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Nosotros, que estamos muertos

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en números. Fracturas matemáticas. Rotos, descompasados, presumimos de ser la sociedad mejor informada de la historia. Y eso es una mentira aberrante.

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Miro las fotografías. Dejo el dedo suspendido sobre la pantalla del iPhone. Me digo, María, siente algo. No pestañeo. María, piensa algo. Inclino la cabeza hacia un lado y trago saliva. Creo que estamos todos muertos. Sigo mirando las imágenes. Le hablo a la chica que vive dentro. Le ruego, María, llora. Y ella se queda ahí, en modo pausa, con ese cerebro absurdo que trata de resolver problemas inmediatos. El seguro de la casa. La letra del IBI. El material escolar.

Los niños muertos permanecen tumbados boca arriba. Podrían ser los nuestros, ahogados tras un descuido en un bonito día de playa. El caso es que ha dejado de importarnos. Ha dejado de importarnos todo. A estos niños muertos los he matado yo. Los ha matado usted y los hemos matado todos. Los seguimos matando una y otra vez, con cada like a sus camisetas azules y barrigas al aire. Los seguimos matando cada vez que compartimos, cada vez que escribimos una nueva publicación y agregamos "qué vergüenza", "somos una mierda" o "¿en qué tipo de mundo vivimos?". Y luego seguimos desayunando. Tostada. Tostada y café. Tostada, café y zumo de naranja.

Es ésta una época extraña, pornográfica. No existe sensibilidad. Párense a pensar en el pánico que sintieron al observar cómo se arrojaban personas desesperadas del World Trace Center después del ataque terrorista y comparen ese sentimiento con otro más actual, el de los otros muertos, los que se ahogan ahí al lado, el Mediterráneo, quién no ama el Mediterráneo, playas blancas, aguas turquesas. Una tumba, diremos desde nuestra hamaca en Thira. Póngame otro cóctel de champán, por favor. Una fosa común, afirmaremos ante un atardecer que llamea los ojos desde la azotea de un café en Sultanahmet.

Ellos, los héroes de pies pequeños que esquivaron los pulmones anegados de agua, recorren Turquía. Recorren Grecia y Macedonia. Ellos que entran en Serbia con la sinrazón pegada en los talones. Un viaje a ninguna parte.

Tengo la sensación de que nos hemos convertido en números. Fracturas matemáticas. Rotos, descompasados, presumimos de ser la sociedad mejor informada de la historia. Y eso es una mentira aberrante. ¿Qué hemos conseguido con esta cantidad desproporcionada de noticias (malas) pululando a nuestro alrededor? Vivir anestesiados. Personas que mueren en directo. No le des al play, niña. Asesinatos en tiempo real.

Ellos, los héroes de pies pequeños que esquivaron los pulmones anegados de agua, recorren Turquía. Recorren Grecia y Macedonia. Ellos que entran en Serbia con la sinrazón pegada en los talones. Un viaje a ninguna parte. Porque algunos nacieron menos personas, pero estos niños que con una ducha y ropa de Zara Kids pasarían por los nuestros, esos, desearán en algún momento no haber llegado a contar su camino. Los llamamos refugiados. No sabemos bien qué hacer con ellos. A veces es más sencillo congraciarse con la vida infame de un animal de perrera.

Me van a perdonar, pero lo cierto es que se me atraganta esta columna. Los dedos piden insultos. Las teclas saltan sobre esas palabras y libran una suerte de guerra por el poder entre la garganta y el duodeno. Hoy el cielo se ha desplomado. Pesado, amenaza con empujarnos bajo el suelo. A nosotros, que de tan inhumanos ya estamos muertos.

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