Creerse la realidad
Un verano más, y España arde. Y el fuego, cada año, se extiende con más rapidez y virulencia. Mientras escribo estas líneas, hay alrededor de 100.000 personas afectadas por las llamas y por el humo, confinadas, evacuadas, incluso quienes lo han perdido todo. En lo que va de año, ya han ardido más de 150.000 hectáreas. Se ha quemado una superficie cinco veces mayor a la que se había quemado el año pasado por estas fechas. El Gobierno ha decretado emergencia nacional ante la gravedad de los incendios de Toledo, Ávila y Madrid; este último, el incendio más destructivo de nuestra historia. Ahora mismo, todas las fuerzas están dirigidas a coordinarse entre las administraciones de las distintas comunidades, a desplegar todos los recursos para atender a los más vulnerables, salvar vidas y extinguir el fuego, indomable a causa de las altísimas temperaturas. Ni siquiera estamos en la mitad del verano. El verano que comenzó con el incendio de Los Gallardos y sus trece víctimas mortales.
A última hora de la tarde del pasado viernes, las autoridades madrileñas calificaron el incendio de su comunidad como “fuera de la capacidad de extinción”. ¿Puede haber un momento de pánico más terrible que ese para una población que ha sido evacuada de sus casas? Nuestro territorio ya no es el que era. Las circunstancias ambientales a las que nos enfrentamos son radicalmente distintas, porque el clima ha cambiado y por tanto también el contexto y la adversidad. Además, el campo acumula hoy día mucho más combustible, por el éxodo rural y la falta de medidas y prevención. Luis Berbiela, el ingeniero de montes que fue durante 20 años jefe del Servei de Gestió Forestal i Protecció de Sòl de Balears, dijo hace pocos meses: “Lo primero que hay que hacer es creerse la realidad. No seguir creyendo que los bomberos podrán apagar todo o que el bosque no ha cambiado”. Los días de calor extremo aumentan, las olas de calor son cada vez más tempranas, más frecuentes y más seguidas; las condiciones del medio, es indudable, han cambiado muchísimo: urge reformular, de forma prioritraria, nuestras actuaciones.
Un asunto de tamaña importancia como este no puede depender solo del viento. Tampoco de la suerte, ni del heroísmo cotidiano de quienes se juegan la vida para proteger la de los demás. Necesitamos convertir la prevención y la adaptación al cambio climático en una política de Estado, sostenida en el tiempo, ajena al calendario electoral y capaz de reunir el consenso de todas las fuerzas democráticas. Porque el fuego no distingue entre territorios, ideologías o administraciones. Solo encuentra combustible allí donde nosotros hemos fallado en anticiparnos.
España necesita un gran Pacto de Estado frente a la emergencia climática. Un compromiso firme que fortalezca la gestión forestal, refuerce la planificación preventiva, impulse la investigación científica y garantice inversiones estables para que nuestras administraciones dispongan de los recursos necesarios antes de que llegue la emergencia, y no únicamente cuando las llamas ya son imparables.
Ese pacto debe empezar por reconocer, proteger y dignificar a quienes están en la primera línea. Los cuerpos de bomberos forestales y urbanos, los agentes medioambientales, las brigadas de extinción y todos los profesionales que combaten el fuego merecen mucho más que nuestro aplauso. Merecen plantillas suficientes, formación permanente, mejores medios materiales, estabilidad laboral y el reconocimiento institucional que corresponde a una profesión esencial para la seguridad de nuestro país. Ninguna sociedad puede permitirse exigirles que afronten incendios cada vez más extremos con recursos pensados para un clima que ya no existe.
En ese reconocimiento ocupa también un lugar destacado la Unidad Militar de Emergencias. La UME ha demostrado, una vez más, su extraordinaria capacidad de respuesta, su profesionalidad y su vocación de servicio público en algunos de los momentos más difíciles para miles de familias. Allí donde la emergencia supera cualquier previsión, su trabajo representa lo mejor del Estado: coordinación, entrega y solidaridad al servicio de la ciudadanía.
Pero sería un grave error pensar que todo puede resolverse con más medios de extinción. Si no actuamos sobre las causas, estaremos condenando a las generaciones futuras a combatir incendios cada vez más devastadores. La evidencia científica es incontestable y la realidad se impone con una dureza insoportable sobre nuestros montes, nuestros pueblos y nuestras vidas. Por eso preocupa profundamente que, mientras el riesgo crece, algunas administraciones estén recortando programas de prevención, debilitando políticas ambientales o cuestionando la propia existencia de la emergencia climática.
Creerse la realidad significa asumir que proteger nuestro patrimonio natural es también proteger nuestra economía, nuestro mundo rural, nuestra salud y nuestra seguridad. Significa entender que cada euro invertido en prevención evita un coste infinitamente mayor en reconstrucción, pérdidas humanas y destrucción ambiental. Y significa, sobre todo, comprender que todavía estamos a tiempo de actuar, pero sin más demora.
Como presidenta del Congreso de los Diputados, estoy convencida de que hay momentos en los que la política debe estar a la altura de la Historia. Este es uno de ellos. Y el Parlamento debe ser el lugar donde esa responsabilidad se convierta en acuerdos y las diferencias legítimas no impidan alcanzar los consensos imprescindibles. La ciencia ha de pesar más que los prejuicios y el interés general, sin lugar a duda, más que el cálculo partidista. La democracia demuestra su fortaleza cuando es capaz de unirse frente a los grandes desafíos colectivos.
Nuestro país necesita unidad, ambición y altura de miras. La magnitud del desafío no merece menos. Creerse la realidad es, hoy, el primer acto de responsabilidad política. Y actuar en consecuencia es el primer deber de quienes hemos recibido la confianza de la ciudadanía. Estoy convencida de que sabremos encontrar ese camino de unidad. Porque cuando está en juego la seguridad y el futuro de las próximas generaciones, no hay mayor patriotismo que proteger la tierra que compartimos y a las personas que la habitan.
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