Se necesitan más que discursos para sobrevivir al final del viejo orden
¿Cuándo murió exactamente el orden basado en reglas? El discurso de Mark Carney la semana pasada en Davos fue la primera vez que un líder occidental dijo abiertamente lo que está pendiente de tratamiento político desde hace algún tiempo. El orden basado en reglas se está “desvaneciendo”, en medio de una “ruptura” y no hay vuelta atrás. Pero fuera de Davos, el G7 y la OTAN eso es una noticia antigua: muchos creían que el orden basado en reglas había expirado hace mucho tiempo, dependiendo del momento que tomes como tu punto de referencia.
Había varios componentes en ese orden, que por supuesto era una cosa compleja y con capas superpuestas. El primero era estructural, es decir, el acuerdo entre países poderosos y prósperos de que existirían ciertos mecanismos y protocolos para mantener la estabilidad política, contener el estallido de guerras y promover sus intereses económicos mutuos. Todos los organismos que dirigen el tráfico internacional -la UE, la OTAN, la ONU, la OMC, el FMI- constituyen esa capa superior de organización.
El segundo era más abstracto: las normas a las que se adhirieron esos países tanto en acción como en retórica. No lanzarían políticas económicas proteccionistas agresivas entre sí, no tendrían planes en el territorio del otro y no emitirían opiniones sobre los asuntos internos del otro.
El tercero fue el pegamento ideológico que lo mantenía todo unido, uno que promovía la impresión de que estos no eran simplemente arreglos transaccionales en interés de todos, sino algo arraigado en los ideales liberales: la promoción de los derechos humanos universales, los derechos a la autodeterminación y la santidad de las libertades individuales.
En muchos sentidos, el componente final fue el más importante, lo que Carney llamó una “ficción agradable”. Esta pretensión de que no todo versaba sobre la hegemonía estadounidense. Estados Unidos y sus aliados cometieron con frecuencia violaciones del derecho internacional, o las respaldaron o las dejaron pasar, pero en general se esforzaron por hacer que esas acciones parecieran coherentes. A veces tenían que violar el orden para poder salvarlo. Lo hicieron no porque pudieran, sino porque debían hacerlo, como custodios de las normas morales y de la seguridad mundial.
La “guerra contra el terror” fue el primer desafío a ese argumento. Si había alguna fe en que los países poderosos no se entregarían a sus derechos imperiales a invadir otros países, entregar a personas ilegalmente y encarcelarlas durante años sin el debido proceso, en aquel momento se perdió. Las víctimas de la “guerra contra el terror” no tuvieron el privilegio de poder participar de la ficción agradable, ya que sus tierras se convirtieron en teatros para tropas extranjeras. Sus países sucumbieron a años de guerra y fractura con resultados desastrosos, proliferación de violencia sectaria en Irak y Afganistán y el regreso de los talibanes cuando disminuyó la marea temperamental posterior al 11 de septiembre. Pero los arquitectos de la “guerra contra el terror” todavía podían ofrecerse el consuelo a sí mismos y a su público de que todo estaba al servicio de combatir la gran amenaza del terrorismo islámico, y que sus consecuencias calamitosas se debían lamentablemente a factores imprevistos.
Ese consuelo se volvió casi imposible en Gaza, donde otra parte del orden murió y la necrosis se extendió. Cada característica del genocidio estranguló la pretensión de que el orden estaba arraigado en ideales, o más bien que esos ideales podían aplicarse a cualquiera salvo a aquellos en la cúspide jerárquica. La escala de la matanza, la violación de todas las reglas básicas, desde el asesinato al por mayor de no combatientes hasta la privación de alimentos y medicinas, borró la ficción.
Pero no fue solo eso. Fue que Israel estaba armado y se le dio cobertura diplomática para continuar su campaña, lo que hizo que sus aliados no solo fueran espectadores sino socios en el crimen. Esto no fue un genocidio llevado a cabo en un país africano por un grupo alejado de Washington o Bruselas, lo que habría permitido lavarse las manos y condenar desde lejos. Fue una empresa conjunta que continuó solo porque Israel es un aliado cercano, quedando claro que las reglas se aplicaron selectivamente.
Pero Gaza también fue destructiva de otras maneras, porque introdujo una tensión interna en el orden, entre las partes que se habían estropeado y las que aún funcionaban. Al mantener el apoyo a Israel, algunos países europeos y Estados Unidos entraron en guerra con sus propias instituciones, negándose a respetar las sentencias de la Corte Penal Internacional cuando se trataba de la acusación contra Benjamin Netanyahu y, en el caso de Estados Unidos, imponiendo sanciones al tribunal. Gaza expuso que a estas instituciones solo se les permite funcionar como una especie de club internacional en el que los conocedores de sus interioridades son inmunes.
Y luego, la muerte más reciente, cuando las partes constituyentes de ese orden se convirtieron en los objetivos de la hegemonía estadounidense, en lugar de sus siervas. Esto incluye los planes de Trump sobre Groenlandia, su desprecio por los aliados europeos y la OTAN, y sus guerras arancelarias contra sus antiguos socios. Ahora están calculando cómo coexistir en unos nuevos términos reescritos apresurada y violentamente por un estadounidense que ha decidido que la supremacía encubierta es cosa de pájaros.
La intervención de Carney es bienvenida, aunque exasperante para muchos que sentían que estaba afirmando lo obvio. Solo se sintió obligado a reaccionar una vez que la podredumbre llegó a su propia puerta, y él mismo empeoró la situación al afirmar que los pincipios del orden eran siempre falsos e injustos, pero que la “negociación” siempre había funcionado hasta ahora.
Pero, siendo justos, su intervención fue más un desafío de Canadá y otros aliados de Estados Unidos que de aquellas naciones que siempre supieron que eran prescindibles y que nunca estuvieron estrechamente enredadas con Estados Unidos. Para aquellos plenamente integrados en el complejo de seguridad, económico e ideológico estadounidense, la nueva hostilidad de los Estados Unidos hacia ellos es una violación del pacto fraternal que cambia por completo el juego.
A medida que los custodios del orden basado en reglas contemplan su muerte y piensan en qué puede reemplazarlo, lo que comprobarán es que gran parte de ella todavía tiene pulso. No se trata solo de alejarse de los Estados Unidos en materia de política exterior, sino de desmontar todo un sistema, en gran parte práctico: capital globalizado, acuerdos comerciales, dolarización del comercio internacional. Pero una buena parte del sistema también es de codificación, valores, normas y desprecio persistente por aquellos que están fuera del club. Era notable que, a medida que Carney detallaba las hipocresías en el viejo modo de hacerse las cosas, no había ningún reconocimiento hacia las personas que siempre las habían sufrido.
Las soluciones propuestas hasta ahora -más coordinación de las potencias medias para crear agrupaciones que actúen como un contrapeso a Estados Unidos, una mayor inversión en gastos de defensa, reducción de impuestos y obstáculos comerciales para compensar el aislacionismo de los estadounidenses- consisten en políticas que continúan la seguridad y la supremacía económica del viejo orden. Aquellos que buscan liberarse todavía están encarcelados por las mismas estructuras que crearon y en las que continúan creyendo. La pregunta para ellos ahora no es qué pueden construir de manera realista a partir de las ruinas del viejo orden, lo que sugeriría una ruptura limpia. La verdadera pregunta es cuánto de ese orden permanece dentro de ellos.
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