Payasos, actores y trapecistas

Pablo Casado y Santiago Abascal

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Con una escueta sonrisa cómplice, el presidente Trump regaló a su Secretario de Defensa la pluma con la que aprobaba la venta de 8.000 millones de dólares en armas a Arabia Saudí, operación que acababa de rechazar el Congreso, convencido de que suponía una amenaza para la población civil de una teocracia de respeto nulo por los Derechos Humanos.

Hubiera sido interesante decir que, días atrás, otros 1.500 jóvenes americanos habían partido hacia Oriente Medio para “fortalecer la presencia militar de EEUU”. Tal vez incluso resaltar que el ahora agraciado Secretario de Defensa, Mark Esper, venía de desarrollar una larga carrera empresarial como encargado de las “relaciones gubernamentales” de Raytheon, el mayor contratista de defensa del país. 

En realidad, cualquier polémica sobre armamento y derechos humanos, petróleo y población civil, puertas giratorias y derecho internacional se desvaneció definitivamente cuando semanas después el mismo Donald Trump, ahora candidato a la reelección, se despachó en rueda de prensa acusando a los altos mandos de su propio ejército de “querer librar guerras solamente para satisfacer a todas esas enormes Compañías que se enriquecen fabricando bombas y aviones”. 

Parece que no. Que definitivamente no hay farsa que no se pueda mantener si eres capaz de crear “una buena polémica”. 

Hace tiempo que también llegó España esta política ficción, la confrontación como cortina de humo, el deliberado aturdimiento de ese votante cada vez más alejado de las “cuestiones políticas”, ese que es de “los nuestros”, dispuesto como mucho a repasar en las redes sociales exclusivamente las noticias –da igual ciertas que falsas– que demuestran sin lugar a dudas que siempre tuvo razón. Pero quizá nunca como ahora nos vimos antes envueltos en esta especie de campaña electoral permanente que pretende agotar la totalidad del espacio político, dedicada exclusivamente a movilizar a “los tuyos” solo porque son tuyos. Porque no son de “los otros”.

Hay, bajo este circo, algunas peligrosas estrategias políticas: la primera es que, mientras el espectáculo de la “guerra cultural” va mostrando sus bailes de propaganda negativa, crispación y titulares, nada es posible remover respecto a las relaciones sociales de poder y privilegios. La teoría fascista de la construcción del enemigo –da igual judíos que masones, la QAnon que los (social) comunistas– jamás ha escondido su desprecio por la política, pero tampoco su programa de gobierno al servicio exclusivo de los más poderosos; eso sí, buscando siempre el entusiasta apoyo de los propios perjudicados con la técnica de llamar a la puerta de sus sentimientos y conseguir entrar hasta la cocina de sus creencias: “Si le dices a la gente lo que tiene que pensar, la gente te rechazará. Si les haces sentir lo que tienen que sentir, los tendrás para siempre”, afirmaba a menudo Roger Ailes, el dueño de la FOX –la cadena favorita de Donald Trump–, dedicada a los hechos alternativos y a la polarización política, en la que cada noticia es el rastro de una traición, cada adjetivo un insulto y cada polémica una competición entre el bien y el mal. Entre “nosotros” y “el resto”. 

No, no es casualidad que sea la derecha la que con ardor guerrero se haya lanzado a lo que ahora llaman “guerra cultural”, es decir, a pelear las más acríticas pasiones de la delicuescente identidad poscapitalista: bajo este tono futbolero con el que, cada vez más, se nos muestra la actividad política como si la victoria “deportiva” demostrara la legitimidad de cualquier comportamiento... y claro, cualquier crítica, cualquier reflexión, no digamos ya cualquier transformación social, queda inevitablemente ahogada bajo los gritos de los hinchas y sus banderas.

