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Un taconazo de foto

A Ignacio Diego le hubiera ido mejor en la política distante de otras épocas. La política actual exige un dominio de la escena del que carece por completo.

Íñigo de la Serna, Mariano Rajoy e Ignacio Diego durante la celebración de un mitin.

Íñigo de la Serna, Mariano Rajoy e Ignacio Diego durante la celebración de un mitin. | EFE

Quienes tuvieron la suerte de compartir vestuario con él en el Cádiz aseguran que Mágico González, futbolista  habilidoso, vago y vivalavirgen por excelencia, era capaz de pasarse toda la mañana dándole toques con el pie a un paquete de tabaco. Hay testigos que van más allá y confirman -y esto puede ser una típica exageración gaditana o no, con el Mágico nunca se sabe- que el tipo era capaz de guardarse el tabaco en el bolsillo de la camisa pegándole pataditas.

Hablamos de un hombre que era talento puro y que jugaba a un fútbol que ya no existe: sigue habiendo jugadores que fuman, pero hoy en día ninguno se atrevería a enseñar el tabaco con tanta tranquilidad. El Mágico, sus excompañeros lo siguen llamado así, con el artículo por delante, pertenece a otra época. Vive prisionero en los recuerdos cadistas y en cintas VHS volcadas en bruto a YouTube, donde continúa mareando a centrales con bigote.

También pertenece a otra época Ignacio Diego, que hace unos días, en la puerta del Parlamento, se creyó por un momento Mágico González y se dedicó a pegarle pataditas a un limón para quitarse de encima a unos ciudadanos que protestaban contra la construcción de un parque tecnológico en Las Excavadas. Los manifestantes habían llevado limones al Parlamento para hacer ver a los diputados la riqueza agrícola de una zona que, según ellos, quedará arrasada si el plan sale adelante. A Diego, como a muchos otros diputados, le entregaron un limón, a modo de símbolo. El expresidente lo miró durante un par de segundos, sonrió, y, suponemos que incómodo, decidió quitárselo de encima de un taconazo. Con mucho estilo, hay que reconocerlo. El taconazo quedó de foto. Literalmente, porque el líder del PP cántabro estaba rodeado de cámaras y fotógrafos.

Su falta de contención y su comportamiento arrogante en púbico reflejan un desprecio considerable hacia la ciudadanía, a la que parece querer quitarse de encima a manotazos en cuanto levanta la voz para dirigirle la palabra.

A Ignacio Diego le hubiera ido mejor en la política distante de otras épocas, cuando los representantes públicos no tenían que exponerse continuamente al escrutinio de los medios, las redes sociales y las acciones planificadas de marketing. Diego hubiera sido feliz en las primeras décadas del siglo XX, cuando los presidentes salían dibujados en los periódicos y el ciudadano ni siquiera era capaz de imaginarse el tono de voz de los políticos, a los que se conformaba con leer en las crónicas parlamentarias. La política moderna, en cambio, exige un dominio de la escena del que el líder popular carece por completo.

El incidente del limón no es un hecho aislado. A Diego lo hemos visto, en su etapa como presidente y, por tanto, como representante de todos los cántabros, arrancando los carteles con los que los trabajadores del Hospital de Sierrallana protestaban contra la gestión del centro. También lo hemos visto encararse con los trabajadores de Sniace que se encerraron en la fábrica como última medida desesperada para mantener sus puestos de trabajo. Dos salidas de tono difíciles de justificar en un hombre que lleva muchos años trabajando en un cargo público pero que, como los concursantes de Gran Hermano, a veces olvida que las cámaras siempre están grabando.

Quienes conocen a  Diego aseguran que en el trato personal es una persona educada y cordial. Yo no lo sé, porque no lo conozco. Sí sé que su falta de contención y su comportamiento arrogante en público reflejan un desprecio considerable hacia la ciudadanía, a la que parece querer quitarse de encima a manotazos en cuanto levanta la voz para dirigirle la palabra. Incidentes como el del limón delatan falta de empatía y poca capacidad para enfrentar las críticas, dos actitudes preocupantes en alguien que aspira a volver a presidir el Gobierno de Cantabria.

En cuanto a sus problemas de etiqueta, quizá sea demasiado tarde para ponerles remedio pero, si se decide a hacerlo, siempre puede seguir el ejemplo del alcalde de Santander, compañero y rival de partido que, a base de sonrisas, trajes a medida e infografías ha conseguido hacernos creer que vivimos en la ciudad hiperinteligente de las pantallas del TUS. Puro dominio escénico.

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