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Assange, o cuando el crimen es señalar al criminal

Simpatizantes de Julian Assange protestan junto a la sede del tribunal de Londres. EFE/EPA/ANDY RAIN

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La Justicia de Reino Unido validó el pasado 10 de diciembre el recurso presentado por Estados Unidos para extraditar al fundador de WikiLeaks, Julian Assange, al país norteamericano. Estados Unidos quiere juzgarlo por 18 delitos de espionaje e intrusión informática por las revelaciones de su portal WikiLeaks, en las que expuso abusos de ese país en las guerras de Irak y Afganistán. 

El Tribunal de Apelación de Londres dio la razón a Washington en su recurso contra un fallo del pasado enero que había denegado la entrega del activista al considerar que presenta riesgo de suicidio. El caso regresará ahora a la Corte de Magistrados de Westminster, de primera instancia, para que a su vez sea remitido a la ministra del Interior, la conservadora Priti Patel, que debe decidir si ejecuta la extradición. 

Recluido en una prisión londinense de alta seguridad desde su detención en abril de 2019 en la embajada de Ecuador, donde vivió siete años, Assange podría ser condenado a 175 años de cárcel si la justicia estadounidense lo declara culpable. 

Dos curiosidades me vienen en principio a la cabeza. La primera, que precisamente fue ese organismo británico el que, al contrario de los sucedido con Assange, negó la extradición del dictador Augusto Pinochet por razones de salud. Un Pinochet que salió milagrosamente andando cuando supo que estaba libre. En cambio, en el caso de Assange, a su delicado estado de salud y su depresión, se unía el pasado el 27 de octubre un derrame cerebral. Bajo la dictadura de Pinochet, según la Comisión Nacional que investigó la violación de derechos humanos, las víctimas llegaron a ser 40.000, 3.000 de ellas asesinadas o desparecidas. Sobre Assange, el relator de la ONU que examina casos de torturas y castigos crueles o degradantes, Nils Melzer, afirmó: “a menos que se libere de la presión constante del aislamiento, la arbitrariedad y la persecución, su salud entraría en una espiral descendente que pondría en peligro su vida. El Reino Unido lo está torturando literalmente hasta la muerte”.

La segunda, que la decisión de su extradición se hizo precisamente el Día de los Derechos Humanos, día en que, en 1948, la Asamblea General de las Naciones Unidas adoptó la Declaración Universal de Derechos Humanos (DUDH). No olvidemos que Assange lleva más de una década recluido en el Reino Unido a pesar de que no ha sido condenado por ningún delito. Fue detenido inicialmente en 2010 a instancias de Suecia por un caso de supuestos delitos sexuales que están archivados por la justicia sueca en 2015, es decir, no hay delito. Primero estuvo bajo arresto domiciliario, después refugiado en la embajada de Ecuador de 2012 a 2019 y actualmente, en prisión a la espera de que termine el actual proceso. 

Otra de las paradojas la ha recordado el director de la Unión Estadounidense por las Libertades Civiles, Ben Wizner. Mientras se encarcela a Assange, los medios de comunicación que tuvieron el acceso privilegiado y difundieron los papeles de WikiLeaks fueron galardonados por informar y mostrar los crímenes de guerra que militares de Estados Unidos y del Reino Unido cometieron en Irak y en Afganistán.

La Federación Internacional de Periodistas (FIP) ha condenado el fallo y ha aclarado que “apoyará cualquier recurso legal que presente el equipo de Assange”. En un comunicado, ha señalado que el caso será llevado ante Naciones Unidas y se ha sumado así a decenas de grupos que han solicitado al Gobierno británico la puesta en libertad del activista. 

La decisión de la “justicia” británica es todavía preocupante si tenemos en cuenta que una investigación periodística reveló el pasado septiembre que la CIA analizó la posibilidad de secuestrar y asesinar a Assange cuando este se encontraba refugiado en la Embajada de Ecuador en Londres. Más de 30 exfuncionarios afirman que el exdirector de la CIA Mike Pompeo quería vengarse de WikiLeaks por la publicación de documentos confidenciales de la CIA. El propio Pompeo vino a reconocer la veracidad de la investigación cuando, entrevistado en el podcast The Megyn Kelly Show, dijo que “las 30 personas que supuestamente hablaron con uno de estos periodistas deberían ser procesados por hablar sobre actividad clasificada dentro de la Agencia Central de Inteligencia”, tras reconocer que “algunas partes son ciertas” sobre lo revelado en el informe. “Cuando los malos roban estos secretos, tenemos la responsabilidad de ir tras ellos”, dijo Pompeo.

Ese gran periodista y premio Pulitzer que es Chris Hedges lo ha dicho muy claro: “Cometió el mayor pecado del imperio. Lo expuso como una empresa criminal. Documentó sus mentiras, su insensible desprecio a la vida humana, la corrupción desenfrenada y los innumerables crímenes de guerra. Y los imperios siempre matan a quienes le infligen heridas profundas y graves”. 

Efectivamente, para Estados Unidos, el mayor crimen es señalar al criminal. 

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