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Primo de Rivera, un dictador contra los periodistas

Retrato del general y dictador español Miguel Primo de Rivera (1870-1930).

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El 9 de marzo de 1929 los periódicos de toda España publicaban una “nota oficiosa” del dictador Miguel Primo de Rivera en la que comentaba, con supuesto azoramiento, la suscripción popular abierta para sufragarle la compra de una casa. Hasta ese momento se llevaban recaudados cuatro millones de pesetas, pero el mismo general advertía que algunas personas podían haber entendido que las aportaciones eran obligatorias o forzadas. A pesar de ello, Primo de Rivera explicaba que con el dinero pensaba comprarse una casa porque así lo merecían sus servicios al país y para que sus hijos no anduviesen cambiando de apartamento de alquiler como él había debido hacer a lo largo de su vida una docena de veces.

Eran los compases finales de la dictadura que había arrancado en 1923 y la pérdida de contacto con la realidad del general resultaba evidente. Pero no había quien lo señalara en las páginas de los periódicos porque estaban sometidas a censura previa y obligadas a publicar las “notas oficiosas” que Primo de Rivera escribía de su puño y letra con unas frases largas e ininteligibles, llenas de expresiones pedantes con las que pretendía impresionar a los lectores.

Los textos de Primo fueron objeto de mofa por parte de la opinión más ilustrada, según Dionisio Pérez, escritor y periodista de la época. La ausencia de ideas claras mostraba la endeblez del pensamiento del dictador español, que quedaba a gran distancia del italiano Benito Mussolini, con quien se quería comparar. La pulsión escritora de Primo se asentaba sobre una vocación periodística frustrada en varios intentos editoriales fracasados en años anteriores que llevaban su firma, según Pérez. Por estos fracasos el militar habría acumulado un resentimiento con la profesión que le llevó a tratarla con dureza cuando tuvo la oportunidad. 

Claro que los periodistas más decentes no aceptaban la situación obsequiando al líder con una actitud sumisa. Más bien al contrario, como lo contó Celedonio de la Iglesia, el jefe de la censura, años después, en un sorprendente libro de memorias. Allí explicaba cómo cada día los redactores de los periódicos más combativos, encabezados por La Libertad y Heraldo de Madrid, buscaban nuevas vías para contar a los lectores las noticias que el régimen prefería ocultar.

El caso más célebre tuvo como protagonista a la Caoba, la artista flamenca amante del mujeriego general. La bailaora y su entorno estaban relacionados con los bajos fondos, lo que acabó llevando a las manos de la ley a una de sus hermanas por tráfico de drogas, cocaína por más señas. El juez la iba a procesar, pero la mano de Miguel Primo de Rivera le movió la silla con fuerza suficiente para hacerle desistir de sus intenciones. La historia llegó a la Redacción de Heraldo de Madrid, que publicó los hechos, pero cambiando el país y los nombres de los protagonistas. En el texto publicado España se convertía en Bulgaria y Primo en el dictador Aleksander Zankof. Los lectores más avezados captaron la clave y la transmitieron al resto del público de manera que a las pocas horas todo Madrid reía con la jugosa historia. El político Rodrigo Soriano lo denunció públicamente en el Ateneo de Madrid y acabó desterrado en Fuerteventura junto a Miguel de Unamuno, el gran crítico de la dictadura.

Unamuno terminó en París como figura principal del exilio, compuesto por intelectuales, políticos progresistas y militantes anarquistas. La dictadura tenía especial interés en ahogar la voz de los exiliados y presionaba a las autoridades francesas para conseguir que se limitaran sus publicaciones y su acceso a la prensa parisina. Una muestra de esta fijación fue la censura de uno de los artículos que Manuel Chaves Nogales escribió sobre su 'Vuelta a Europa en avión' para Heraldo de Madrid. En la segunda entrega se describe el accidente que padeció en Béziers, en el Sur de Francia, la avioneta que transportaba al periodista. La versión aparecida en el diario termina explicando el aterrizaje forzoso, mientras que la incluida en el libro posterior añadía que el periodista recibió la ayuda de un grupo de españoles exiliados. La profesora María Isabel Cintas detectó el caso al comparar ambos textos y explica que la dictadura no censuraba los libros de más de doscientas páginas porque los consideraba fuera del alcance económico e intelectual de los obreros.

Primo de Rivera sí contó con el apoyo de la Unión Patriótica y su periódico La Nación, a los que se añadieron otros editores beneficiados por la situación. Fue el caso del diario La Vanguardia de Barcelona, que durante la dictadura gozó de un gran crecimiento de lectores acaudalados satisfechos con la mano dura aplicada a los revoltosos anarquistas. El día posterior al golpe de estado, La Vanguardia tituló 'Tentativa de regeneración nacional', mientras que el diario popular barcelonés El Diluvio sentenciaba 'Golpe de Estado militar'. Muestra de primera mano de esa proximidad es una carta bronca del propio Conde de Godó dirigida a uno de sus periodistas, Santiago Vinardell, con motivo de un artículo crítico que publicó al morir el dictador, ya en 1930. 

Decía el editor Ramón Godó en la carta revelada por el biógrafo de Vinardell, Pere Tió: “Vino el General Primo de Rivera y concluye con el fantasma de Marruecos. El problema sindicalista de aquí es amordazado. Las huelgas terminan. Las carreteras mejoran. Y lleva su lealtad hasta un punto tan elevado que reconoce sus errores, cuando ningún político profesional lo ha hecho. Crea la censura para la prensa y yo le aplaudo por razones que no son para dichas ahora”.

Vinardell había osado afirmar que el país se hallaba sometido al dictador como si fuera un pueblo colonizado. Todo ello sin mencionar siquiera el nombre del general, lo que no se escapaba de los entrenados lectores de periódicos de la época, capaces de cazar las más disimuladas críticas. El editor permitió al periodista residente en Madrid que continuara publicando textos. Eso sí, debían limitarse a cuestiones culturales y costumbristas, sin entrar nunca más en el terreno político.

La obsesión de Primo de Rivera por controlar el mensaje periodístico la recoge su último biógrafo, Alejandro Quiroga, en el libro que publicó hace unos meses. Allí se documenta cómo el dictador recurrió a los sobornos a periodistas extranjeros para proyectar una imagen positiva de su régimen en los periódicos internacionales. Para ello llegó a constituir una agencia periodística, llamada Plus Ultra, que distribuía materiales producidos por plumas amigas y también el dinero que llegaba a las manos de los escogidos. Un redactor del diario Le Temps, Pierre Dehillot, era el más preciado contacto por el espacio que tenía en el periódico y también por sus relaciones profesionales. A Dehillot se confiaba la distribución de buena parte de las 45.000 pesetas trimestrales que se invertían en Francia, según documentó la historiadora Rosa Cal. Sin embargo, la relación con el periodista francés acabó mal, pues en 1929 publicó un artículo en el que denunciaba la violencia y la represión con que la dictadura imponía sus políticas a una población crecientemente hostil. El giro del periodista fue interpretado como una traición en el peor momento, cuando el régimen abría las exposiciones internacionales de Barcelona y Sevilla para dar a conocer al mundo sus bondades.

Tras la caída del dictador, la Prensa aceleró en sus denuncias y peticiones de cambio político, apuntando en la mayoría de los casos a favor de la República, que llegaría en 1931. Primo gobernó contra los periodistas, pero no pudo con ellos ni con las ansias democráticas de una población sometida a una grotesca dictadura militar, la primera del siglo XX en España.

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