El circo oculta el pan y los poderosos pueden descansar tranquilos viendo a la plebe discutir entre la Coca-Cola y la Pepsi, el Madrid o el Barça, el ColaCao o el Nesquick. Ahí se juega todo. No hay política. Tal vez por eso haga falta pensar por qué ahora, mientras se extienden los consensos sociales sobre la necesidad de un escudo social que permita no dejar a nadie atrás en esta crisis, de reforzar la sanidad pública frente a un virus que ya afecta especialmente a las familias de los de siempre, de los que nunca tienen la opción de teletrabajar, de relanzar una economía real que, por una vez cuente con los pequeños empresarios y los comerciantes, con los autónomos, que se regule la dignidad y los derechos a los trabajadores... ahora cuando parece que más claras tiene las cosas nuestra sociedad tras la pandemia... más crispación respira el Parlamento, más insultos en la tribuna, más titulares manipulados por los spin doctors de cada partido y más numeritos en las tertulias.

¿Por qué quieren convencernos de que eso es “la política”? ¿Otro espacio de enfrentamiento identitario? ¿Otra competición deportiva? La política como el espacio del odio, el insulto y la división, deliberadamente desconectada de una sociedad abierta y tolerante que ve cómo cada día debe afrontar sola y aislada sus nuevos y viejos problemas.

No. La política no puede ser una guerra de marcas. El espectáculo del enfrentamiento vacío no puede ser la cara complementaria de la política de expertos. Son las dos caras de una moneda falsa: el impostado discurso para influyentes y cuñados de la tramposa racionalidad de los consabidos expertos, siempre preparados para cubrir el flanco técnico demostrándonos lo equivocados que estamos, especialmente cada vez que pretendemos acabar con un privilegio, hacer que contribuyan más los que más ganan o, simplemente, decir que nos gustaría elegir a nuestro Jefe de Estado.

Porque si la democracia acaba viéndose como el hueco espectáculo sin memoria de bandos enfrentados, en donde las verdaderas decisiones se toman siempre en otro sitio, si entre el sagrario de Davos y el circo de las tertulias no hay lugar alguno para ningún debate democrático, porque si no conseguimos defender un sistema político que ofrezca discusión crítica a las mayorías, que nos interpele a todos como actores de un futuro propio y compartido, la democracia, –y las libertades– será todo un despojo prescindible en manos de quienes siempre la combatieron.

Y es que tampoco puede decirse que los defensores de esa democracia hayamos estado a la altura de ese debate. Quizá no podíamos esperar mucho más del magín de Iván Redondo, primer pontífice del naturalismo ético, convencido desde Badalona de que “no es la economía, son los sentimientos” lo que mantendrá en el poder a su “jefe” –cualquiera que este sea–; pero cada vez hay más gente que, más allá de los esfuerzos por introducir políticas sociales en el BOE, echa de menos algo más de movimiento en un espacio del cambio que no nació para discutir con Vox a golpe de tuit desde una esquina del Gobierno, que prometió cambiar este país de la mano de los argumentos, el trabajo y el pensamiento crítico de una sociedad civil eternamente ninguneada. Esa es otra historia y algún día habrá que contarla, pero no vinimos a convertirnos en un número más de su espectáculo, muletas del bipartidismo en el papel de copycat de las muecas de la extrema derecha y su circo constante.

Porque ese circo tiene payasos, tiene trapecistas, tiene actores, tiene buenos y malos, conspiraciones, banderas, triples mortales en los que peligra la vida del artista. Pero, sobre todo, tiene dueño (que es, por cierto, el que paga también a los sesudos expertos). Dueño que de vez en cuando se ausenta para aprobar ventas de armas a Arabia Saudí o para firmar fusiones entre Bankia y La Caixa. O planes de rescate europeos con créditos avalados por el ICO. O simplemente su “desaparición” de los grandes sumarios de corrupción. Dueño que siempre vuelve a tiempo para recibir los aplausos –o los gritos, poco importa– de quienes pagan mucho más que su entrada en el circo de la desmemoria. La polémica del día, trending topic, show must go on! ¿Quién puede hablar de dignidad, justicia, derechos, libertades, igualdad de oportunidades, fin de la precariedad, de la impunidad, de la corrupción…? Solo circo. Ya ni siquiera pan.

Que los bonus no se pagan solos.

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