ya las dos de la mañana. El bebé se ha despertado para comer, reclama su espacio. Apago el ordenador y enciendo la teta.

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